La vida pasa tan rápido, que cuando te das cuenta, como decía mi sabio padre: “Isabelita, cerré mis ojos un minuto y cuando volví a abrirlos ya era yo viejo” y ahora es para mí como si se repitiese la historia, porque probablemente tenía mi edad o tres o cuatro años mayor cuando me dijo esto.
Recuerdo que cuando era niña soñaba con festejar mis 15 años, era un anhelo constante como si creyera que al llegar a los 15 toda la vida iba a ser diferente e iba a cambiar completa la realidad existente.
Pero no pasó nada distinto, simplemente me empezaron a dar más permisos para ir a las fiestecitas y a algunos lugares más, por ya tener 15 años.
Y de pronto, estoy casada. Y en un rato más tengo cuatro hijos, y, enseguida, todos ya se fueron a estudiar y una ya se casó. Luego, se casa la otra y la tercera y el varón se suben a un avión y se bajan de otro, por razones de trabajo, y ya estoy en la edad que probablemente tenía mi padre cuando me habló de la velocidad con la que transcurría nuestra existencia en la tierra.
Con mis amigas de infancia constantemente bromeamos sobre los achaques que vamos percibiendo. Mi médico de cabecera, el doctor Rosel, cuando me quejo de algo me contesta: “María Isabel, no hay nada que hacer, lo que tiene, se llama ‘añosis’. Y así es, achaques propios de la edad.
Lo bueno de todo esto es que me río. Todas nos reímos cuando decimos lo que nos pasa: los olvidos, los dolores, una que otra caída, alguna operación sencilla, y cosas por el estilo que quienes tienen aproximadamente mis años, y hasta menos, comprenderán perfectamente.
Hay unas pocas que están como si tuvieran todavía 15 años. Eso es una bendición que Dios les ha concedido, pero la mayoría va sintiendo el peso de la edad. Sobre todo en el cuerpo, porque sí puedo decir que el corazón, cuando menos el mío, no envejece, sino todo lo contrario, mi gozo por la vida hoy que soy mayor es mucho más grande que cuando era joven.
Nos hacemos bromas diciendo que somos pájaros en la cornisa, o yo suelo decir que estamos en primera fila de barrera de sombra, y sin embargo, ¡cuánta gente joven se ha ido antes que yo!, mucho antes que yo, porque cada quien tiene un destino, cada quien tiene una medida, cada quien tiene un tiempo.
Naces con una determinada altura y grosor de cirio. Ese cirio se enciende en el momento que te conciben, y comienza a consumirse a partir de ese instante, hasta que finalmente se apaga el día que cierras los ojos, para abrirlos ante Dios y los tuyos que estaban ahí desde antes.
Y así las cosas, empiezo a pensar desde la pandemia cuánta gente que conocí y que traté de cerca o que solamente conocí y supe quiénes eran, como nos pasa aquí en Mérida, que todavía conocemos a muchos y muchos nos conocen, aunque no seamos cercanos, y empiezo a ver cómo voy adquiriendo un cielo particular, que se vuelve solo mío.
Y en ese cielo mío están mis abuelos, mis bisabuelos, mis tíos. Muchos primos, amigos, muchos conocidos y conocidas. Tantos, que ya voy teniendo un Cielo que es personal.
Constantemente doy instrucciones a mi hija mayor que me dice “mamá, por favor, apúntalo todo y no estés hablando de esas cosas”.
“Oye Isabelita, voy a querer tal cosa para mi funeral. Esa es la cruz que traje de Jerusalén y con la que quiero que me incineren, y esto es para ti, y aquello para el otro”, no obstante que mi testamento está hecho hace mucho tiempo, pero hay cosas que me da por estar ordenando y pensando a quién dárselas.
No quiero funeral abierto. Quiero una misa en familia y que se avise el día que se depositen mis cenizas, con una sola misa y ni una más. Y quiero tal canción, o tal otra, o quiero tal cantante, o tal otro, y cosas por el estilo que se me andan antojando; de hecho, una de mis amigas ya de plano me regaña y me dice: “¡Deja de hablar así!” como si pensara que porque digo estas cosas pudiera yo atraer a la muerte, pero para mí no es así.
He cerrado los ojos a varios familiares míos, mi padre entre ellos y ha sido algo hermoso. Acompañarlos, rezar junto a ellos, mientras su alma está en el proceso de abandonar su cuerpo. Han sido experiencias únicas y sanadoras de lo que en algún momento me va a esperar de una u otra manera, como Dios lo haya pensado, como lo vaya queriendo. Ya que sin falta de respeto alguna, Él hace lo que le da la gana.
Es maravilloso no saber ni el día ni la hora, pero también es fabuloso pensar que, nuestro paseo por este fantástico y extraordinario universo ha sido una bendición con sus trabajos, sus sufrimientos, su abundancia de lágrimas, carencias y necesidades, junto con sus miles de carcajadas, de bromas, de alegrías, problemas y tantas cosas más…
Cada hijo, tengo cuatro, tres niñas y un varón, fue un regalo sublime para mí, quería tener seis, pero bueno, ya no fue la voluntad de Dios… Mis nietos son una de las principales razones de la alegría de mi vida, ellos pueden decir ¡Brinca Mam! y yo sólo pregunto ¿a qué altura, mi vida? Puros varoncitos (5), y una sola niña que verdaderamente me deja con la cabeza trastornada, porque la veo y me la quiero comer, literal, a pedacitos, como un merengue del Colón hecho “puch” sobre un helado de chocolate.
Y están los otros dos. Los primeros, los grandes que ya son adultos, estudian fuera, ya son mayores, ya no puedes jugar, apapachar y bromear como hacías cuando eran niños pequeños… y sin embargo, los sigo adorando. Además ya regresaron a su ciudad.
Por eso siento que hay una gran compañía que me está esperando para cuando llegue el momento, y con los que hablo a menudo. Mi mamá, mi papá, mis abuelas maternas, mis amigas que se fueron antes, a menudo pienso en mi marido y le digo: “Me estás viendo ¿verdad?”, porque estoy segura que me está viendo y lo estoy sintiendo”.
Y mis tías y primas tan queridas, tan recordadas, que dejaron huella imborrable en mi vida, y se adelantaron en el camino. Por eso pienso que tengo un Cielo Personal, que me mira desde arriba y me contempla, y se ríe de las tonterías que cometo y me dicen: “Estate tranquila, te estaremos esperando cuando vengas”. Y yo les creo.
Tengo la absoluta certeza de que, al cerrar mis ojos a este mundo físico, inmediatamente los abriré ante Jesús y María y todas las personas que quiero, que me están acompañando y me siguen acompañando desde que nací, porque estuvieron conmigo siempre.
Dios me conceda larga vida y salud. Pues le pido conocer mínimo cinco bisnietos antes de que me llame. Pero ya saben… Él hace lo que le da la gana, así que ya veremos…
Abogada y escritora.
