El Ipade clausura hoy su programa Alumni en Mérida
La presencia del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (Ipade) —la mejor escuela de negocios de la República— ha sido sin lugar a dudas fructífera y muy positiva para Yucatán, pese a que gran parte de sus beneficios son difíciles de medir.
“Y esto es porque la mayoría del impacto positivo ha sido hacia el interior de las empresas”, asegura el ingeniero Martín Trozzo Francese, exdirector regional y hoy consejero de la escuela de negocios. “Para mí resulta gratificante, cuando converso con directivos de compañías yucatecas, escuchar cómo el hecho de que su director general haya tomado el curso del Ipade se tradujo, cuatro, cinco años después, en cambios significativos, con una visión más humana y más ética”.
Sin embargo, prosigue, también hay obras muy evidentes, como la Fundación del Empresariado Yucateco (Feyac), nacidas de ideas que los empresarios alumbraron y discutieron en las aulas del Ipade y que al salir llevaron a la práctica con mucho éxito.
“El mérito de estas obras, claramente sociales, es desde luego de los empresarios. Finalmente lo que hace el Ipade no es más que crear un ambiente colaborativo y facilitar, a través de la exposición de casos concretos, el desarrollo de ideas y proyectos”, abunda.
En lo que respecta específicamente a la Feyac, recuerda que en una clase se presentó el caso de una fundación de Chihuahua y de allí surgió la idea porque así funcionan las cosas en el Ipade: la escuela presenta los casos, se discuten y cada empresario toma las ideas que le sirven, sean comerciales, operativas, financieras o sociales.
“Y así como el de la Fundación, hay muchos otros. Hablo de éste porque es público, porque es muy concreto y porque los mismos empresarios que la fundaron y la dirigen comentan constantemente que la idea surgió en las aulas del Ipade”, señala Trozzo Francese, quien ayer por la tarde ofreció la charla “El trabajo como virtud”, como prólogo de la clausura del Programa Ipade Alumni, hoy en el hotel Presidente Intercontinental (Villa Mercedes).
Camino a la santidad
Acerca de la plática, dice que la intención fue recordar que el trabajo, lejos de ser una maldición, es una virtud humana que además conduce al desarrollo de muchas otras virtudes. “La idea fue encontrarle un sentido diferente, sobre todo hacer conciencia de que el ser humano fue creado para trabajar, de que no es por un castigo que nos haya impuesto Dios, sino que es inherente a la propia naturaleza humana”.
El trabajo, continúa, es un camino al crecimiento, al desarrollo pleno, es un camino a alinear nuestra naturaleza humana. Y evidentemente esto conduce a un sentido más trascendente: es una forma de glorificar a Dios y de colaborar con Él en la creación.
“Dios creó el universo, pero puso al hombre para terminar de perfeccionar su creación. Entonces en la medida en que el hombre hace bien su trabajo, de manera honesta, está colaborando con el Creador”.
Se dice que “el trabajo es tan malo, que hasta pagan por hacerlo”, pero esta frase está totalmente equivocada. Aunque es cierto que esta virtud —a la que se le conoce como ‘virtud de la laboriosidad’— se enfrenta a un sinfín de obstáculos, entre los cuales está la falta de motivación, dice.
Motivaciones
“Y en este punto es bueno comentar que existen diferentes tipos de motivación para desarrollar la virtud. Unas pueden ser un poco egoístas, pero no necesariamente malas, como buscar la parte económica o el reconocimiento. Y muchas veces son muy válidas, porque no resolver la parte económica puede afectar las otras partes de tu vida”.
Sin embargo, la cuestión fundamental está en otra parte. Como se sabe, recuerda, el Ipade es una obra corporativa del Opus Dei, nace por un pedido expreso de San José María Escrivá de Balaguer, fundador de esta institución de la Iglesia Católica que tiene como misión difundir el mensaje de que el trabajo y las circunstancias ordinarias son ocasión de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora de la sociedad.
El mensaje de San José María es que todos los seres humanos podemos ser santos en cualquiera que sea nuestro entorno a través de lo que él llama la santificación del trabajo, explica. Nos dice que “una hora de trabajo bien hecho es una hora de oración”.
Ese es finalmente el sentido de la plática: conforme llegamos al convencimiento de que vale la pena desarrollar la virtud de la laboriosidad, se nos abre un camino más para alcanzar la santidad. No el único, pero sí uno al alcance de todos, comenta.—Mario S. Durán Yabur
