A veces espero que los finales ocurran más heroicamente, pero solo suceden un viernes en la noche a una hora cualquiera —Bia
Marqué el número por impulso. No para arreglar nada, solo para romper el silencio que llevaba dentro.
La voz del otro lado respondió rápido, corté, y el tono me alcanzó antes que las palabras. Colgué sin despedirme. El teléfono no volvió a sonar. Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó sola, como si el silencio también tuviera botón de encendido.
Llegué tarde a la tan anhelada cita cuando ya no quedaba nadie. Las bancas estaban mojadas y el aire despeinaba mi pelo corto, que se volvía rebelde a cada golpe de brisa. Me senté de todos modos. No era por valentía. Era por cansancio.
Fue ahí donde entendí que rendirse no es un fracaso ni una tragedia. Es simplemente dejar de forcejear con el destino.
Es el principio de aprender a escucharse con atención. Cuando ya no hay energía para sostener excusas ni batallas ajenas, aparece una voz bajita que no grita ni discute. Solo señala lo que importa: lo que duele, lo que se extraña, lo que se quiere cuidar. Es dejar de correr para entender hacia dónde ibas, y descubrir que, a veces, el camino correcto era detenerse.
Es no mirar a nadie con aires de superioridad. Todos venimos y terminamos en el mismo lugar, sin equipaje ni pertenencias.
Por eso, admitir las faltas nos hace un poco mejores. Pero proponer soluciones es lo que nos pone más cerca de cambiar lo que incomoda.
He visto personas consumirse sintiéndose poseedoras de la verdad absoluta. Mientras tanto, la vida les pasa de lado, sonriendo. Ellos se empeñan en tener la razón y terminan empañados de soberbia.
Y entonces supe que la rendición da lugar a la redención, no como un acto dramático, sino como un ajuste silencioso.
Cuando dejas de aferrarte y aceptas que no tienes todas las respuestas es cuando la puerta se abre para que la vida te devuelva lo que nunca pudiste ganar peleando.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
