“Frío y calculador”
Frío y calculador. Con esas dos palabras describen las crónicas de hace una década la personalidad de José Enrique Medina Arjona; considerado uno de los seis multihomicidas más conocidos en la historia criminal de Yucatán.
A pesar de que no superaba el 1.65 de estatura y los 60 kilogramos, “La Verónica”, según los agentes judiciales que lo interrogaron hace 18 años cuando fue detenido, intimidaba con su mirada burlona y sus comentarios cargados de ironía.
El también conocido como “El Caníbal de la Lázaro Cárdenas”, después de que mató con saña a dos hombres, los cocinó y luego arrojó sus restos en un sumidero de una propiedad en esa colonia meridana, ejecutó a sus víctimas —en la primera década del año 2000— y guardó algunos de sus órganos, al parecer con la intención de comérselos posteriormente.
Ese actuar lo asemeja al de Juan Carlos, el asesino serial de Ecatepec, Estado de México. Hace unos días fue vinculado a proceso. Pero curiosamente no por feminicidio, por la acusación de quitarle la vida a una veintena de mujeres, sino por violación a las leyes de inhumación.
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Asesino serial
Medina Arjona es uno de los seis homicidas seriales que registran las efemérides delincuenciales. Él todavía permanece en uno de los calabozos del Centro de Reinserción Social (Cereso) de Mérida cumpliendo su castigo.
El otro, del que ya abundamos anteriormente, es Alfredo Aguilar Cano, alias “El Bunga”, quien dio muerte a cinco personas según las autoridades policíacas. Cumple una condena de 24 años de cárcel por el crimen del modisto cubano Rigoberto Chaviano León, en 1996. También se le achacan las muertes de Jorge Carlos Pizarro Barrera, en 1993; Hernán May Magaña, 1995, y Nicolás Manuel Hoil Canto y Arcadio Francisco Balam Noh, ambos cometidos en 1997.
“El Chalequero”
Sin embargo, ni el “El monstruo de Ecatepec” ni “El Bunga” se equiparan, por el número de víctimas que ejecutaron, al catalogado como el primer asesino serial del que se tiene registro en México: Francisco Guerrero Pérez, alias “El Chalequero”, detenido en 1888, a finales del siglo XIX.
De acuerdo con varias fuentes hemerográficas de ese período, aunque Guerrero fue acusado de matar a más de 20 sexoservidoras de 1880 a 1888 en Ciudad de México, habría ultimado a muchas más, incluso al menos una más después de que por una equivocación jurídica fue absuelto.
“El Chalequero” se distinguía, según narraciones periodísticas, por su forma de vestir como catrín: pantalones de casimir ajustados, camisa blanca, una faja de colores en la que ocultaba el cuchillo con el que asesinaba a algunas de sus víctimas, sombrero negro, zapatos recién lustrados y un elegante chaleco. Aunque también asesinó a algunas de las mujeres estrangulándolas.
Como patrón de conducta, Guerrero se deshacía de los cuerpos de sus víctimas arrojándolos al río Consulado de la capital del país.
Condena
Después de ser capturado, el primer asesino serial mexicano fue condenado a la pena de muerte, pero el presidente Porfirio Díaz revocó la sentencia y se le sentenció a 20 años de prisión.
Seis años después, en 1904 fue indultado por error. Pero regresó a prisión en 1908, después de que violó y degolló a una anciana.
Hay dos versiones acerca de cómo acabó Francisco Guerrero. Una que murió encarcelado en 1910, al comienzo de la lucha por la Revolución nacional. Y otra que fue en un hospital, a los 70 años de edad.
Caníbal yucateco
Los hechos del que acusan a “La Verónica”, conocido en el rumbo donde vivía por ser un travestido, recibió en 2008 la sentencia máxima, 40 años, por uno de los dos crímenes que le endosaron, que por la forma sádica, sanguinaria con la que actuó desconcertó, causó estupor y asombro a sus vecinos y a la sociedad meridana y yucateca de la época.
José Enrique, contador privado de profesión, tenía 36 años cuando fue detenido en 2007. Era acusado del asesinato de José Guadalupe Cen Góngora; pero se integró otro expediente por ultimar a José Francisco Zapata Turriza, un año antes.
Según las indagaciones policíacas, el cuerpo de Zapata Turriza no lo mutiló como a Cen Góngora, ya que los huesos que se hallaron estaban completos.
Modus operandi
El modus operandi del también apodado “El Caníbal de la Lázaro Cárdenas” consistía en atraer a sus víctimas en salas de bailes donde a cambio de cierta cantidad de dinero les ofrecía sostener relaciones sexuales. Después los conducía a su casa, en la calle 25B entre 10 y 12 en la colonia Lázaro Cárdenas, donde las drogaba con somníferos y luego los mataba y seccionaba sus cuerpos en partes.
Algunos órganos los conservaba en un refrigerador y las otras partes las desechaba arrojándolas a un sumidero en el patio del predio que habitaba.
Estrategia fallida
Después de una investigación judicial, Medina Arjona fue detenido en 2007. Pese a confesar los dos crímenes, intentó, sin éxito, argumentar desequilibrio mental por los crímenes que perpetró, y de los que hasta ahora no reveló el móvil.
Especialistas y criminólogos opinan que la principal motivación de un multihomicida es la satisfacción psicológica que le proporciona el acto de matar.
Durante el proceso judicial, en mayo de 2007, “La Verónica” advirtió a la policía que se haría “al loco” para ser enviado a un hospital psiquiátrico y de esa manera evitar la condena.
Esa actitud la puso en práctica durante la declaración preparatoria que rindió en el Juzgado 4o. de Defensa Social donde se llevó al cabo su caso. Tratando de sacar provecho de un dictamen de la entonces Procuraduría General del Estado que reveló que el presunto homicida está “enfermo de la mente” y es proclive al homicidio.
“¿De qué te ríes? Mejor haz tu trabajo”, dijo en una parte de la diligencia el acusado cuando una joven ajena al proceso sonrió por otra circunstancia. También con la mirada, de acuerdo con los archivos de Diario de Yucatán, Medina Arjona miraba retadoramente a los reporteros de la fuente policíaca que seguían el proceso, aunque al principio se cubría el rostro tratando de evitar que le tomaran fotografías.
Su verdadera personalidad afloró cuando se plantó frente a la juez Leticia Cobá Magaña. Ante la sorpresa de todos, a pesar de que durante varias semanas negó el crimen de Cen Góngora, dijo con firmeza: “Sí, sí lo hice, porque pensé que me iba a matar si lo dejaba vivo”.
Al fallar su táctica y con las evidencias que los agentes investigadores reunieron durante todo el proceso judicial, José Enrique Medina Arjona fue sentenciado a 40 años de prisión por el asesinato de Cen Góngora.
Condena
Se le impuso la pena máxima en la entidad. El juzgador que emitió el veredicto tomó en cuenta la saña con que cometió el asesinato. Además de lo que hizo después con los órganos del asesinado.
De cumplir el total del dictamen judicial, Medina Arjona saldría del Cereso en 2048. Para entonces tendría 76 años de edad.— Carlos Fernando Cámara Gutiérrez
