• El psicólogo Alejandro González Novelo destaca que reconciliarse con la propia historia y fortalecer los vínculos afectivos permite vivir una vejez más plena
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No es necesario tener una vida perfecta para llegar en paz a la vejez. La clave está en reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestra historia. Aunque el miedo a morir puede estar presente y es normal, no debemos permitir que nos domine, pues de lo contrario se comienza a morir cada día, en lugar de disfrutar el tiempo de vida.

Así lo señala el psicólogo y terapeuta familiar y de pareja Alejandro González Novelo, director de la Escuela de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad Anáhuac Mayab, al abordar el cierre de ciclos en la tercera edad.

Apunta que, si bien la lógica indica que en esta etapa estamos más cerca de la partida final, es importante comprender que no se necesita tener una vida perfecta para llegar en paz a la vejez.

“Lo que tenemos que hacer es aprender a reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestra historia, con nuestra familia. También tenemos que saber que la reconciliación es un acto que requiere de dos personas. Uno puede tener la intención de reconciliarse, pero eso depende también de la otra persona”, dice.

“No solo porque soy tu padre o tu abuelo es suficiente para la reconciliación, pues las otras personas pueden vivir la experiencia de la relación de manera distinta, en la que a lo mejor han sido lastimadas, heridas, muchas veces sin la intención de hacerlo, pero sucede”.

“Una de las cosas que nos debería dar paz es, primero, tener la capacidad de arrepentirnos, al darnos cuenta de que a lo mejor pudimos haber hecho algo que lastimó a alguien, reconocerlo y también aceptar que, aunque no fue nuestra intención, el efecto fue el dolor o sufrimiento de alguien más”.

Enfatiza que no se puede obligar al otro a otorgar su perdón, a pesar del deseo de recuperar la relación. Solo queda intentar reparar aquello que sea posible y, si no se consigue, aceptarlo.

También se puede buscar el perdón de manera espiritual, mediante la oración por aquella persona a la que se lastimó. Hay quienes encuentran la paz a través del perdón de Dios.

Sobre cómo prepararse en esta etapa para la partida final, indica que la vida es una sorpresa, algo que se nos ha dado, al igual que la muerte, cuyo momento de llegada nadie conoce. Sin embargo, lo importante “es que la muerte nos agarre vivos, y no en este proceso de muerte”.

Vivir agradecidos

Vivir la vejez o la tercera edad no significa limitar la vida, sino que representa un momento para disfrutarla de la mejor manera.

Reconoce que hay personas que todavía no han podido retirarse y continúan trabajando, por lo que carecen del espacio necesario para prepararse adecuadamente para esta despedida o proceso natural. No obstante, mientras se esté vivo, hay que vivir con menos resentimiento y mayor gratitud.

“Hay que vivir esta etapa con agradecimiento, con aceptación de que hay cosas que a lo mejor no quisimos que pasaran, y de esas cosas tenemos que aceptar y aprender, y de las otras que sí nos dieron alegría, felicidad y amor tenemos que agradecer”.

Afirma que la vejez no es necesariamente el final de la vida, sino una etapa en la que hay que transformarla.

“A veces en la vejez se encuentra el verdadero sentido de la vida, se entiende por qué vivimos lo que vivimos, y entonces podemos decir: ‘Mi vida tuvo sentido o tiene sentido’, y eso es lo que nos hace vivir de manera diferente esta etapa”.

Manifiesta que es humano sentir miedo ante la muerte, porque representa algo desconocido. Considera positivo hablar de ese temor, pero también es importante identificar qué es realmente lo que provoca miedo.

“Como no la conocemos, nos imaginamos cosas de la muerte. Se tiene miedo a lo desconocido porque no sabemos qué va a suceder, existe incertidumbre y las personas se preguntan, si tienen fe, si se van a ir al cielo o al infierno”.

“Otro miedo es cómo me voy a morir en cuestiones físicas: me voy a enfermar, me va a doler, voy a sufrir”, continúa el entrevistado.

