Sobre el artículo “Obligados a combatirla” que publicamos anteayer, el licenciado Miguel Wabi Yabur, empresario afiliado a Coparmex-Yucatán, nos envía una carta que reproducimos a continuación:
“Es irónico saber que tanto el político como el empresario suelen ser igual de corruptos. Es cosa de ambos. Oferta y demanda. Si uno no quiere, la intención del segundo no debería cumplirse”.
Esto afirma el señor Óscar Leonardo Ríos García en columna publicada en el Diario de Yucatán el 24 de enero, y que dedica “a todos y cada uno de los empresarios de México” y a los organismos empresariales a los cuales pertenecemos muchos de nosotros. Gracias por la dedicatoria. Acuso de recibido y le respondo.
En su escrito usted asegura que los empresarios tenemos las manos muy sucias cuando de corrupción se trata. Y tanto como cualquier funcionario corrupto.
Expone que “la corrupción entre empresa y gobierno se ve reflejada desde el acto o trámite burocrático mas insignificante como dar mordida…”.
Ah, caray, ¿entre empresa y gobierno? ¿No quiso decir mas bien que entre algunos ciudadanos y funcionarios? Porque son los individuos quienes ofrecen o reciben “mordidas”, no el sector público y el privado donde se desempeñan.
Pero seguramente usted no es empresario de muchos años y no tiene esa experiencia, porque quienes sí lo somos sabemos muy bien que ese tipo de corrupción no sucede a como lo planteó. Para usted la mitad de los casos sucede porque un funcionario hace la propuesta ilegal y la otra mitad porque un empresario lo propone. Pero no es así.
Las propuestas corruptas provienen por muy amplia mayoría del lado del funcionario de gobierno, no del lado del ciudadano que tiene un comercio, empresa o negocio del tamaño que sea.
No digo que no existan “emprendedores” que ofrezcan indebidamente “premios” en efectivo o especie a funcionarios del sector público. Lo que aseguro es que, en la inmensa mayoría de esos casos, fue un funcionario de gobierno quien hizo la “propuesta de negocio”. A diferencia de un ciudadano, son ellos quienes se encuentran en la posición —y hasta en la situación— de proponer esa mala práctica.
Sería excelente y muy loable si todos ellos considerasen “vivir en la honrosa medianía que proporciona la retribución que la ley haya señalado”. Pero la forma en que los emplean sus jefes no les ayuda a mantenerse dentro de la expectativa que recomendó Benito Juárez.
En la práctica, ahí se trabaja sabiendo que sus empleos son temporales. Y el manejo de la información que circula por sus escritorios —mientras los están ocupando— la han convertido en una poderosa herramienta corruptora para buscar cómo “compensar la situación”.
Si alguien me preguntara en qué proporción creo que esto sucede, le diría que en un 90% de los casos es de allá para acá. Al menos eso creo.
Y le aclararía que con este hipotético 90% me estoy refiriendo a los casos de corrupción donde tienen que ver grandes cantidades de dinero: los de contratos, licitaciones, obtención de concesiones, permisos, y no a los casos de servidores públicos con proximidad social y vinculación con la ciudadanía, léase los policías, empleados de ventanilla, inspectores y demás.
Es imposible comprobarlo, pero hoy día hay que ser demasiado ingenuo para no entender que todas las mordidas o gratificaciones que puedan darse entre los segundos jamás igualarán los enormes desvíos que se dan en los primeros, como los casos Odebretch, Oceanografía, la Estafa Millonaria, la Estela de Luz… Sólo podemos mencionar casos dados a conocer. La punta del iceberg.
No comparto la opinión del Presidente en el sentido de que la corrupción en México ya es cosa cultural, pero sí comprendo la ópera de un acto que en 1812 presentó Gioachino Rossini: “L’occasione fa il ladro” (La ocasión hace al ladrón). Todos debemos procurar que no se den las ocasiones para delinquir.
Por supuesto que es una responsabilidad compartida, pero a ver: ¿Realmente usted cree que las iniciativas corruptas nacen de manera común y en número similar tanto en quienes trabajan en el sector público como en quienes laboramos en el sector privado? De creerlo así, entonces usted y el Presidente de la República coinciden culturalmente en algo.
¿Quién puede favorecer al cuate? ¿Quién puede amañar una licitación? ¿Quién puede ofrecer filtrar una información clave? ¿Quién decide el porcentaje del “bisnes”? ¿Quién invita a “partir el pastel”? ¿Quién dispara “un cañonazo de 50 mil pesos”? ¿Quién amenaza con “el que se mueve no sale en la foto”? ¿Quién piensa que “político pobre: pobre político”? ¿Quién está esperando que “le haga justicia la Revolución”?
¿Es acaso el comerciante en su local? ¿El empresario en su oficina? ¿El profesionista desde su consultorio?
Repito: por supuesto que hay granitos en este arroz. Evidentemente para todo hay proporciones, pero la igualdad que usted infiere está muy alejada de la triste realidad que expone y que, es claro, nos está afectando mucho a todos.
