Hay silencios y movimientos que dicen más que mil palabras. Con una propuesta escénica cargada de dramatismo, poesía corporal e invitación al sentir pleno, el Teatro Daniel Ayala abrió sus puertas ayer a una presentación de danza Butoh, la mística disciplina nacida en las entrañas del Japón de finales de la década de 1950.
Bajo la dirección y producción de Diego Barhao, la obra puso sobre las tablas el encuentro de dos maestras de la disciplina de distintas generaciones —de 73 y 51 años de edad—, cuyo motor principal fue celebrar dos décadas de complicidad y afecto a través del lenguaje puro del cuerpo.
Más que un espectáculo convencional, el montaje se concibió como un tributo vivo a la fraternidad y a los lazos que resisten el paso del tiempo.
Para ello, el director propuso al público una experiencia despojada de etiquetas o expectativas rígidas sobre cómo reaccionar ante la intensidad de lo que sucedía en escena.
“Se permite reír, se permite dormirse y se permite soñar”, expresó Barhao al resumir la filosofía de la obra, una consigna que buscó derribar las barreras entre el escenario y la luneta para involucrar a los asistentes desde la fibra más íntima del corazón.
El productor compartió que esta pieza ya ha dejado su huella en foros de Cuernavaca, la Ciudad de México y diversos escenarios de Europa, donde cosechó una cálida acogida por parte de la crítica y los espectadores.
Sin embargo, afirmó con convicción que la cita en la capital yucateca guardaba un matiz especial, perfilándose como el momento más significativo del recorrido.
Barhao reiteró su confianza en que la velada en el histórico recinto del centro de la ciudad se transformaría en una vivencia inolvidable, donde la calidez del público meridano abrazaría las posibilidades infinitas de la danza.— Ilse Noh Canché
