Las prendas de ropa son un artículo esencial en el día a día. Aunque la mayoría se adquieren hoy en tiendas especializadas, departamentales o por internet, hace algunas décadas lo común era acudir con un profesional de la aguja. El sastre creaba piezas únicas, perfectamente adaptadas al cuerpo de cada cliente.

Este panorama ha cambiado drásticamente. El oficio de la sastrería es cada vez más difícil de encontrar; quienes aún lo ejercen se dedican, en su mayoría, a las reparaciones y los ajustes. Casi nadie confecciona ya desde cero, en parte por la falta de demanda, pero también por la baja remuneración de un trabajo tan detallado que requiere días de esfuerzo.

A esto se suma la competencia desleal de la industria de la moda rápida.

Los consumidores comparan el precio de una ropa hecha a la medida con el de una prenda de tienda departamental, elaborada en masa y con materiales de bajo costo que abaratan su precio en el mercado.

Oficio en resistencia

Uno de los pocos sastres que aún resisten en el corazón de Mérida es Santos Abundio Batún Cantún. El veterano artesano atiende en su propio taller, “Sastrería y Creaciones Yordán”, ubicado en la calle 58 entre 47 y 49 del Centro, cerca del parque de Santa Ana y a la vuelta del “remate” del Paseo de Montejo.

Don Santos acumula 58 años de experiencia entre telas e hilos. Su historia con el oficio comenzó de manera fortuita tras una juventud de decisiones firmes.

“A los trece años me escapé de mi casa en Umán porque mi papá quería que fuera campesino y yo no quería, me fui a Isla Mujeres a trabajar. Llegué sin dinero y sin un lugar donde dormir, pero bendito sea Dios que entré en un restaurante a pedir empleo”, cuenta.

“No sabía hacer nada, pero fui directo y pregunté si era muy difícil barrer, trapear o ayudar a los meseros mientras aprendía”, dice.

“Me dieron el trabajo por comida y techo”.

Tras un año de ganarse la confianza patronal, solicitó unos días libres para volver a Mérida, donde ya residían sus padres, con motivo del Carnaval.

Durante esos días de asueto, un vecino le encargó llevar unas prendas a la Sastrería Arceo. Fue ahí donde recibió una invitación para incorporarse al taller, oportunidad que marcó su inicio en el oficio; en apenas cuatro meses ya dominaba la confección.

Con la seguridad de su nuevo talento, buscó mejores ingresos: “Empecé en los almacenes El Zócalo, una tienda emblemática frente a la Plaza Grande. Trabajé con ellos diez años, hasta que decidí independizarme en la calle 53”.

“Le avisé por teléfono a cada uno de mis clientes y muchos me siguieron. Ahora con el internet es más fácil, me encuentran hasta en Google Maps”, relata sonriente el señor, reconociendo que la tecnología también juega a su favor.

Tecnología y tradición

A pesar de no rehuir a la modernidad, don Santos prefiere la fidelidad de sus herramientas clásicas: “Mis máquinas tienen más de 20 años y no fallan. Incluso a una de ellas yo mismo le hice reparaciones y trabaja perfectamente. Me ayudan a optimizar el tiempo; confeccionar un pantalón me lleva de dos a tres horas”.

“Me traen la tela, corto, armo y plancho. Son tres procesos desde cero. Yo no uso moldes industriales como los que hacen uniformes; tomo las medidas del cliente y con base en eso diseño”, explica Batún Cantún.

Sin embargo, detalla que el precio varía según la complejidad de la prenda. La hechura de un pantalón oscila entre los 300 y 350 pesos, pero como la tela corre por cuenta del cliente, muchos terminan por preferir las opciones industriales.

El sastre recuerda con nostalgia las épocas de bonanza, cuando era habitual que una sola persona le encargara tres o cuatro pantalones o camisas de un solo golpe:

“Antes nos iba muy bien, no existían los centros comerciales. Ahora ya casi no hay trabajo. Cuando tenía 25 años llegué a vender telas y a tener a mi cargo a seis personas que confeccionaban cinco prendas diarias cada una. Hoy la ropa china nos está perjudicando; aunque los pantalones no duran porque el material es corriente, la gente los compra y deja de mandar a hacer su ropa. El oficio se está perdiendo”.

Aunque conserva una clientela fiel, el declive de la actividad es innegable en comparación con sus años dorados.

Don Santos recuerda con orgullo a quienes pasaron por su taller: “Antaño mucha gente mandaba a hacer su ropa. Hoy mis clientes son personas de hace treinta o cuarenta años, o bien sus hijos y nietos. Tuve el privilegio de vestir a figuras muy conocidas en Yucatán, como a don José González Beytia, Trino Molina, Rolando Zapata y Víctor Correa Rachó”.

Alquileres por las nubes

La situación económica golpea con especial dureza a quienes intentan mantener un local en el primer cuadro de la ciudad, donde las rentas se incrementan año con año.

“Ya casi no quedan sastres en el Centro, en los pueblos son muy pocos y se dedican únicamente a los uniformes escolares. Es un trabajo mal pagado para el esfuerzo que requiere. En el centro ya no hay talleres, no por falta de ganas, sino por el costo prohibitivo de los alquileres”.

A pesar de las adversidades y del paso del tiempo, la pasión de don Santos Batún por su trabajo permanece intacta, encontrando en su máquina de coser un motivo diario para continuar activo.

“La sastrería es hermosa. A mí me encanta mi trabajo, de verdad. Por eso abro desde las diez de la mañana hasta las siete de la noche y hago de todo: ajustes de largo, entalles de cintura, compostura de vestidos, faldas y lo que me traigan.

“Un amigo me pregunta a veces si no estoy fastidiado de lo mismo, y le digo que no, porque esto me gusta y lo necesito para vivir”, concluye con orgullo el artesano, cuyo destino se unió al de la aguja hace más de medio siglo.— Pablo César May Pech

nde las rentas se incrementan año tras año.

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