CIUDAD DE MÉXICO.- El día de ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum culminó sus celebraciones por su primer año de gobierno con un evento masivo en el Zócalo de la Ciudad de México.
Además de presentar su Primer Informe de Gobierno en Palacio Nacional a principios de septiembre, realizar una “gira de rendición de cuentas” por todo el país, la 4T llenó el Zócalo – con señalamientos por acarreo masivo – para el mensaje especial de la Presidenta.
La mandataria celebró un primer año del: “vamos bien y vamos a ir mejor“, pese a las críticas por los pendientes en la agenda como el combate al crimen organizado, corrupción y reformas polémicas que comenzaron en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
En su columna titulada “Autoritarismo de cabeza fría”, publicada en Reforma, el analista político Jesús Silva-Herzog Márquez advierte sobre la consolidación de un nuevo tipo de autoritarismo bajo el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Señala que este segundo sexenio de la llamada Cuarta Transformación está caracterizado por la disciplina, el cálculo y la eliminación sistemática de contrapesos; los detalles del texto a continuación:
Concentración en el Zócalo: un acto de poder y egolatría
Silva-Herzog Márquez señala que, a pesar de su amplia legitimidad y control institucional, Sheinbaum recurrió a la movilización masiva en el Zócalo para reafirmar su poder.
“La populista necesita mostrar sus credenciales y convertir al pueblo en matraca de su egolatría”
Subraya que la presidenta repite los rituales de su antecesor, incluyendo entrevistas con medios afines y el uso de recursos públicos para su promoción.
Aunque toma cierta distancia de algunas políticas de López Obrador, mantiene una “visión polarizante y un rechazo al diálogo”.
“Sheinbaum sigue el instructivo de los rituales. Despierta con las mismas ceremonias que su antecesor. Se deja entrevistar diariamente por periodistas aún más serviles que antes y emplea los recursos públicos para su vanagloria.
Comparte la misma visión maniquea y polarizante de lo político, aunque en algunos aspectos toma distancia de las políticas de su antecesor.
No es una mujer dispuesta al diálogo; no se le conoce ninguna disposición negociadora, no es una política que crea en el aporte de quienes piensan distinto. Pero hay algo que ha despuntado a lo largo de estos meses: Sheinbaum pretende ser la cabeza de un autoritarismo competente. Sheinbaum no es un anafre de desplantes, sino un empaque de autocontrol.
Escribe su libreto y lo sigue sin desviarse ni un milímetro. Así la hemos visto durante este año, dirigiendo ese aparato que se ha liberado de controles, contrapesos y vigilantes buscando una eficacia que no tuvo el liderazgo impulsivo de López Obrador. Ahí está el proyecto: un autoritarismo de cabeza fría.
La Ley de Amparo y la ruta del control
El primer paso visible de ese proyecto, sostiene Silva-Herzog, es la reforma a la Ley de Amparo.
No es, como la del Poder Judicial, una reforma de revancha, sino de cálculo.
Claudia Sheinbaum busca blindar su poder, impedir que las decisiones de su gobierno sean impugnadas judicialmente y dejar libre el camino a su voluntad.
En palabras del autor, “no surge de la rabia de un rencoroso, sino del cálculo de una autócrata que no está dispuesta a dejar un hilo suelto”.
El contraste con el estilo lopezobradorista es claro: si el anterior presidente actuaba a machetazos, la actual lo hace con precisión quirúrgica.
De ahí el papel de Arturo Zaldívar, “un trepador inescrupuloso” —dice el columnista—, pero conocedor del derecho, quien funge como arquitecto de una reforma que desarma al Poder Judicial y lo deja sin herramientas frente al Ejecutivo.
“La reforma de López Obrador fue un machetazo. La de Sheinbaum es relojería autocrática”
La segunda ola del populismo
Silva-Herzog retoma la advertencia del periodista Janan Ganesh, del Financial Times: tras los populismos ruidosos, surge una nueva generación de líderes fríos y técnicos, igual de autoritarios, pero más eficaces.
Esa, afirma, es la amenaza que encarna Claudia Sheinbaum: un despotismo que no necesita gritar para imponerse.
“Por más iluminado y riguroso que sea, un autócrata que no rinde cuentas ni respeta reglas conduce, tarde o temprano, a la ruina”, concluye el ensayista.
“Después de la estridencia de los primeros disruptores, está apareciendo una camada de dirigentes en el mundo que son igualmente corrosivos que sus predecesores, pero ahora recurren al cálculo y a la técnica. A diferencia de los primeros populistas, son ordenados y saben hacer cuentas”.
