Estatua de Agustín de Iturbide

Injusto trato a la consumación de la Independencia

El trato de la historia oficial mexicana ha sido deliberadamente injusto con la hazaña de la consumación de la Independencia y es una lástima, una vergüenza que, por lo que parece, no haya interés por celebrar como se debe el Bicentenario del nacimiento de México como país libre y soberano y homenajear a quienes lo hicieron posible.

“En nuestro país la historia ha sido siempre un acto de propaganda política y no el producto de un análisis metódico y desapasionado de los hechos”, lamenta el licenciado Víctor Arjona Barbosa, quien se suma a quienes opinan que así como el gobierno de Felipe Calderón festejó a bombo y platillo el Bicentenario del inicio de la Independencia en 2010, las nuevas autoridades deberían comenzar a organizar —todavía estamos a tiempo, dice— los actos conmemorativos de los 200 años de la fecha que cronistas calificaron del “día más feliz de nuestra historia”.

“Es insólito que el día en que nuestro país logró la victoria de su emancipación del dominio español, el día en que nacimos como nación soberana, el día en el que los sueños de libertad se hicieron realidad, no se destaque en el calendario cívico. No hay desfiles, no hay celebraciones ni discursos… apenas, tal vez, alguna mención en la sección de efemérides de los periódicos y en la radio”, dice.

Mitología mexicana

En México nos especializamos en crear mitos, continúa el profesor universitario. “Uno de los más grandes es el festejo del Grito, a las 11 de la noche del 15 de septiembre… ¿qué celebramos? A esa hora Hidalgo estaba en casa del delegado virreinal jugando cartas. No es sino a las dos de la madrugada del día 16 que Ignacio Pérez, enviado de Da. Josefa Ortiz, le avisó que la conspiración había sido descubierta, por lo que decidió llamar a las armas esa misma mañana”.

Otra gran construcción es la figura legendaria de Hidalgo como un anciano frágil, sabio y bondadoso. Era en realidad un hombre robusto, de 55 años, cuando dio inicio a la guerra por la Independencia.

Se ha minimizado también que bajo su dirección las tropas insurgentes cometieron toda clase de tropelías. “Hidalgo toleró de sus turbas el saqueo, la rapiña y el asesinato, lo que provocó desprestigio al movimiento”.

Se sabe además que la obstinación del cura y los desmanes de sus tropas le provocaron desacuerdos con algunos de los principales jefes insurgentes y que mientras se autoproclamaba “Alteza Serenísima” en Guadalajara, le negaba ayuda a Ignacio Allende, quien estaba en graves problemas en Guanajuato.

A tal grado llegaron las cosas que se obligó a Hidalgo a renunciar al mando militar de las fuerzas insurgentes. Estas diferencias debilitaron el mando y control del movimiento a grado tal que fue derrotado y sus líderes aprehendidos, juzgados y muertos tan sólo 10 meses después de iniciada la lucha.

No se trata de manchar el recuerdo de los héroes, sino simplemente de presentarlos como lo que fueron: hombres de carne y hueso, con sus luces y sus sombras, apunta el profesor. Sin embargo, nuestra historia está escrita en blanco y negro, sin matices, distorsionada.

Héroe o villano

Y es precisamente por ese afán maniqueo y simplista de dividir a los personajes de la historia en buenos —muy buenos— y malos que el coronel Agustín de Iturbide y Arámburu ha sido, en palabras de Alfonso Junco, “expulsado del templo de la patria y borrado su nombre de las listas de los inmortales”, cuando fue quien consiguió la emancipación de México del dominio español y por tanto le corresponde el alto honor de ser considerado nuestro Libertador, asegura Arjona.

El forcejeo político entre liberales y conservadores, extendido hasta nuestros días, hizo de los dos próceres —Hidalgo e Iturbide— figuras opuestas, enemigos irreconciliables y convirtió los movimientos de 1810 y 1821 en dos acontecimientos distintos, sin ninguna relación. De allí que al encumbramiento idolátrico del cura de Dolores y su consagración como divinidad rectora de la patria corresponda la natural hechura del traje de traidor para Iturbide.

