ARONA, España (EFE).— Viajes mensuales a otras estrellas, ciudades lunares, asentamientos en Marte y una humanidad convertida algún día en especie interestelar dan una visión expansiva de la raza humana que choca con las reglas de la física, tal y como se confrontó en la octava edición del festival científico Starmus.
El francés Serge Haroche, Nobel de Física en 2012, fue ayer tajante en el sentido de que ni la imaginación ni la inteligencia artificial ni el deseo humano de colonizar las estrellas permiten modificar la relatividad.
“Tenemos que distinguir entre realidad y ciencia ficción”, indicó Haroche, quien recordó que viajar más rápido que la luz es imposible y hacerlo a velocidades próximas a ella plantea unas exigencias físicas y energéticas incompatibles con las fantasías habituales sobre la colonización interestelar.
Imaginarlo está bien, concedió, pero hacer creer a personas que no son científicas que ocurrirá en el futuro es realmente problemático y “fake news”.
Los vídeos que muestran esos viajes, ironizó, deberían incorporar la advertencia de “ciencia ficción asistida por IA”. La reflexión llegó un par de días después de que el empresario espacial iraní-estadounidense Kam Ghaffarian, cofundador y presidente ejecutivo de Axiom Space, dibujara un futuro opuesto.
Ghaffarian, quien nació en Isfahán y recuerda contemplar de niño las estrellas preguntándose si algún día sería posible vivir entre ellas, piensa que el “destino de la humanidad” es convertirse en una especie interestelar, en la misma línea que otros, como Elon Musk.
La hoja de ruta de Ghaffarian comienza con estaciones espaciales comerciales, continúa con una base permanente en la Luna y asentamientos en Marte, y termina fuera del sistema solar, e imagina un futuro posterior a 2050 con lanzamientos diarios hacia la Luna, semanales a Marte y misiones regulares a otras estrellas.
En su conferencia mostró incluso una recreación de un viaje a Próxima Centauri que duraría, según sus fabulaciones, algo más de seis meses. Ahí es donde otro Nobel, el suizo Michel Mayor, descubridor junto con Didier Queloz del primer exoplaneta alrededor de una estrella similar al Sol y Nobel de Física en 2019, colocó la calculadora sobre la mesa.
Mayor no duda de que la Vía Láctea albergue millones de planetas rocosos y probablemente muchos mundos situados en zonas donde podría existir agua líquida.
“El problema no es encontrarlos. Es llegar hasta ellos”, apuntó.
Si aparece un planeta potencialmente habitable a solo 30 años luz, prácticamente en el vecindario a escala galáctica, un vehículo que viajara a velocidades similares a las misiones Apolo necesitaría varios millones de años para llegar.
La respuesta habitual a ese problema no puede simplemente ser “acelerar”, porque elevar la velocidad exige cantidades de energía que Mayor considera inalcanzables.
“Si la Tierra se vuelve inhabitable, la humanidad no tendrá ninguna posibilidad de emigrar a otro exoplaneta. No tenemos un planeta B. Tenemos que cuidar la Tierra. Es física simple”.
Por su parte, el español Ignacio Cirac, director del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica, recordó en Starmus que las computadoras cuánticas explotan fenómenos tan extraños como la superposición, pero siguen afrontando enormes dificultades para controlar errores y crecer de escala.
Cree que acabarán desarrollándose tecnologías extraordinariamente potentes, aunque advirtió contra el ciclo de expectativas desmesuradas. “Nadie sabe si tardarán cinco, diez o veinte años ni cuántas de las aplicaciones que ahora se prometen llegarán realmente”, manifestó.
La discusión sobre abandonar la Tierra llegó a otras intervenciones del festival, como la de la astronauta y geocientífica Sian Proctor, quien ayer compartió que Marte puede formar parte del futuro humano, pero antes habría que aprender a vivir en la Luna y aprovechar ese esfuerzo para hacer más eficiente el uso de alimentos, agua, energía, materiales y residuos en la Tierra.
Incluso Geoffrey Hinton, Nobel de Física y uno de los pioneros de la inteligencia artificial, introdujo una lectura política más áspera al criticar la idea de Marte como un “nuevo comienzo” donde una élite tecnológica pueda establecer sus propias reglas “lejos de los estados y los impuestos“, una visión que vinculó expresamente con determinadas corrientes de “tecnofeudalismo”.
