El Dr. De León González ofrece una conferencia a participantes del Programa Alumni del Ipade en Mérida

Rodrigo de León González (Ciudad de México, 1978) lo tiene claro. El futuro de México no depende de quién gane el 1 de julio, sino de la capacidad para responder como país el asunto fundamental planteado por Karl Popper: “¿Qué podemos hacer para configurar nuestras instituciones políticas de modo que los gobernantes malos o incapaces ocasionen los menores daños posibles?”.

Rodrigo de León González, maestro del Ipade

Mario. S. Durán Yabur

Incertidumbre es la palabra de moda. ¿Es posible tener fe en el porvenir?

Desde luego, pero habrá que ver si los mexicanos somos capaces de hacer algo para poder ejercerlo. Tenemos muchos ejemplos a seguir: está Asia, que con Trump o sin él, con problemas internos o sin ellos, está teniendo un gran desarrollo y hoy por hoy concentra la mayor parte de la población de clase media del mundo, que estaba antes en Estados Unidos y en Europa. Si los mexicanos somos capaces de entender el mundo hacia el futuro, México tendrá futuro. El 17% de nuestras importaciones viene de China y el 1.7% de nuestras exportaciones va para allá, o sea, le vendemos apenas el 10% de lo que le compramos. Hace unos años, cuando los chinos eran muy pobres, alguien pudo decir “¿qué se les puede vender si no tienen dinero?”, pero hoy, cuando hay 400 millones de chinos de clase media, por supuesto que hay muchas cosas qué venderles, lo que pasa es que nos hemos concentrado demasiado en Estados Unidos.

¿Urge cambiar de visión?

Más que cambiarla, hay que ampliarla. Hemos sido —para bien y para mal— excesivamente dependientes de EE.UU. Evidentemente hemos aprovechado tanto nuestra ubicación geográfica como el Tratado de Libre Comercio y creo que ha sido bueno explotar esas ventajas. Pero cuando vemos que el destino del 74% de nuestras exportaciones es EE.UU., notamos un gran problema de dependencia. Pero no se trata de sustituir a “papá Estados Unidos” por “papá China”, sino de expandir la visión, pensar que estamos entrando a un mundo en el que pronto Estados Unidos dejará de ser la economía líder, en el que el poder económico estará más repartido: estarán los chinos, los hindúes, los europeos, los rusos, los indonesios, estarán los japoneses de regreso. Entonces abarquemos más, no descuidemos nuestra relación con el vecino del Norte, es muy importante, ha sido fructífera, por nuestra cercanía la integración es inevitable, pero es hora de diversificar.

¿Cómo dar el primer paso?

Cuando el gobierno lleva la iniciativa suele haber un impacto más fuerte, porque una estrategia país planifica y coordina esfuerzos. Pero si el gobierno no da ese paso, la iniciativa privada debe empezar a explorar mercados, aunque no sea bajo el paraguas de una estrategia gubernamental. Es más, me atrevo a decir que hoy la incursión de negocios mexicanos en otras latitudes es más resultado de una aventura empresarial específica que de una estrategia país. Con el TLC hubo una estrategia país, pero después el empresariado ha tenido que ver por sí solo de qué forma extiende sus mercados, me parece que el TTP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) puede ser un buen modo de hacerlo. También creo que deberíamos tener acuerdos más importantes con China.

Y hacia adentro, ¿cómo ve la situación?

Tenemos un desafío muy grande: necesitamos fortalecer nuestras instituciones. Karl Popper decía que “las democracias no son soberanías populares, sino instituciones equipadas para defendernos de las dictaduras”. Y coincido totalmente. Vemos en Estados Unidos una preocupante polarización social, un presidente que va de escándalo en escándalo, pero también que todo pasa y no pasa nada al mismo tiempo: pese a todo, el país sigue, la economía sigue, por la fortaleza de sus instituciones.

¿Algo así nos hace falta?

Definitivamente. En México más que instituciones, más que leyes hay personas. Ahora mismo vemos a López Obrador convertido en una institución. No está mal que un candidato tenga una imagen poderosa, pero para un país es importante que las instituciones sean más fuertes que cualquier gobernante, que cualquier candidato. De ese modo no importaría, en términos de funcionamiento, si un candidato u otro llega a la Presidencia, a una gubernatura, al Congreso, porque las instituciones les darían un marco de referencia, los acotarían para que, si no resultan lo que se espera de ellos provoquen el menor daño posible.

Lo vemos con el INE y el Trife…

Así es, estamos viendo la necesidad de que estas dos instituciones tengan legitimidad, sobre todo frente a la perspectiva —no sé si en ésta o en otras— de unas elecciones cerradas, porque una votación así se define con base en la legitimidad del árbitro. Un INE, un Trife fuertes darán certeza a la elección, por muy disputada que pueda ser. Probablemente recuerdes que cuando gana, Vicente Fox recibe el primer espaldarazo del presidente Ernesto Zedillo, quien sale en cadena nacional a felicitar al presidente electo, con lo que bloquea cualquier iniciativa de su partido a desconocer el resultado. Eran tiempos en que el órgano electoral no era fuerte y necesitaba el apoyo, en este caso, de un presidente. Luego ese mismo IFE comenzó a hacerse más sólido bajo la dirección de José Woldenberg y cuando llegaron las elecciones de 2006 era una institución capaz de respaldar un resultado de 0.6% de diferencia (entre Felipe Calderón y López Obrador). Hoy, cuando pensamos en nuestros órganos electorales, vemos que necesitamos fortalecerlos. Hoy, cuando pensamos en la Presidencia de la República, en organismos que se desprenden del Poder Ejecutivo, del Poder Legislativo, nos damos cuenta de que tenemos que fortalecerlos. Creo que ese es uno de los grandes temas pendientes.

