Estar al otro lado de la línea telefónica con Paco Rentería es aceptar una invitación a despojarse de etiquetas. El guitarrista mexicano, cuya fama internacional no ha logrado arrebatarle la sencillez de quien se sabe “hijo de la banqueta”, celebra 35 años de trayectoria con una madurez que él mismo define como la “plenitud del sauce”: la capacidad de doblarse ante los vientos de la vida sin romperse jamás.
En esta charla, Paco transita de la nostalgia del adolescente que empezó con ansias al misticismo del hombre que hoy camina descalzo para sentir el universo bajo sus pies. Con una mezcla de sabiduría y esa picardía de quien ya no le teme al juicio ajeno, el músico abre su “egoteca” personal para recordarnos que, al final, la música instrumental no es una traducción, sino un idioma que flota sobre todas las culturas.
Paco, se dice fácil 35 años, pero es una guitarra que en tus manos hoy no suena igual a la de tus inicios. Si pudieras sentarte a solas con aquel joven que empezaba, ¿qué le dirías al oído para que no perdiera el rumbo en los momentos difíciles?
Híjole, me confrontas conmigo mismo. Yo creo que lo más bonito sería darle un abrazo y decirle que hemos llegado a un momento de plenitud y tranquilidad en donde, sobre todo, ya no son esas ansias, sino ese disfrute de tocar. Sería abrazar al adolescente con ese bagaje, con esa historia bonita, regular y triste, como son las historias de todos: un subir y bajar en la que hoy tengo afortunadamente una plenitud de corazón, de mente y de alma que me permite tener una claridad en cada paso que doy. Eso me ayuda muchísimo a tener una conexión mucho más rica con mi arte, con la gente, con mis buenos músicos, con mi entorno, con mi ecosistema y me ayuda muchísimo a fluir de una manera diferente. Es que después de un tiempo ya mi corazón y mi mente se han puesto de acuerdo con las eternas discrepancias de la vida.
Has tocado en escenarios imponentes en el mundo. Mirando hacia atrás, ¿cuál ha sido el sacrificio personal más grande que has hecho por amor a tu arte, pero que hoy, con esa madurez que tienes, agradeces haber vivido?
Creo que el sacrificio siempre va a ser el tiempo que le robas a tus seres queridos y el que dejas de darle a tu país, porque si bien salir a hacer eventos y conciertos es maravilloso, con públicos divinos y en lugares increíbles, ha habido momentos en los que es demasiado tiempo el que he pasado fuera del país. Por eso, cuando regreso a México me doy la oportunidad de conocer más mi país, sus bellezas y la generosidad de su gente. Tenemos un hermoso país con diversos ecosistemas como son playas, bosques, desiertos, etcétera.
Evocas rincones distantes con mucha pasión. En cuestión de momentos memorables, surgen de inmediato el Festival Hue de Vietnam y tu debut en Alejandría. ¿Qué los hace tan especiales para ti?
Vietnam es algo que descubrí de una manera increíble, con una cultura tan parecida a la de México. Es un pueblo que viene de abajo, ha luchado para salir adelante y es noble; su gente te abraza con una sonrisa que aparece cuando les rompes el caparazón con el que se protege. Y fue específicamente en una provincia de Vietnam donde se dio esa conjunción que me fascina a mí, porque soy de agua y me encanta el mar, y cuando se fusiona con la historia del lugar me rindo a los pies del lugar.
Igual me pasó en la Ciudad Imperial, equivalente a la Ciudad Prohibida de China, en la que el público empezó reservado y se fue soltando. Fue un concierto donde entendí que la música instrumental no es una traducción, sino que flota sobre las culturas; la universalidad de la música instrumental es que la gente pone su idioma en cada país.
El caso de Alejandría fue un contexto similar. Con el amor que le tengo al arte, la lectura, literatura y todo lo que tiene que ver con la historia del lugar, fue un vértigo estar en un escenario rodeado de todo ello, fueron momentos de liberación, fuerza y rebeldía. Estos y otros sitios donde he tocado mi música son una vivencia luminosa que está permanente.
Hace un momento mencionaste que uno de los sacrificios es dejar a la familia y al país que amas, por el que has sido nombrado Embajador Musical de México. Siempre cierras tus conciertos enarbolando la bandera mexicana con orgullo, mientras izas con respeto la del país anfitrión. ¿Qué significa para ti ser mexicano, sobre todo cuando estás lejos?
Es que hablar de México y de ser mexicano es todo. Es tener una vida luminosa, es una fiesta, un sentimiento que se afina cuando se vuelve más nítido; pero también más complejo, porque te das cuenta de que cargas con una cultura inmensa que es a la vez malentendida. Tenemos un país con tanta riqueza y matices, y no solo hablo de la naturaleza y ecosistema, sino del mismo ser humano, su cultura y etnias. Cada vez que tengo la oportunidad les digo: ¡Este es mi México, no ese de clichés con la figura del rancherito durmiendo junto al nopal, sino el ecléctico que crece en todos los aspectos!
