Regresó a su raíz para recuperar una lengua, reconstruir una pertenencia y atreverse a mirar de frente historias que durante mucho tiempo permanecieron sin nombre. Eso le ocurrió a Jaime Velasco Estrada, escritor y ensayista que firma su obra como Jaime Sakäsmä, el nombre de su pueblo, Copainalá, Chiapas. Su más reciente libro, “Terrores cotidianos” —Tumtumjamapä natzkuy, en zoque— nació de ese regreso.
“Volví con la idea de escribir en zoque”, cuenta. Aún no sabía qué historia escribiría. Fue al reencontrarse con su comunidad, su lengua y las historias de quienes la habitan cuando comenzaron a surgir los relatos que terminarían formando el libro. Son diez historias atravesadas por la diversidad sexual, el deseo, la violencia, el machismo y las contradicciones de la vida comunitaria. En el centro está Pablo Cundapí, pero a su alrededor aparecen otras vidas y heridas.
Para Sakäsmä, escribirlas fue también una forma de hacerse cargo de una realidad. “Había necesidad de nombrarlas, de confrontarlas, de repensarlas”, explica. “De que uno tuviera conciencia para quizás poder cambiar esa historia”.
Sakäsmä reconoce que su relación con el zoque no era sencilla. Es la lengua de sus padres, pero para él era, según la define, una “lengua quebrada”. Tuvo que reaprenderla. Ese proceso comenzó alrededor de 2014 o 2015, cuando regresó a su pueblo, aunque el trabajo de traducción y escritura bilingüe se intensificó durante la pandemia.
Lo que inicialmente fue un deseo de reconexión se convirtió en un proceso de alrededor de una década, con idas y vueltas. “No solo era un deseo de conocimiento, sino de abrazar el origen”, dice.
Dos lenguas
La escritura en dos lenguas también modificó su manera de trabajar. En español podía recurrir a diccionarios o enciclopedias; para escribir en zoque tuvo que acudir a las personas. Primero estuvo Rubicel Morales, a quien reconoce como uno de sus primeros maestros de la lengua. Después llegó Humberto Saraoz, con quien continúa trabajando y a quien considera fundamental para darle un flujo literario al zoque de la obra. El proceso, además de lingüístico, fue profundamente humano: conversar, escuchar y preguntar cómo se dice algo, cómo suena o cómo fluye una frase.
“Eso te invita en la lengua a dialogarlo con otra gente”, explica.
En ese diálogo surgieron preguntas sin respuestas sencillas. ¿Cómo nombrar una enfermedad como el VIH en una lengua que no necesariamente tiene una palabra para ello? ¿Cuándo conviene utilizar un préstamo del español? ¿Cuándo crear un neologismo? ¿Cómo escribir una palabra para que conserve su sentido y, al mismo tiempo, pueda ser leída y entendida?
En las notas de autor de la nueva edición, Sakäsmä plantea una de las preguntas que atraviesan su trabajo: “¿Para quién escribimos cuando escribimos en zoque?”. Su respuesta no parece estar cerrada. Por el contrario, entiende la lengua como algo vivo, que se transforma con quienes la hablan, escriben y leen. “Palabra a palabra se sigue construyendo la lengua”, dice.
Muchas de las historias del libro tienen raíces concretas. Una de ellas nació de una pareja de mujeres que el escritor conoció desde su adolescencia. Cuando estudiaba la preparatoria, recuerda, pasajeros de un transporte que recorría el camino entre el municipio y su comunidad solían a gritarles insultos al pasar frente a su casa.
Años después, tras la muerte de su padre, Sakäsmä coincidió en un viaje con una de aquellas mujeres. Ella se acercó para expresarle su solidaridad y preguntarle por su familia.
El encuentro reactivó una historia que llevaba años consigo. “Yo tengo que hablar de la historia de estas mujeres”, pensó. “Tengo que contar también las violencias que ellas atraviesan”.
No todas las historias son autobiográficas, pero sí cercanas a él. Pablo Cundapí, por ejemplo, recoge elementos de la vida de un amigo ñäñú que llegó a Ciudad de México a estudiar y murió durante la pandemia. Por eso, el escritor dice que “Terrores cotidianos” es un libro que “atraviesa el cuerpo” y el alma de distintas maneras.
Sakäsmä procura dejar claro que no escribió para señalar a personas concretas ni juzgar a su comunidad. “No es mi idea moralizar, ni juzgar, ni criticar a nadie en específico”, afirma. Su intención es poner sobre la mesa aquellas violencias que permanecen ocultas o naturalizadas.
Uno de los conceptos más fuertes de su reflexión es el exilio. Para las personas de la diversidad sexual que crecen en comunidades donde su identidad puede ser cuestionada o castigada, explica, abandonar el pueblo puede convertirse en una posibilidad de supervivencia.
Su libro, dice, comienza con una partida y termina con un regreso, aunque ese regreso también tiene algo de partida. “Es doloroso”, reconoce, porque está atravesado por la búsqueda de pertenencia y, al mismo tiempo, por la incertidumbre de si es posible vivir plenamente en el lugar de origen.
“También somos diversos”, dice. “Hagámonos cargo”. Por ello, reconoce que todavía le resulta difícil imaginar una presentación del libro en su propio pueblo.
Algunas historias tienen referencias demasiado cercanas a personas y acontecimientos reales. “Quizá dentro de algunos años”, dice. Mientras tanto, el libro está ahí, disponible para quien quiera leerlo y dialogar con él.
El regreso a la comunidad también transformó al escritor. Dice sentirse ahora más sensible a los dolores y las luchas de su pueblo, y quiere que sus próximos libros continúen mirando hacia allí, aunque desde otra perspectiva. No necesariamente desde el dolor. Quiere contar historias de lucha, resiliencia y fuerza; hablar de personas que, pese a las circunstancias, permanecen de pie.
Entre sus proyectos está la historia de una persona mayor que vive en soledad. Porque también en los pueblos, observa, existe el abandono de los adultos mayores: familias que los quieren y admiran, pero que a veces no pueden hacerse cargo de ellos porque también luchan por sobrevivir.
Hay, entonces, otro tipo de historias que quiere contar. Quizá ese sea también el movimiento que está haciendo su literatura después de mirar los terrores cotidianos: buscar las formas en que las personas consiguen seguir viviendo. “Estar viva, estar en pie, sobreviviendo con cierta dignidad”, dice.
Para quienes habitan la península de Yucatán, Sakäsmä confiesa admirar profundamente a los escritores mayas que durante años han construido sus propias formas de escribir en dos lenguas. Menciona con especial admiración a la poeta Briceida Cuevas Cob y recuerda también a Isaac Carrillo Can, entre otros.
Su invitación es a continuar escribiendo y hablando de las comunidades, de las violencias y también de las resistencias. “Es necesario que en este presente nos manifestemos”, afirma.
Para él, “Terrores cotidianos” no pretende moralizar. Quiere que sus cuentos puedan disfrutarse aun cuando duelan; que despierten conciencia sin dictar una lección; que permitan reconocer los deseos, pero también las violencias que atraviesan la vida cotidiana. Y, sobre todo, que aquello que durante mucho tiempo permaneció en silencio pueda finalmente ser nombrado.— Darinka Ruiz Morimoto
