“SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO”
“La paz esté con ustedes”. Este saludo tiene en los labios de Jesús Resucitado un sentido único y una profundidad insólita: Cristo no da la paz como la da el mundo; el mundo, la gente, sólo puede desear la paz, pero no puede darla; además, dicho saludo era la expresión de un simple deseo; en cambio, Cristo da la paz a quien se la desea.
Más aún, este saludo en labios de Cristo es la proclamación de su presencia, porque Él mismo es nuestra paz. La paz que Cristo trae consigo es fruto de su victoria sobre el pecado y la muerte.
Por otra parte, era preciso que Jesús mostrara las llagas a sus discípulos para que éstos comprobaran la identidad del Señor con el Crucificado. Todo el Evangelio es el testimonio de esa verdad: que el mismo Jesús de Nazaret que padeció bajo la autoridad de Poncio Pilato es el Señor resucitado al tercer día; o más concisamente: que “Jesús es el Señor”. En esta expresión tenemos la fórmula más breve y más antigua de la fe cristiana.
El gozo y la paz son los regalos que trae el Señor para sus discípulos y expresión de la nueva vida que comienza. Jesús saluda a sus discípulos sobre la base de esta paz que proclama, y los envía al mundo para que continúen la misión que Él ha recibido del Padre: se trata de predicar en el mundo el evangelio de la reconciliación.
Pero, además, la figura del apóstol santo Tomás resplandece con su profesión de fe contundente: “¡Señor mío y Dios mío!”. No tanto lo que popularmente ha quedado como expresión común de escepticismo: “Ver para creer”, sino la fuerza excepcional de fe. Por eso, dicha frase es la síntesis esencial de la virtud de la fe luminosa, a la que se llega a través de caminos derechos, pero también a través de caminos tortuosos y oscuros, como santo Tomás, el hermano de todos los que tenemos necesidad de ser conducidos a Dios por la mano de Jesucristo.