Mostrar la bandera de México en mis presentaciones no es patriotismo ciego, sino agradecimiento y una manera de exclamar: ¡Este es mi país y estoy muy orgulloso de él, miren hasta dónde llegué! Estoy muy orgulloso de mi país, sus colores, su arte y música. Y al mostrar la bandera de México con la del país anfitrión es reconocer que la música es un puente que une culturas. Ser mexicano en el mundo es ser embajador de una tierra que sabe reír y llorar, que tiene pasado y presente, que ama y es rica en tradiciones, lo que me obliga a mostrar lo que es genuino y unirlo a través de dos banderas en medio de la música.
La música es un viaje de ida. Pero, ¿en qué momento exacto de todos estos 35 años sentiste que finalmente encontraste tu estilo y “voz” que no se parece a la de nadie más?
Creo que cuando vas entendiendo que la música no es egoísta, sino que debe abrazar culturas, influencias, almas y corazones. Ha sido un ir develando y quitando cánones y clichés; ser más “purista” al reconocer que lo puro no es lo viejo, sino lo del corazón. A veces hay que romper y saltar, algo que demuestra que he sido muy inquieto en mi vida. Por ello decidí incorporar esta manera de pensar con libertad en mi vida personal y profesional. Ser “free play” en la música.
¿Qué vives segundos antes de los primeros acordes en cada concierto: adrenalina, nervios… un salto al vacío?
Creo que lo más importante es, primero, tener una respiración con la guitarra. No estoy ansioso ni nervioso; quiero salir a tocar deseando que todo salga bien. Disfruto cada segundo y cada momento, porque como siempre digo: este puede llegar a ser el último concierto de mi vida… y lo puede llegar a ser. Durante los diez o quince minutos antes de salir al escenario busco estar solo con mi guitarra, que nadie me interrumpa y comience la conexión del instrumento con mi mente y corazón, y estos le comuniquen a mis manos y el resto de mi cuerpo que tenemos que tener una conexión total. Dejo de respirar por mí mismo para comenzar a hacerlo desde la guitarra y entregarme en cuerpo y alma con pasión y sudor.
En ese trance y entrega que haces en el escenario, ¿hay alguna canción o melodía que te resulte aún dolorosa de tocar, que conecte con una fibra demasiado íntima de tu vida?
Yo creo que cada melodía es un pequeño soundtrack de tu vida. Cuando los temas surgen de momentos, a lo mejor explícitos de algo que hayas pasado en esa época, hace cinco, 10, 15, 20 o 30 años, forman una historia que puede ser de las cicatrices que ya se han dado en los momentos de presión o distancia. Se trata de que algún momento de nostalgia se vuelva vivificante y parte de lo que hoy me mueve, me hace y de lo que yo soy.
En tu casa tienes un enorme librero lleno de trofeos, premios y reconocimientos, espacio al que llamas “egoteca”. Para alguien que ha ganado tanto, ¿cómo haces para que eso no se convierta en una carga o en un muro que te aleje de las personas?
Es un muro de 40 muros que hay en mi casa. Ese solo es un guiño, pero no lo estoy diciendo en el sentido petulante ni egocéntrico. La realidad es que vengo de lo más bajo; yo vengo de la banqueta y la tierra. Si no veo una retrospectiva y volteo a ver a ese niño, a ese bebé, entonces estoy perdido porque la vida no me ha enseñado nada. Sin embargo, al Paco de hoy le gusta lo que ve en el espejo y, sobre todo, el interior de esa persona, la misma que dejó colgado el traje del ego, soberbia, vanidad y envidia, enfermedades de hoy y que nos destruyen como personas. El ego es el que hace guerras, que familias se peleen y hermanos quieran para uno solo la herencia. El ego es el cáncer del ser humano. Es el vestirte de un personaje y salir a la calle y no ser tú. Yo no puedo ser uno ante el público y otro en mi casa. Soy demasiado orgánico. Incluso podría vivir encuerado en medio del Amazonas, con un taparrabos. Todos estos premios a mis espaldas son un guiño a mi arte, de cómo se expresan de mí, pero que observo al llegar a casa con una mirada de agradecimiento y que me permite recordar aquellos lugares donde me los entregaron; revivir esos momentos, lugares, espacios, personas y públicos.
Cuando llegas a casa y cierras la puerta detrás de ti, ¿cómo es Paco? ¿Qué es lo que más disfrutas hacer como hombre común cuando nadie te observa?
Soy el mismo Paco. De pronto me saca de onda que a los artistas, intelectuales, escritores, escritoras, pintores o cineastas nos ponen en un altar, y somos seres como todos los demás. En mi caso, Paco es normal: se levanta con lagañas en los ojos, los pelos parados y aliento a centavo. Me gusta mucho escribir, tengo entre mis proyectos un par de libros; me gusta hacer ensayos y reflexionar diferentes temas. Me gusta mucho leer, agarrar y sentir el libro, cómo huele un ejemplar antiguo y descubrir sus matices. Leo desde metabolismo hasta mecánica cuántica, pasando por astronomía, filosofía, geopolítica, economía e historia. También me gusta la pintura, el cine e incluso cocinar. Siempre ando descalzo en la casa y en la calle también, cuando se puede. Me encantan los animales, los perros, gatos y pájaros (que andan libres en mi jardín); me encanta nadar, creo que debí haber sido delfín. ¡Soy un apasionado de la vida!
