Imagen de la melcocha, un dulce típico elaborado a base de miel y huevo. A la izquierda, Manuel Cipriano Pat Flores, vecino de Yobaín, lleva 44 años elaborando y vendiendo el dulce
Imagen de la melcocha, un dulce típico elaborado a base de miel y huevo. A la izquierda, Manuel Cipriano Pat Flores, vecino de Yobaín, lleva 44 años elaborando y vendiendo el dulce
  • Imagen de la melcocha, un dulce típico elaborado a base de miel y huevo. A la izquierda, Manuel Cipriano Pat Flores, vecino de Yobaín, lleva 44 años elaborando y vendiendo el dulce
  • GNLOC Manuel Cipriano Pat Flores, melcochero tradicional de Yobaín 1(DDÍA)

La melcocha es un dulce tradicional elaborado a base de miel y huevo, cuya preparación se realiza a altas temperaturas en calderos de metal.

Al grito de ¡Melcocha!, ¡Melcocha!, Manuel Cipriano Pat Flores recorre en su bicicleta las calles de su natal Yobaín, y los municipios de Sinanché, Dzidzantún, Cansahcab y Chabihau, ofreciendo el tradicional dulce elaborado a base de miel de abeja y huevos.

Y es que don Manuel ya es parte de la tradición de estos municipios, donde por más de 44 años ha ofrecido el dulce que él elabora.

El melcochero contó que este oficio es una tradición familiar, ya que él aprendió de sus abuelos, Asunción Pat y Ana María Caamal,

“Ellos me enseñaron, y cuando les pregunté quién les enseñó, me dijeron que sus abuelos. Entonces esto es de familia”, comentó.

Melcocha, dulce tradicional en Yucatán

La realización de la melcocha no es tarea fácil, es por ello que quedan muy pocas personas que se dediquen a prepararlo y venderlo.

“Es muy delicado de preparar, por el huevo. De hecho yo tengo hecho mi cocina lejos de la casa, porque si estoy haciendo el dulce y llega una persona extraña, una Síis k’ab (manos frías), se echa a perder la melcocha. Es que estás personas echan a perder hasta el pib”.

La preparación también debe realizarse en caldero de hierro colado.

“No se puede en otro traste. Como el caldero es redondo, no se pega el dulce en ningún lado, por eso tiene que ser en caldero”, especificó.

“Mi caldero tiene como 20 años. Antes lo hacía en los que dejaron mis abuelos, pero se rompieron cuando pegó el huracán ‘Isidoro’, porque se derrumbó la cocina y se quebraron”, recordó.

Si la preparación no se realiza en un lugar tranquilo y en caldero de hierro, se corre el riesgo de arruinar el dulce, y con ello todo un día de trabajo.

“Comienzo a las 5 de la mañana, a las 12 almuerzo, descanso un rato, luego corto la melcocha y a las 6 de la tarde salgo a venderlo. Es trabajo de todo el día”, indicó. “Lleva mucho tiempo. Desde que enciendo la candela y hasta que lo termino me lleva como 6 horas, solo para terminar de preparar el dulce, luego tengo que cortarlo y salir a venderlo”.

Una vez empaquetado el dulce en papel, don Manuel llena una olla con aproximadamente 70 porciones, las cuales vende en 10 pesos, y en su bicicleta pedalea a alguno de los pueblos vecinos; Sinanché, Dzidzantún, Cansahcab o Chabihau, donde la gente ya conoce su peculiar grito de ¡Melcocha!

“Lo vendo todo, la gente ya me conoce. Además no tengo competencia, en estos rumbos nadie más prepara la melcocha, como es muy delicado”, señaló. “Para estás épocas de finados la gente me encarga mucho para sus altares”.

Tradición y sustento familiar

Actualmente, Manuel intercala su oficio de dulcero con los de albañil y pescador, pero hubo una época en la que solo se dedicaba a elaborar y vender melcocha.

“No tengo día fijo para vender, depende, por ejemplo ahora que está malo el tiempo no puedo ir a pescar, por eso hago el dulce”, comentó. “Cuando no tengo otro trabajo, lo hago. En cambio antes, solo me dedicaba a vender dulce, y con eso le di estudio a mis tres hijos; Lourdes del Rocío, Héctor Manuel y Ana María. Los saqué adelante con pura melcocha”.

El señor Manuel lamenta que este oficio poco a poco se va perdiendo. Actualmente dos de sus 10 nietos ya aprendieron el oficio.

“Es una tradición que se está perdiendo, por ejemplo mis nietos lo saben hacer, pero como están estudiando no creo que lo hagan para vivir de ello. Entonces el día que me muera, ya nadie lo hará para vender. Mis nietos lo harán solo para que me recuerden y para que coman”.—Rosa Aracely Quiñones Sánchez

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