La medicina tradicional maya no es una exhibición de plantas en un estante ni un curioso capítulo antropológico, es una práctica viva que ha sostenido la salud de comunidades enteras y que hoy se expresa con palabra propia, y retoma su lugar en el discurso público y en los sistemas de atención.
Lo anterior fue la propuesta que sostuvo la tercera edición de la Feria de Medicina Tradicional Maya “Raíces de Sanación — U moots’ob toj óolalil, maya ts’aak”, que se realizó en la Universidad de Oriente en Valladolid.
Se trató de un encuentro para cuidar y documentar saberes y dar voz a quienes han sido históricamente responsables del cuidado colectivo: h’men, parteras y herbolarios.
La feria, enmarcada en el Día Internacional de la Medicina Tradicional, reunió a custodios del conocimiento, estudiantes, investigadores y autoridades gubernamentales con la intención de construir puentes.
No se trató de sustituir prácticas ni de imponer recetas académicas; la consigna fue otra, escuchar para entender qué puede aportar cada saber y cómo integrarlo sin despojarlo de su sentido comunitario.
En palabras de quienes participaron en la organización, la idea es documentar, preservar y, cuando sea pertinente, validar mediante protocolos científicos las prácticas que han mostrado eficacia empírica durante generaciones.
Los testimonios en la feria hablaron con la elocuencia de la experiencia.
Lizzie María Peniche Monforte narró cómo la herbolaria y las formas de curar le llegaron desde la casa.
“Lo aprendí de mi abuelo materno. Desde muy niña iba junto a él; curaba animalitos y personas con pura hierba y plantita. Hacía macerados en aceites, en alcohol… y también pomadas con sebo y manteca”.
Lizzie describió los ritmos largos del saber tradicional —macerados de varias semanas, tiempos precisos para cada preparación— y una práctica que combina la terapia con el sobado, la lectura del cuerpo y la atención.
“Lo preventivo es mejor que lo curativo”, dijo, y recordó que toma su diente de león periódicamente “para depurar el hígado” porque la práctica milenaria ofrece herramientas de mantenimiento y de sanación.
No menos reveladora fue la intervención de Zully Patrón, quien además abre las puertas de su Jardín Botánico de Plantas Medicinales —con más de 350 variedades— para la enseñanza.
“Tenemos una farmacia viviente que hay que aprovechar”, dijo.
Su taller y su jardín funcionan como aulas abiertas: ahí llegan estudiantes, profesores de facultades como la de química y visitantes extranjeros, porque la transmisión del saber se vuelve, también, una tarea colectiva y formativa.
Zully subrayó la voluntad de compartir: “Yo doy esa enseñanza completamente gratis; esa es nuestra función, compartirlo”.
El entorno académico y las políticas públicas estuvieron presentes de manera articulada. La feria contó con la participación de dependencias e instituciones preocupadas por promover la colaboración entre saberes tradicionales y ciencia moderna, con objetivos que van desde la recolección y documentación de conocimientos hasta la capacitación de practicantes y la articulación de servicios integrales de salud en zonas rurales.
Ese respaldo institucional —integrado por instancias estatales, centros de investigación y redes de mujeres indígenas— busca además inscribir esta labor en agendas más amplias de preservación cultural y desarrollo científico, sin que la modernización signifique la pérdida de la raíz.
La programación fue diversa, hubo simposios, charlas, “Diálogos con el j’meen”, una obra de teatro impulsada por centros de investigación regionales, presentaciones de jarana por la comunidad universitaria, un corredor gastronómico con alimentos funcionales y espacios dedicados a parteras y sobadores. En la inauguración, un ritual de permiso y explicación de cosmovisión encabezado por Federico Chan Tuz recordó que estos saberes llevan consigo protocolos y significados —no son mercancía ni espectáculo— y que su manejo exige respeto y entendimiento de su dimensión simbólica.
Como parte de las actividades académicas se llevó al cabo el concurso de carteles y ensayos enfocados en las diferentes vertientes de la medicina tradicional local. En esta edición, el primer lugar en la categoría de cartel fue otorgado a “Conocimiento tradicional de las plantas en Molas”, mientras que el ensayo ganador llevó por título “Estudios de la actividad antimicrobiana”. Ambos trabajos fueron reconocidos por su valioso aporte a la documentación y divulgación de los saberes ancestrales, recibiendo reconocimientos y estímulos económicos por contribuir a la integración del conocimiento tradicional con la investigación científica contemporánea
Las voces de quienes practican la medicina tradicional pusieron también el acento en la complementariedad posible con la medicina alopática. El maestro de lengua maya y médico tradicional Pedro Pablo Chuc Pech planteó una distinción que no busca la confrontación: “La alopatía da tratamiento; la medicina tradicional da sanación”.
Con ello marcó una diferencia de enfoques —principio activo versus equilibrio integral— y recordó que gran parte de la farmacología moderna proviene del mundo natural; lo que la feria propone es, justamente, que ese saber ancestral sea estudiado sin desnaturalizarlo y con la prudencia que exige cualquier aproximación científica seria.
Si el evento ofreció algo más que sensibilidad y ceremonialidad fue un horizonte práctico: programas de capacitación para practicantes y profesionales de la salud, protocolos de investigación que respeten la cosmovisión, y la creación de redes que permitan el acceso a cuidados integrados en comunidades rurales.
La preservación del conocimiento, sostuvieron participantes y organizadores, no es nostalgia; es una apuesta por la resiliencia y por dotar a las comunidades de herramientas que históricamente han demostrado eficacia.
La tercera edición de Raíces de Sanación dejó, en suma, una lección sencilla y urgente: la ciencia gana cuando se acerca a la memoria con humildad; la tradición gana cuando acepta ser examinada por la investigación rigurosa que respeta sus tiempos y su cosmovisión. En medio, la comunidad recupera herramientas de cuidado colectivo que no deberían perderse por descuido ni por desdén. Aprender a mirar ese jardín de sabiduría —y a escucharlo— es, quizás, una de las maneras más sanas de construir políticas de salud con raíces profundas.



