La importancia de conservar los rituales funerarios de las comunidades mayas, que permiten a las familias afrontar la pérdida de sus seres queridos, fue abordada en el conversatorio “Celebración U k’iinilo’ob Finados”, realizado ayer en el Gran Museo del Mundo Maya, como parte de las actividades del Día de Muertos.
María Luisa Castro González, escritora, docente, tanatóloga y promotora de la cultura maya, explicó que en las comunidades del interior del Estado la muerte reúne a distintas generaciones de una familia, desde hijos y nietos hasta bisnietos y primos, en una convivencia que contribuye al proceso de aceptación de la pérdida.
Señaló que esta manera de afrontar el fallecimiento contrasta con las prácticas de las ciudades, donde las exigencias de la vida cotidiana dificultan dedicar tiempo a los rituales de despedida.
“Y vuelvo a repetirles, aquí lo más difícil es eso, que después pasan dos, tres, cuatro años y la persona no asume su pérdida. Es decir, tiene duelos patológicos”.
La especialista recordó que durante la pandemia de Covid-19 muchas familias tuvieron que despedirse de sus seres queridos a distancia, sin la posibilidad de acompañarlos en sus últimos momentos.
En los pueblos todavía se acostumbra cuidar a los enfermos hasta su fallecimiento y posteriormente realizar ceremonias y altares, mientras que en las ciudades predominan las hospitalizaciones y, en ocasiones, la cremación.
Estas diferencias, indicó, pueden repercutir en el proceso de duelo, pues algunas personas presentan ansiedad, ataques de pánico o depresión al no disponer del tiempo necesario para asimilar sus pérdidas.
Como ejemplo, compartió la experiencia de uno de sus hijos, quien trabajó como camillero durante la pandemia y diariamente trasladaba varios cuerpos a una cámara frigorífica. Al concluir aquella etapa, la familia realizó un ritual en su hogar mediante una albarrada de piedras, cada una en representación de una persona fallecida, como una forma simbólica de despedida.
Castro González destacó que estas prácticas pueden realizarse independientemente de las creencias religiosas, pues ayudan a comprender la ausencia física de aquellos que han fallecido y a mantener un vínculo espiritual con ellos.
El encuentro fue moderado por María Elisa Chavarrea Chim, directora de Patrimonio de la Secretaría de la Cultura y las Artes (Sedeculta), quien subrayó la importancia de nombrar a los difuntos al colocar las ofrendas en los altares, pues esto constituye una invitación para que sus ánimas participen de la celebración anual.
También recordó las creencias relacionadas con la presencia de los difuntos en animales, particularmente las mariposas, y el respeto que debe mantenerse hacia ellos durante estas fechas.
Por su parte, María Federica Sodi Miranda, licenciada en Ciencias Antropológicas con especialidad en Arqueología, abordó la concepción de la muerte entre los antiguos mayas y su permanencia en las tradiciones actuales.
Explicó que las culturas prehispánicas desarrollaron una relación estrecha con la muerte, reflejada en su cosmogonía, sus códices y los bajorrelieves conservados en sitios arqueológicos como Mayapán y Chichén Itzá.
Mencionó el “Popol Vuh” como una fuente para comprender esta concepción del universo, dividido en tres grandes espacios: el celestial, el terrestre y el inframundo.
Según esta tradición, existían 13 niveles celestiales habitados por distintas deidades, mientras que el mundo terrenal correspondía a los seres humanos.
En la parte inferior se encontraba Xibalbá, integrado por nueve niveles y relacionado con el destino de los muertos.
Recordó el relato de los gemelos del “Popol Vuh”, quienes descendieron al inframundo y participaron en un juego de pelota vinculado con la vida y la muerte.
Emma Uhu, investigadora y profesora de lengua maya originaria de Sanahcat, compartió sus experiencias sobre las transformaciones de las celebraciones de finados y la convivencia familiar.
Recordó que creció entre rezadoras y que antiguamente las familias preparaban con anticipación los alimentos destinados a las ofrendas, utilizando productos obtenidos de sus propias milpas.
Entre ellos mencionó frutas de temporada, ciruelas conservadas, gallinas de patio, jícamas y otros ingredientes empleados en la preparación del xec.
Los niños acudían con pequeñas jícaras para recibir alimentos al concluir los rezos.
Lamentó que actualmente muchos productos sean comprados y que las nuevas generaciones mantengan una convivencia cada vez menor con sus abuelos, lo que ha debilitado la transmisión de estas costumbres.
Destacó la importancia de recuperar el cultivo de la tierra y la preparación de alimentos tradicionales, como el chocolate y los dulces de conserva, para compartirlos durante las celebraciones.
Carlos Evia Cervantes, profesor e investigador con estudios de Maestría en Ciencias Antropológicas, habló de las leyendas y los relatos populares relacionados con los días de finados.
Entre ellos compartió la historia de un joven que, pese a las advertencias de su padre, salió de noche y encontró una procesión de ánimas.
Una muchacha le entregó una vela y le pidió conservarla hasta el día siguiente. Sin embargo, cuando el joven fue a buscarla descubrió que se había convertido en un fémur.
Su padre le aconsejó devolver el hueso mientras sostenía a un niño pequeño, cuya pureza, según la creencia, impediría que el ánima se llevara al muchacho.
Durante el conversatorio, los participantes coincidieron en la necesidad de preservar las tradiciones de finados más allá de su atractivo turístico y promover su enseñanza entre las nuevas generaciones.
Asimismo, destacaron que las ofrendas pueden elaborarse con alimentos sencillos, incluso únicamente con frijoles, siempre que se conserve el sentido de respeto hacia los difuntos.
Como parte de la actividad se instaló un altar dedicado a los niños, se explicó el significado de sus diferentes elementos y, al finalizar, se repartieron alimentos entre los asistentes.— Claudia Ivonne Sierra Medina
