“YA VOY, PERO NO FUE”
El ejemplo de vida familiar que nos propone hoy Jesús es sencillo e inmediato porque toca de cerca nuestra realidad: hijos aparentemente serenos y tranquilos que ocultan rechazos e insatisfacciones, mientras que otros con actitudes rebeldes son capaces de extraordinaria generosidad. Como dice el refrán, “las apariencias engañan”.
Por lo tanto, hay una “obediencia” que aparenta deferencia y bondad, pero que oculta una sutil rebelión interior, y, al contrario, una desobediencia exterior que —en realidad— tiene una actitud ejemplar de compromiso.
Así, Jesús presenta a los fariseos llenos de formalismos y pagados de sí mismos, satisfechos con su modo de vivir y llenos de gratificaciones en su posición social; pero también presenta a los considerados rebeldes. A todos llama Jesús a una verdadera conversión. Porque la medida del valor auténtico y oculto de toda persona está en última instancia solamente en las manos de Dios que ve lo más profundo de nuestro corazón.
Nunca olvidemos aquella imagen polémica que Él utilizó cuando habló de los “sepulcros emblanquecidos” de aparente virtud, pero que ocultan corrupción, soberbia, egoísmo y vacío. Jesús se enfrentó con los fariseos porque quiere que revisen a fondo su vida y ya dejen de despreciar a los demás.
Cristo, en la línea del “Siervo del Señor” descrito por el profeta Isaías (42, 3), nunca apagó la mecha que aún humeaba sino que siempre añadió nuevo aceite para que pudiera seguir alumbrando.
“A todos llama Jesús a una verdadera conversión”
