Mucho se habla de amor, pero poco de nutrición. No la que pasa por el estómago, sino la que sostiene el corazón. La imagen que hoy nos convoca no es un triángulo cualquiera, es la pirámide de nutrición emocional. Y como toda pirámide, nos recuerda que nada se sostiene desde la punta. En la base, grande, roja, firme, una sola palabra: amor.
No el amor romántico que nos vendieron, sino el amor como cimiento. Sus nutrientes, como bien anota el gráfico, son dos: los nutrientes de la autoestima y la aceptación y el amor propio. Sin eso, todo lo demás cojea.
¿Cómo poner límites si en el fondo creo que no valgo? ¿Cómo disfrutar del placer si me siento culpable por sentir? En Yucatán, donde aprendimos a ser fuertes, a aguantar, a servir primero a los demás, esta base a veces se nos olvida. Creemos que amarnos es egoísmo, cuando es el origen.
Sobre ese amor se levanta el segundo piso, el más humano y el más incómodo:
Frustraciones: El gym emocional. No nos gusta frustrarnos, pero la frustración es músculo. Cada vez que algo no sale como queremos y no nos derrumbamos, hacemos una repetición en este gimnasio invisible. Tolera la espera, el no, el cambio de planes. Ahí se fortalece la resiliencia.
Límites: El corazón del medio. Poner límites no es rechazar al otro, es decirme sí a mí misma. Es saber hasta dónde llego, qué me duele, qué no negocio. Sin límites, el amor de la base se desangra.
Jugar: Propósito de vida. Nos enseñaron que jugar es perder el tiempo. Y es al revés. Jugar es recordar para qué estamos vivos. Es el proyecto que nos ilusiona, el bordado, la hamaca, el cenote del domingo, el libro que escribimos sin que nadie nos pague. El propósito no siempre es grandilocuente, a veces es simplemente permitirnos gozar sin producir.
Tercer nivel, el de la mente y la disciplina:
Ideas empoderadoras: Límite a la autoviolencia. Aquí está la clave que más me conmueve. Todos tenemos una voz interna. ¿Esa voz te anima o te golpea? La autoviolencia no es solo gritarnos, es compararnos, minimizar lo que logramos, decirnos “no es para tanto” cuando estamos rotas. Cambiar ideas que nos encogen por ideas que nos empoderan es un acto de justicia interior.
Deberes y obligaciones: Disciplina y autocuidado. No como castigo, sino como amor en acción. Tender mi cama, tomar agua, ir a terapia, dormir a mi hora, cumplir lo que prometo. La disciplina no es dureza, es la forma cotidiana en que me demuestro que me importo.
Y en la cúspide, chiquito, brillante:
Placeres: Solo llega hasta arriba quien construyó bien abajo. El placer no es frivolidad, es recompensa. Y tiene dos llaves que aparecen en el gráfico: la creencia de la valía universal y las recompensas. Creer que valgo por el simple hecho de existir, no por lo que hago. Y permitirme recibir lo bueno sin culpa: un descanso, un elogio, un beso, un helado de mamey en el Paseo de Montejo.
Esta pirámide nos invierte el orden que nos enseñaron. Nos dijeron que el placer está al principio y que el amor propio llega si tenemos éxito. Es al revés. El placer que no tiene base de amor, de límites y de ideas sanas se vuelve vacío. El amor que sí tiene base se vuelve nutrición.
Entonces, hoy te pregunto como ejercicio: ¿De qué estás nutriendo tu base? ¿Tu diálogo interno te violenta o te abraza? ¿Tu gym emocional está abandonado? ¿Cuándo fue la última vez que jugaste, no para ser productiva, sino para estar viva? Amarnos para amar y ser amados no es una frase bonita. Es una obra de construcción diaria.
Y empieza, siempre, desde abajo.
Abogada y escritora.
“Nos dijeron que el placer está al principio y que el amor propio llega si tenemos éxito. Es al revés”
