Han pasado oficialmente doce meses desde que me senté por primera vez frente a mi computadora sabiendo que cualquier cosa que yo fuese a plasmar ahí ya sería de dominio público. El escribir aquí, para y por ustedes, ha sido el mayor de los honores.

Agradecida eternamente con Diario de Yucatán por abrirme las puertas a este barco que no se hunde, que flota más fuerte que nunca porque, así como estoy yo, somos cientos de voces que confían en el beneficio de jamás quedarse callados.

En un mundo lleno de ruido externo, son pocas las cosas más gratificantes que poder escucharse a uno mismo de vez en cuando y, con ello, serse fiel. Apegarnos a nuestra propia lealtad, aquella que defiende lo que creemos, lo que pensamos y opinamos, una voz dueña de sí misma, que no es temerosa ni siente culpa. Una voz que tiene vida propia.

Como diría Fito Páez, en tiempos egoístas y mezquinos… es cuando más necesitamos que lo que traemos dentro tenga vitalidad y pasión, que no se contagie de tibieza ni de miedo, que se dedique a defenderse y no bajar la cabeza.

Escribir, muchas veces, es bastante simple. Compartirlo ya alcanza una dificultad distinta. Y aún así, con toda la complejidad que representa nunca quedarme callada, estoy más segura que nunca de tener ganas de quemar los barcos…

Psicóloga.

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