Los primeros cines que llegaron a Mérida transformaron la vida social y la actividad de la ciudad. Las calles del Centro Histórico cobraron mayor vida por las tardes y noches, lo que favoreció la apertura de negocios, especialmente cafeterías y loncherías. Pero, sobre todo, los cines se convirtieron en espacios de entretenimiento, historias y anécdotas personales.

Estos lugares marcaron una época tanto por la actividad vespertina y nocturna como por su impacto comercial y arquitectónico, ya que varios de los inmuebles tuvieron estilo Art Déco.

El primer lugar público donde se exhibió una película, a finales del siglo XIX, fue el Teatro San Carlos, el actual Peón Contreras.

Así lo recuerda Gonzalo Navarrete Muñoz, cronista de la ciudad, quien señala que otro espacio donde se realizaron proyecciones fue el Circo Teatro Yucateco, en el barrio de Santiago.

Mérida fue pionera del cine nacional, pues aquí se filmaron varios largometrajes, como “Venganza de bestia”, producida alrededor de 1917 y estrenada en 1919.

En la primera década del siglo XX surgieron los primeros cines, entre ellos el Salón Frontera, el Salón Cine Moderno, el Salón Cine Mérida —no el que se conoce actualmente—, el Salón Iris y el Salón Variedades.

La llegada del cine, afirma Navarrete Muñoz, cambió la vida de los meridanos, pues se convirtió en una diversión casi obligada. Ir al cine con la novia, la suegra y el chaperón, especialmente los fines de semana, se volvió parte de la vida cotidiana.

Antes, las oportunidades de convivencia entre los jóvenes eran limitadas: se visitaba a la novia en su casa y después cada quien regresaba a la suya. El cine dio un giro a esa dinámica.

En la década de 1940 se produjo además un cambio importante que dio paso a la Época de Oro del cine mexicano. El cronista indica que la Segunda Guerra Mundial ocasionó que Hollywood redujera sus producciones, lo que hizo que inversionistas de la industria llegaran a México y se asociaran con empresarios nacionales. Esto favoreció su esplendor, con figuras como los hermanos Soler, Sara García, Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y “Cantinflas”.

El auge motivó la apertura de más salas. En la década de 1940 surgieron los cines Cantarell, Colonial —que posteriormente se convirtió en Premier—, Novedades, Principal, Rialto, Esmeralda, Alcázar y San Juan.

Estilo común

Navarrete Muñoz subraya que durante mucho tiempo los cines tuvieron una arquitectura Art Déco, como ocurrió con el Mérida —hoy Teatro Armando Manzanero—, Cantarell, Alcázar y Rex. Estas construcciones modificaron la fisonomía de la ciudad e introdujeron cierta modernidad al Centro.

El panorama urbano también cambió con la llegada de los anuncios luminosos de las salas: el nombre del cine ocupaba la marquesina, iluminada con luces de neón, y la cartelera se colocaba bajo lámparas para que la gente pudiera acercarse a verla.

Las funciones se ofrecían por la tarde y la noche, y los domingos había matinés, dirigidas principalmente a los niños. Durante muchos años, los horarios habituales fueron una primera función a las 4:45 de la tarde, una segunda a las 7:15 y una última que podía comenzar a las 8:30 o 9 de la noche.

Navarrete Muñoz recuerda que en aquella época existía el boleto tres por uno, con el que se podía ver tres películas, y la permanencia voluntaria, que permitía seguir en la sala todo el tiempo que se quisiera después de comprar la entrada.

“Muchos iban a dormir con el aire acondicionado”, dice de una época en la que las casas no contaban con estos aparatos.

Los horarios vespertino y nocturno de las funciones propiciaron la apertura de nuevos comercios, sobre todo cafeterías y loncherías, para prestar servicio después de las proyecciones.

El Colonial, añade el cronista, tenía un estilo neocolonial mexicano que, aunque a su juicio era poco atractivo, representaba una época. En esa sala se proyectaban cintas consagradas, como “Bella de día”, protagonizada por Catherine Deneuve y dirigida por Luis Buñuel.

Una de las salas que transformó por completo su entorno fue el Colón, que se abrió en 1976 y dio nueva vida a la zona de las avenidas Reforma y Colón. A su alrededor se abrieron cafeterías y otros negocios.

Fue muy popular y uno de los más concurridos de la ciudad. En él convergían personas de los cuatro puntos cardinales de Mérida, no solo porque era bonito y cómodo, sino también porque ahí se veían los estrenos.

El cronista considera que el declive de los cines tradicionales comenzó con la construcción de centros comerciales que incorporaron salas de proyecciones. Aunque carecían del encanto de los antiguos, empezaron a atraer a quienes no querían desplazarse hasta el Centro.

En la década de 1970 abrió sus puertas el primer cine fuera del Centro, en el sur de la ciudad: el Pedro Infante, que posteriormente se llamó Infantilandia. Sin embargo, “no pegó” entre el público.

Hoy, muchos de los antiguos edificios han sido derruidos y los que aún permanecen tienen usos distintos.— IRIS CEBALLOS ALVARADO