Qué maravilla y bendición tener 70 años y seguir aprendiendo todos los días.
He pensado mientras camino que no necesito un profesor si me permito a mí misma serlo: observar a los demás, cómo se ríen, cómo hablan entre ellos, las expresiones faciales que utilizan y los abrazos que se dan entre recién conocidos.
Esa confianza en el otro de que, posiblemente, todo estará bien. De que todavía existe la fe en la humanidad y la certeza acerca del corazón del otro.
Somos nuestros propios maestros porque no nos permitimos dejar de crecer, y en el proceso, aprendemos del otro todos los días. El tema es si sabemos verlo o no. Si creemos que los demás pueden enseñarnos algo que podamos internalizar y hacer propio, si lo que un día un desconocido nos dijo todavía resuena en lo más profundo de nuestra alma o si aquel cumplido que recibimos hace diez años sigue dándonos el confort sobre algo que nos causaba inseguridad.
Es sorprendentemente revelador lo que una caminata de unos minutos puede traer a nuestra menos si nos permitimos observar y escuchar el ruido que se emite en las calles, en el exterior, en las nubes. Hay tanto por descubrir todavía, que me llena de paz saber que me quedan muchos años más de aprender hasta el cansancio. De mí, de ti, de todos.