¿Dónde ve el mayor riesgo en esta elección?

Hay dos muy grandes. El primero, como comentamos, es que las instituciones no sean lo suficientemente fuertes para encuadrar las acciones de los nuevos gobernantes. El otro es que sigamos en esa inercia de la que este país necesita salir. Un México que crece al 2% anual desde hace décadas es un país que está quedando sumido en el atraso. Cuando vemos a China, India, Vietnam, Indonesia crecer al 7%, 8%, 13% y desarrollar cada vez más clase media, tenemos que admitir que han hecho algo en los últimos 30 años que no hemos podido hacer nosotros. Y lo que va a pasar en los siguientes 10 años es que esos países se coronarán en cierto nivel económico y si México no despierta de su letargo se alejará más y más del desarrollo. Ese es un gran reto: hacer que México despierte. Esto no significa que no valoremos lo conseguido hasta ahora, este despertar no implica sacrificar la estabilidad macroeconómica, que no se trata de una variable de poca monta, es muy importante, pero no es suficiente. México necesita empezar a crecer al 5%, al 6%.

¿Cómo ha visto en ese sentido las propuestas de los candidatos a la Presidencia?

¿Cuáles? Hasta el momento, precisamente propuestas son las que hacen falta en estas campañas vacías. Y no creo que sea una opinión exclusivamente mía, es una impresión generalizada. Es importante que analicemos la ideología y preparación de cada candidato, porque se están enfocando en planteamientos de fácil comprensión y que generan empatía, no necesariamente en las que pueden cambiar un país. Hasta ahora las pocas propuestas que les conocemos son de temas polémicos, pero que no tienen un impacto trascendental, simplemente buscan generar ruido, porque el aspirante lo que necesita es que la gente sepa de él, que esté pendiente de lo que dice, aunque no sea necesariamente una buena propuesta. Es indispensable entonces profundizar en el conocimiento del candidato: ¿cuál es su experiencia?, ¿qué ha hecho?, por ejemplo López Obrador ¿qué hizo en Ciudad de México?, ¿qué podemos esperar con base en lo que sabemos de él? ¿Qué pasa con Meade?, ¿qué hizo cuando fue secretario, hacia dónde llevó al país, cuáles fueron sus contribuciones, cuál es su formación? Con Anaya lo mismo: ¿cuál es su ideología?, ¿a qué tipo de economía tiende?, ¿qué modelo de relación gobierno-empresarios defiende? Esos son los análisis que nos pueden mostrar el camino por el que nos quieren llevar.

Ha sido un proceso electoral casi casi irrelevante… ¿no le parece?

Creo que se acentuará un poco la agresividad en las campañas en los próximos días, siempre sucede así. A partir del primer debate veremos cambiar muchas cosas. Yo creo que más que el debate es importante, tiene más impacto el posdebate, el análisis, las repercusiones, lo que queda en la semana siguiente del encuentro. Me parece que sí veremos mayor agresividad en el futuro. Esta relativa tranquilidad como que se ha debido a que todavía están en los rounds de tanteo y nos están dejando lo mejor para lo que viene.

¿Cómo se imagina México el 2 de julio?

Depende de quién gane. Hay dos candidatos que darán certidumbre, tranquilidad: si ganan Meade o Anaya, el 2 de julio el país amanecerá con pocas dudas, la gente sabrá que la economía mantendrá el rumbo, aunque con la esperanza de que por fin llegue el despertar de México. Veo en ambos casos un país con poca incertidumbre y un dólar sin presiones. Si gana López Obrador, los mexicanos estaríamos esperando su primer mensaje —algo parecido a cuando ganó Trump—, para saber si mantiene en pie sus polémicos planteamientos o se ve más moderado. Entraríamos en un largo período de incertidumbre en el que cualquier declaración podría provocar dudas en los capitales y que se prolongaría hasta después de la toma de protesta: ¿Cómo será la interacción con el Congreso, con la milicia, con el empresariado? Estamos ante dos escenarios muy distintos.

¿Se vale la esperanza?

¡Claro! Y se vale con los tres. Me parece que al final el sector empresarial tendrá un papel importante. Si participa en forma unida, si hay cohesión en sus filas, puede resultar un importante contrapeso del poder del gobierno y también un aliado para sacar adelante al país. Y esto sería muy positivo para México, independientemente de qué candidato quede. Si gana Meade, el empresariado verá como un gran reto que no haya continuidad sin cambio, o sea, continuidad en lo bueno y cambio en lo malo. Lo mismo con Anaya y si gana López Obrador, con mayor razón. En conclusión, creo que se vale la esperanza con los tres. El futuro dependerá de la fortaleza de las instituciones y de la participación de la sociedad.

 

Las democracias no sonsoberanías populares,sino institucionesequipadas para defendernos de las dictaduras

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