Cuando era niño, mi madre me regaló un rompecabezas. Era la imagen de un paisaje y tenía 138 piezas. Nunca supe exactamente por qué se convirtió en mi favorito, pero lo armé tantas veces que terminé aprendiéndomelo de memoria. Ya no necesitaba mirar la caja; sabía dónde iba cada árbol, cada nube y cada rincón del lago.

Un día, al volver a armarlo, descubrí que faltaba una pieza. La busqué debajo de los muebles, entre otros juguetes y dentro de la caja una y otra vez. Nunca apareció. Como cualquier niño, decidí resolver el problema a mi manera. Tomé una pieza de otro rompecabezas. La forma coincidía casi a la perfección y entró sin dificultad en el espacio vacío. Desde lejos parecía que el rompecabezas estaba completo. Solo al acercarse era evidente que aquella pieza pertenecía a otro paisaje.

Durante muchos años pensé que ese recuerdo hablaba únicamente de un juguete. Con el tiempo descubrí que, en realidad, hablaba de algo que nos ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos.

A lo largo de la vida aprendemos que necesitamos ser aceptados. Poco a poco comenzamos a hacer pequeños ajustes. A veces reímos para no sentirnos diferentes. Otras preferimos guardar silencio para evitar una discusión. En ocasiones terminamos diciendo que sí, no porque estemos convencidos, sino porque resulta más sencillo que explicar un no. Casi sin darnos cuenta, vamos acomodando algunas piezas de nuestra forma de ser con la esperanza de encontrar un lugar donde todo parezca encajar.

Y muchas veces lo conseguimos. Desde fuera todo parece estar en orden, como aquel rompecabezas.

Cumplimos con lo que se espera de nosotros, seguimos adelante y, con el tiempo, dejamos de preguntarnos si ese era realmente nuestro lugar. Sin embargo, hay ocasiones en las que, por dentro, permanece una sensación difícil de explicar. Como si algo no terminara de coincidir.

Porque una pieza puede ocupar perfectamente un espacio… y, aun así, seguir formando parte de otro paisaje. Con los años entendí que aquella pieza me había dejado una enseñanza silenciosa. Encajar no es lo mismo que pertenecer. Nunca volví a mirar aquel rompecabezas de la misma manera.

Aquella pieza encajaba. Pero nunca perteneció a ese paisaje.

Nota al calce: Los primeros rompecabezas modernos fueron creados en 1766 por el cartógrafo inglés John Spilsbury para enseñar geografía. Cada pieza representaba un país del mapa y se cortaba de manera individual sobre madera. Si una se perdía, no bastaba con colocar otra parecida: debía ocupar exactamente el lugar para el que había sido diseñada.

Con el tiempo dejaron de ser una herramienta para aprender geografía y se convirtieron en uno de los juegos más populares del mundo. Curiosamente, muchos seguimos descubriendo en ellos lecciones que nunca aparecieron en ningún mapa.

Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética; www.antoineabraham.com.

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