Después de estar dos semanas en las salas, el veredicto comercial de “Digger” es tan demoledor como inapelable: 35 millones de dólares recaudados en todo el mundo frente a un abismo de 250 millones invertidos entre producción y mercadotecnia. Para los contadores de Warner Bros., el proyecto de Alejandro González Iñárritu y Tom Cruise ya tiene apartado su lugar en los grandes batacazos financieros.

Sin embargo, la tragedia de “Digger” radica en que su colapso era perfectamente evitable.

El presupuesto

El pecado del filme no reside en su riesgo artístico, sino en una arrogancia presupuestaria desconectada de la realidad del mercado. Otorgarle 150 millones de dólares a una sátira climática, nihilista y deliberadamente incómoda es un acto de temeridad corporativa.

Era un gran riesgo la exigencia de recaudar 500 millones para alcanzar el punto de equilibrio; el presupuesto jamás debió rebasar los 60 millones. Si también el protagonista emulara a sus colegas Leonardo DiCaprio o Brad Pitt en el cine de autor renunciando al cobro por adelantado a cambio de puntos de taquilla diferidos, alineando el incentivo financiero con el destino real de la obra, la probabilidad de pérdida hubiera sido compartida.

La estrategia de promoción

Un error imperdonable de estrategia comercial. Tratar a “Digger” como un blockbuster de consumo masivo —lanzándolo simultáneamente en miles de complejos cinematográficos a principios de octubre— demostró una falta total de memoria. El cine de autor no compite contra el entretenimiento pop saturando pantallas; se cultiva con paciencia.

La cinta debió recorrer el circuito de prestigio en Venecia y Toronto, generar debate crítico y debutar en un puñado selecto de salas en Nueva York y Los Ángeles. Ese modelo escalonado convirtió en fenómenos de taquilla a “The Revenant” y “Poor Things”, pues hacen que el público cinéfilo proteja la película antes de arrojarla a la taquilla general.

Para colmo de males, la maquinaria de promoción no supo vender una comedia existencialista corporativa; apostar por la maravillosa actuación de Tom Cruise fuera de sus personajes de acción hubiera sido mejor idea.

¿Valía la pena no salir a salas?

Si Iñárritu y Cruise consideraban innegociable el despliegue técnico de 150 millones, el camino nunca fue el circuito comercial tradicional, sino el mecenazgo del streaming. Casas como Apple o la propia Netflix —donde el director mexicano ya financió “Bardo”— entienden estas inversiones no como negocios de taquilla inmediata, sino como activos de reputación y trofeos para las temporadas de premios. En ese ecosistema, “Digger” habría sido celebrada como un audaz triunfo de autor sin la losa mediática de las pérdidas millonarias.

La buena noticia futura y la mala presente

Dentro de diez o quince años la cinefilia redescubrirá “Digger” y celebrará el desparpajo con el que dinamitó las convenciones del cine contemporáneo. Pero para el Hollywood del presente, la factura será inmediata y devastadora.

En las oficinas de los estudios, los ejecutivos no culparán a la pésima distribución ni al desatino del marketing; usarán este riesgo financiero como el pretexto perfecto para negar luz verde a cualquier cineasta que pretenda filmar una idea original.

Delegado de Canacine en Yucatán.

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