MÉRIDA.- El silencio en el lugar es apenas roto por el sonido de los pocos automotores y motocicletas que ingresan al lugar y la reiterativa publicidad de un moto carro que insiste en ofrecer pozole con coco para refrescarse.
La soledad es el sello del Cementerio General a unos días de la celebración de Fieles Difuntos y el Hanal Pixán, pocos visitantes pese a ser sábado. Aceras vacías, tumbas y mausoleos sin nadie que las limpie, mucho menos pintando o arreglándolas. Es el regreso del Día de Muertos dentro de una relativa normalidad en el campo santo, luego de dos años de pandemia de covid que generó una diversidad de medidas de seguridad y sana distancia que ahuyentó a loso vivos del lugar donde reposan sus muertos.
No hay agua en el Cementerio General, al parecer la bomba que sube el vital líquido del pozo al principal tanque elevado del lugar, tiene un desperfecto y no se ha atendido; mientras tanto la gente saca el agua a la antigua: con una cubeta y una cuerda directamente del pozo principal del lugar.
Mausoleso de diferentes estilos
Mausoleos de estilos romano, oriental, ecléctico, neomaya, barroco, gótico y hasta art decó, sorbe salen de entre numerosas tumbas, osarios y nichos, cada una historia que contar sin palabras pronunciar, identidades que por su lejanía escapan a la memoria del colectivo popular. Enigmas, misterios, tradición, mitos y leyendas convergen en torno al cementerio.
El tiempo y el abandono no han perdonado al lugar, el grado de deterioro de las estructuras más bellas y sobresalientes, hoy no es otra cosa que una lacerante realidad: la ruina del glorioso pasado marcado por la bonanza y un abolengo que mantener aun ante la muerte.
Construcción del Cementerio General
Un tal Felipe Trejo, teniente como única seña adicional, estrenó con su muerte el 6 de noviembre de 1821, hace poco más de 200 años, el Cementerio General de Mérida, el primero en ser concebido para dar servicio a toda la ciudad y que tres días antes monseñor Pedro Agustín Estévez y Ugarte, XXII obispo de Yucatán, había inaugurado.
El camposanto fue construido a mediados de ese mismo año –unos meses antes de la consumación de la Independencia de México- fuera de los límites de la ciudad, en cumplimiento de un decreto que por razones sanitarias prohibía efectuar enterramientos dentro de las poblaciones.
El trazado de los terrenos de la hacienda ganadera de San Antonio X-Coholté fue obra de Santiago Servián, tal vez el primer arquitecto que hubo en la Península, quien adecuó además la casa principal y la capilla y construyó una calzada para comunicar el camposanto con el Camino Real a San Francisco de Campeche (hoy calle 66).
La necrópolis tiene diversas peculiaridades, no solamente su antigüedad. Acoge en sus más de 25,000 sepulcros a yucatecos de todos los sectores sociales -artistas, empresarios, educadores, gobernantes, sacerdotes, obreros, inmigrantes- y ofrece una mirada fascinante sobre una parte trascendental de la historia, las convenciones sociales y las creencias religiosas de los yucatecos.
Destaca además por su riqueza arquitectónica: en los siglos XIX y XX las familias más adineradas de la ciudad se esmeraron en construir mausoleos imponentes en estilos y materiales diversos para el descanso eterno de seres queridos y perpetuar su memoria, lo que ha convertido al sitio en un museo al aire libre, un lugar que invita no sólo al recogimiento, sino también al paseo y el disfrute artístico.
Frias e inertes piedras convertidas en lapidas, se revisten de epitafios que nos hablan de alquien que nació y murió, vidas longevas o efímeras, último tributo de quienes en vida les amaron gritan en su perpetuo silencio que alguien cumplió su pasajero peregrinar por este mundo.
Lamentablemente, el Cementerio General de Mérida se está muriendo, décadas de abandono han convertido esta invaluable joya del acervo cultural e histórico de Mérida en un lugar marchito, sin esperanza.
La hierba y las raíces han conquistado tumbas y derruido muros. El desprendimiento de algunas partes ha dejado cicatrices en espléndidos monumentos que pese a las mutilaciones conservan su belleza. El vandalismo y los robos de piezas arquitectónicas, figuras de fino mármoles o letras de metal, también han contribuido a la perdida de este espacio, su significado y relevancia.
Cruces enmohecidas, ángeles caídos, vidrios rotos, lápidas fracturadas, vacías o profanadas, yacen por doquier entre la maleza que lo domina todo en este sitio que a duras penas ha sobrevivido durante los últimos años.







