Sigue siendo tradición en Mérida: la escena se repite cada martes de danzón en el barrio de Santiago, donde con cadencia entrañable parejas se toman de las manos, y dan pasos que evocan juventudes y sonrisas.
Lo que a simple vista parece un acto recreativo, es una poderosa herramienta para la salud integral de las personas mayores: bailar.
Desde la perspectiva médica, el baile combina ejercicio aeróbico, coordinación motriz y estimulación cognitiva en una sola actividad. De acuerdo con especialistas en geriatría y neurología, esta práctica activa múltiples regiones del cerebro al mismo tiempo, lo que contribuye a fortalecer la memoria, la atención y la capacidad de reacción.
En este sentido, el neurólogo Fernando Jasso explica que, “cuando una persona baila, aparte de seguir un ritmo integra funciones complejas como la memoria, la coordinación, el equilibrio y la emoción, lo que genera conexiones neuronales más sólidas y duraderas”.
Estudios vinculados al envejecimiento han encontrado que actividades como el baile pueden reducir el riesgo de desarrollar demencia, al fomentar la llamada “reserva cognitiva”, una especie de colchón mental que ayuda a compensar el deterioro propio de la edad.
Pero los beneficios no se quedan en la mente. En el plano físico, bailar mejora el equilibrio, la flexibilidad y la fuerza muscular, factores clave para prevenir caídas, una de las principales causas de lesiones en personas mayores, de acuerdo con la especialista en terapia física Maya Álvarez Ruiz.
Además, al tratarse de una actividad cardiovascular moderada, favorece la salud del corazón, ayudando a controlar la presión arterial y a reducir el riesgo de males como hipertensión arterial.
A ello se suma un componente igual de importante, aunque a veces menos visible: el bienestar emocional. El baile estimula la liberación de endorfinas, conocidas como las hormonas de la felicidad, lo que puede disminuir síntomas de depresión y ansiedad. En esta etapa de la vida, en que los cambios sociales llegan a generar aislamiento, el baile también funciona como un puente hacia la convivencia, fortaleciendo vínculos y creando redes de apoyo.
Cuando el baile se convierte en un hábito cotidiano, la preparación del cuerpo deja de ser opcional y pasa a ser un aliado de la salud. Álvarez Ruiz recomienda iniciar con un calentamiento suave que eleve gradualmente la frecuencia cardíaca y despierte músculos y articulaciones, seguido de estiramientos que mejoren la elasticidad y reduzcan la amenaza de contracturas.
A esto se suma un elemento clave, el calzado. Utilizar zapatos cómodos, con buen soporte y suela adecuada para el tipo de piso puede marcar la diferencia entre una experiencia placentera y una lesión que limite la movilidad. En personas mayores, en que el equilibrio y la estabilidad son factores sensibles, estas medidas previenen molestias y permiten disfrutar del baile con una mayor confianza.
Los especialistas coinciden en que no es necesario ejecutar pasos perfectos, sino mantenerse en movimiento de forma constante y segura. Ritmos como el danzón, el bolero e incluso la música contemporánea pueden adaptarse a las capacidades de cada persona, siempre bajo la recomendación de iniciar de manera progresiva y, en caso de padecimientos previos, consultar con un profesional de la salud.
Así, el baile se convierte en algo más que entretenimiento: es una forma de cuidar el cuerpo, estimular la mente y alimentar el espíritu.— Darinka Ruiz Morimoto