También existe el temor, al acercarse a esta etapa de manera natural, a perder autonomía y depender de los demás.

“Nos da miedo tener a nuestro lado a gente que nos cuide, que nos cure, que nos vista, que nos bañe, que cubra nuestras actividades naturales”, pues no sabemos si lo harán con afecto.

A ello se suma el miedo a convertirse en una carga para la familia porque no se quiere causar molestias.

“A veces nos preocupa lo económico. Nos preguntamos: ‘Cuando yo ya no pueda producir o cuando mis gastos sean mayores, ¿de dónde va a salir el dinero para esto?’”.

Otros temores son separarse de las personas queridas, como la esposa, los hijos, nietos y amigos, así como uno de carácter existencial: darse cuenta de que se ha desperdiciado la vida.

Vínculos más fuertes

Resalta que, por ello, en esta etapa es importante reconocer, más allá de los logros alcanzados, los vínculos que se formaron mediante las relaciones con los demás.

“Cuando reconocemos esto e intentamos en esta etapa mejorar los vínculos, nuestra expresión de afecto y nuestra relación con Dios, la vida empieza a tener mucho más sentido”.

El psicólogo señala que, conforme se avanza en edad, es lógico que se pierdan más seres queridos, situación que lleva a las personas a pensar que la muerte ha comenzado a rondarlas.

“En la medida en que mueren familiares o amigos cercanos, empezamos a pensar que el (siguiente) número de la lotería a lo mejor nos toca a nosotros”.

“En esos momentos de la vida se vive el duelo de perder a alguien, a esa persona que formó parte de nuestra existencia y que también tomó parte de nuestra historia. Cuando las personas se van, se llevan parte de nosotros, porque ya no vamos a tener con quién recordar aquello que vivimos con ellas, entonces esa parte de nuestra historia se va también”.

No solo se pierde la presencia física, cuya ausencia duele, sino también las conversaciones, historias, recuerdos y proyectos de los que alguna vez se habló.

“El objetivo del duelo no es olvidarnos de ellos, es aprender a vivir con su ausencia, con ese recuerdo, aprender a vivir con el vínculo afectivo de esa persona que murió y agradecer por lo que esa persona que se nos fue nos permitió vivir”.

Las enfermedades

Cuando en la tercera edad se enfrenta alguna enfermedad crónica o degenerativa, también es importante la aceptación, que no es lo mismo que la resignación.

Aceptar significa reconocer que se necesita ayuda, medicamentos o apoyo, y que las decisiones deben orientarse hacia esas necesidades.

“Cuando yo acepto una enfermedad, no acepto la muerte, acepto la condición, y entonces toda mi aceptación quiere decir orientarme a buscar la mejor calidad de vida que pueda tener mientras la muerte me llega”.

“Muchas personas empiezan a tener una mejor calidad de vida cuando tienen un diagnóstico, y no tendríamos por qué esperar a eso”.

Subraya que hay que valorar la vida con o sin un diagnóstico de enfermedad y, cuando se enfrenta algún padecimiento, no convertirse en víctima de la enfermedad, sino aceptar y agradecer el recordatorio de que todavía se está vivo.

Finalmente, destaca la importancia de aprender a vivir mejor y procurar la salud física, mental y espiritual.— IRIS MARGARITA CEBALLOS ALVARADO

De un vistazo

Un proceso personal

El psicólogo y terapeuta familiar y de pareja Alejandro González Novelo expresa que la reconciliación a veces no es solo un acto, sino un proceso en el que se pueden seguir realizando acciones para lograrla. Si esto no fuera posible, siempre se puede alcanzar la reconciliación con uno mismo, con la propia vida y la historia personal.

No nos define

Cuando en la tercera edad se enfrenta alguna enfermedad crónica o degenerativa es un golpe fuerte, pues, si bien son procesos naturales, afectan directamente la vida. Sin embargo, hay que comprender que “como personas somos mucho más que una enfermedad o un diagnóstico que puede modificar nuestra vida, salud y actividades, pero no va a cambiar nuestra dignidad humana ni el valor que tenemos como personas”.

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