Hubo un tiempo en que casi todos conocíamos de memoria varios números de teléfono. El de la casa. El de los abuelos. El del trabajo de papá. El de algún tío. El del mejor amigo. No hacía falta buscarlos en ninguna parte; simplemente vivían en nuestra memoria.
También había un almanaque colgado en alguna pared de la casa. Además de marcar los días del año, servía para anotar los cumpleaños de la familia, los aniversarios y aquellas fechas que no queríamos olvidar. Cada inicio de año volvíamos a escribir los mismos nombres, porque había personas cuya vida merecía ocupar un espacio permanente en nuestro calendario.
Hoy llevamos cientos de contactos en el teléfono. Si queremos llamar a alguien, basta con tocar una pantalla. Los cumpleaños aparecen automáticamente con una notificación y rara vez necesitamos recordar una fecha o un número.
Hemos delegado esa tarea a la tecnología. Podríamos pensar que el problema está en los teléfonos, pero quizá no sea así. La tecnología solo hizo más fácil algo que el ser humano siempre ha buscado: dejar que otros recuerden por él.
Sin darnos cuenta, fuimos cambiando memoria por almacenamiento. Antes la memoria tenía trabajo: guardaba direcciones, fechas importantes, los cumpleaños anotados en el almanaque y los números telefónicos de quienes formaban parte de nuestra vida. Hoy casi toda esa información descansa en un teléfono.
Si cada vez recordamos menos cosas porque alguien más las recuerda por nosotros… ¿qué estamos dejando de cultivar?
Porque memorizar un número nunca fue solamente aprender una secuencia de cifras. Era marcar tantas veces esa misma casa, escuchar tantas veces la misma voz y necesitar tantas veces a esa persona, que el número, su cumpleaños o su dirección terminaba formando parte de nosotros.
Quizá por eso muchas personas todavía recordamos perfectamente el teléfono de la casa donde crecimos, aunque hayan pasado cuarenta o cincuenta años desde la última vez que lo marcamos. No recuerdan únicamente los números. Recuerdan la vida que había detrás de ellos.
Tal vez el verdadero cambio no sea que ya no sepamos números de memoria.
Tal vez el cambio sea que cada vez necesitamos recordar menos, porque confiamos en que un aparato lo hará por nosotros.
Y eso nos obliga a preguntarnos si la memoria sirve únicamente para almacenar información… o también para conservar vivas a las personas que amamos.
Porque los teléfonos pueden guardar miles de contactos, pero solo el corazón sabe quiénes son realmente imprescindibles.
Antes llevábamos los números en la memoria porque las personas ocupaban un lugar en nuestra vida. Hoy los llevamos en el teléfono… y ojalá nunca llegue el día en que también dejemos de llevarlas en el corazón.
Nota histórica
La palabra recordar proviene del latín recordari. Está formada por el prefijo re- (“de nuevo”) y cor, cordis, que significa “corazón”. Para los antiguos, recordar no era simplemente traer un dato a la memoria, sino volver a pasarlo por el corazón.
Quizá por eso, mucho antes de las agendas digitales, el almanaque ocupaba un lugar especial en tantos hogares. Además de marcar los días del año, era común anotar en él los cumpleaños, aniversarios y fechas importantes de la familia. Cada enero esos nombres volvían a escribirse a mano, en un pequeño ritual que, más que conservar fechas, mantenía vivas a las personas en la memoria y en el corazón.
Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética. www.AntoineAbraham.com.