Has mencionado el “free play”, que vives como filosofía de vida. ¿Hay algún cliché personal o social que te haya costado trabajo derribar?
El “free play” es ser una persona y un músico sin etiquetas, al que le gusta mezclar la música hispana mexicana con la mediterránea, balcánica, gitana y flamenca. Soy una persona inquieta y mi música es reflejo de ello. Por eso el cliché más difícil de derribar fue el de que me vieran como un “músico serio”, sentirme libre, desde cómo visto y vivo hasta lo que toco con mi guitarra. Y antes de este hubo otros clichés, como dedicarme a la música y no a una carrera convencional o salir descalzo al escenario.
Dices que te identificas con la naturaleza, pero mucho más con el agua. ¿Qué sientes cuando estás frente al océano, un lago o río?
Con el océano, por ejemplo, primero te ves infinitamente pequeño ante su majestuosidad, pero también sientes cómo te abraza y da la sensación de libertad y ver cómo se une el mar con el cielo en un solo paisaje… y de ahí te lleva a sentir el universo completo, y si esa experiencia la vives descalzo, al sentir el agua y los granos de arena en la piel, los rayos del sol en el rostro, me desconecta de todo lo demás y es maravilloso. Son momentos de una absoluta y total paz en los que no pienso en nada más: ni conciertos, ni escritos o próximas composiciones; simplemente me dejo llevar para amar y que el océano me abrace. Todos esos sentimientos luego se traducen en mi música.
¿Cómo traduces todo esto para los que escuchan tu música? Por ejemplo, ¿cómo suena un atardecer para Paco Rentería?
Puede sonar de muchas maneras luego de quedar tatuado en mi piel. Ese erotismo que causa el abrazo con el mar se pasa al cerebro y alma para crear una melodía que tocaré con la guitarra. Obvio, es mi visión que escribo primero para mí y no para los demás, y no lo digo en mal sentido, sino porque primero me tiene que llenar y satisfacer a mí para que pueda gustar a los demás.
Después de tres décadas y media, ¿qué es lo que todavía hace vulnerable a Paco como músico y como persona?
Lo que me hace más vulnerable es el mal sentido de la justicia. Y es que la vulnerabilidad lejos de verse como una cualidad muchos la usan como arma para aprovecharse de otras personas. Por eso hay quienes se protegen con un caparazón, a manera de búnker, y no permiten que ni una muestra de amor se asome por sus vidas, para no sentirse “vulnerables”. Por eso muchos piensan que la vulnerabilidad lo único que hace es mostrar una debilidad de carácter.
Paco, cuando ya no estés en este plano y la música sea lo único que quede de ti, ¿cómo te gustaría ser recordado?
Yo creo que hay mucho que podrías decir o poco, dependiendo del punto en el que quieras ver. Pero creo que es más importante estar conectados con los fotones del alma que dejo a través de mi música, de lo que escribo. De esta manera vamos a seguir conectados todos de diferente manera y sin falsas versiones o posturas que nunca tuve. Y creo que más que recordarme y sentirme a través de la música, prefiero que sea a través de los momentos que llegué a tener con la gente cercana, las conversaciones y de lo que haya escrito, yo creo que eso es lo que va a quedar. Lo demás es memoria convencional, esa que comienza a olvidar, pero la memoria del corazón es la que nunca olvida.
¿Qué podría agregar a esta charla que me ha marcado? Porque más bien sentí que fue una sesión psiquiátrica o psicológica. Creo que terminaría comentando algo de lo que pasa hoy, luego de que pensara con la madurez del sauce, un árbol que se dobla sin romperse, que crece cerca del agua, que da sombra sin imponerse y tiene esa fragilidad o ternura necesaria en la vida.
Así termino, con un recorrido que es como un preludio de algo que viene, en este caso el concierto que quiero y voy a ofrecer en noviembre próximo en el Centro Nacional de la Música Mexicana-Palacio de la Música.
Desde que supe de la existencia del Centro Nacional de la Música Mexicana tengo un motivo para todos los días conocer más de lo que ahí hacen por la música, el arte y la cultura; irme mimetizando cada vez más a ese espacio y lugar que me fascina. Porque trabajando juntos lo que hago es devolver un poco de lo mucho que la música me ha dado, y es que más que un acto de generosidad es responsabilidad con la comunidad.
Voy a ser un excelente embajador del Centro Nacional de la Música Mexicana-Palacio de la Música, uno silencioso que sea instrumento para que otros artistas y personas volteen, reconozcan la inmensurable belleza que tiene y lo que están haciendo por la música.— Renata Marrufo Montañez
