“La Guayabita” es sitio de reunión de los vecinos
En 1906 abrió sus puertas “La Guayabita”, tienda de abarrotes cuyos actuales propietarios la mantienen.
Si bien ya no tienen muchos productos, por lo que se observa en sus estanterías casi vacías, el lugar es un ícono de La Ermita y punto de reunión vecinal.
Su propietario, Ernesto Barrera Arjona, tiene muchas anécdotas para contar y ofrecer a quien lo visita.
El añejo negocio está en la calle 66 entre 73 y 75, y a sus 112 años de existencia llama la atención por sus antiguos anaqueles y por su singular nombre, tomado de una mata de guayaba que en tiempos de su fundación daba cobijo, sombra y fresco a quienes esperaban el transporte por esos rumbos o sólo se tomaban un descanso para continuar su andar.
Los inicios
En sus inicios la tienda fue también panadería y perteneció a un español de nombre Diego Domínguez, funcionaba enfrente de donde hoy se encuentra y la familia propietaria actual la adquirió a finales de los años 20.
Tiempo después la trasladó al predio que era su vivienda, para luego quedar en uno aledaño que adquirió y donde aún permanece.
A la mente de don Ernesto acuden presurosos los recuerdos, uno de ellos son las fiestas que se hacían en el rumbo con carruseles, bailes a los que acudían mucha gente de todos los rumbos de la ciudad y aquellas plazuelas que se utilizaban para jugar pelota y elevar papagayos “porque era un terreno sin cables, no había no corriente”.
“Estoy hablando de 70 años para atrás”, precisa con una sonrisa. Recuerda igual que mucho tiempo la iglesia de La Ermita estuvo clausurada y nada más servía para que pasaran los muertos rumbo al cementerio.
“Ahí hacían parada, pero ya cuando se reconstruyó se prohibió eso, y ya a ningún muerto más se le detuvo”, comenta sonriendo.
Recuerda también que cerca de su negocio se ubicaba “El Harem”. “Era una casa vecindad que comenzaba aquí a la vueltecita y terminaba en la esquina, en ese tiempo no había moteles en Mérida y ahí se metían con las mujeres, era de un tío abuelo mío, don Manuel Arjona, y él lo llamó El Harem”, dijo.Ahí dijo, se hizo un tanque, no les llamaban piscinas antes, y se puso una veleta para llenarlo, pero cuando cambió de dueño tiraron todo eso para hacer viviendas, luego ya fue vecindad y vivieron como 25 familias.— Luis Iván Alpuche Escalante