“La realidad es que como todos los héroes, como todas las personas, Iturbide fue un hombre de claroscuros. No fue un santo, es verdad. Fue un militar que aprovechó su posición para satisfacer sus ambiciones, era soberbio, le gustaba el juego, le gustaban las mujeres, pero ciertamente era inteligente, talentoso y muy valiente”.

Cuenta el profesor que cuando Iturbide, coronel realista, salió de un retiro voluntario para aceptar la encomienda de pacificar el país, la rebelión insurgente languidecía, quedaban apenas pequeños grupos, entre los que destacaban los de Vicente Guerrero y Pedro Ascencio, en el Sur.

Sin embargo, Iturbide pensaba en la separación definitiva de España. Y ya con el mando de las tropas realistas, ideó un plan e invitó a Guerrero a unírsele. Logró también la adhesión de los realistas porque pensó en conseguir la emancipación no por la vía de las armas, sino mediante la unión de los mexicanos.

“Ateniéndonos a la objetividad de los hechos, existe una notoria diferencia entre los planes de los primeros insurgentes y los de Iturbide. Hidalgo y Allende no tenían un programa político elaborado y en sus arengas y escritos se percibe una falta de pensamiento estructurado acerca del futuro del país”.

Iturbide en cambio “concibió la Independencia de un modo distinto y lo expresó en el Plan de Iguala, en el que precisó con claridad las tres garantías que servirían de fundamento y de programa de la vida nacional independiente: libertad, quedando rota toda dependencia política y administrativa de España; religión y la unión de todos los habitantes del país, peninsulares, criollos, indios, mestizos, negros, mulatos…”.

Objetivo común

Esta capacidad de ofrecer a todos un objetivo común hizo que el plan fuera aceptado y en sólo siete meses y sin derramamiento de sangre Iturbide logró su propósito. El viernes 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró a la ciudad de México, en medio de los marciales acordes de las marchas triunfales y vítores de la multitud que salió a recibirlo.

Iturbide le dio la soberanía a México y le dio además su símbolo más venerado: una bandera que aún hoy guarda los colores verde, blanco y rojo que nos distinguen en el mundo y le dan identidad al país, resalta.

Iturbide fue entonces el héroe más popular que se había conocido hasta entonces en este rincón del mundo, venerado por propios y extraños. Sin embargo, su gran pecado fue virar de héroe a emperador —trastocando así, se le acusa, los “ideales republicanos”—, un pecado que hasta hoy la historiografía patria no le perdona.

La intención del licenciado Arjona Barbosa al recordar este pasaje menospreciado de la vida del país es pedir a las autoridades que se reconozca su importancia y comiencen de una vez a organizar un programa especial de actividades para celebrarlo a lo grande y en unidad nacional, como debe ser.

“Reconciliémonos con la historia, abramos las mentes y los brazos a un México con muchos problemas, pero también con muchas cosas buenas”, resalta. “Hoy, con un cierto nivel de madurez, tenemos que aceptar lo que fuimos y reconocer a los personajes de nuestra historia con virtudes y defectos”.

La realidad del ser humano, incluidos los héroes, es un complejo de ideas, pasiones, afectos, sentimientos, enojos, intereses, simpatías y antipatías. “No hay hombres completamente buenos ni malos, lo que hay son hombres libres, con acciones buenas y malas, con comportamientos generosos, pero también con actitudes egoístas”.

Iturbide no fue un santo, pero tampoco un villano. Se puede decir, como señala el historiador Alfredo Ávila, que “un balance de sus actividades no lo muestra con menos virtudes ni más crímenes que los considerados héroes. Lo que sí es posible afirmar es que sin él no se entiende el proceso de independencia”.— Mario S. Durán Yabur

 

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