El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. Su gobierno combina mano dura y recortes, con paralelismos con Trump, Bukele y Milei
El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. Su gobierno combina mano dura y recortes, con paralelismos con Trump, Bukele y Milei

BOGOTÁ (EFE).— El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, sigue una ruta similar a la de mandatarios de ultraderecha del continente, como Donald Trump, Nayib Bukele y Javier Milei: mano dura contra el crimen, ataques a la oposición, recortes presupuestarios y una “batalla cultural” contra el legado de su antecesor.

Desde que asumió el poder en el mes de agosto pasado, el mandatario ha concentrado su gestión en la seguridad. Casi a diario anuncia en redes sociales operaciones, decomisos, detenciones y muertes de presuntos guerrilleros y delincuentes, bajo la consigna de actuar con “mano de hierro”.

Su exhibición de fuerza incluye imágenes entre cadáveres embolsados y una aparición con una pistola al cinturón durante una redada en Santa Marta. Inspirado en Bukele, también plantea construir hasta seis megacárceles.

Los paralelismos alcanzan la relación con sus adversarios. Como Trump y Milei, arremete contra la oposición y atribuye al gobierno de Gustavo Petro la crisis de las finanzas públicas, que achaca al “despilfarro” y la “corrupción”.

Además, centraliza la comunicación y prohíbe a los altos cargos declarar sin autorización. En once semanas no ha concedido entrevistas ni ofrecido conferencias con preguntas de periodistas, lo que limita la rendición de cuentas.

En materia económica, prometió reducir 40% el gasto estatal y comenzó los ajustes mediante un presupuesto aprobado por decreto. Los recortes afectan contratistas, subsidios, ayudas sociales y organismos que rechaza ideológicamente.

Entre las instituciones afectadas figuran la Justicia Especial para la Paz y el Ministerio de la Igualdad y la Equidad. La promesa de achicar el Estado sigue una línea similar a la “motosierra” impulsada por Milei en el gobierno argentino.

La religión ocupa un lugar destacado: cierra discursos con “¡Viva Cristo Rey!” y ha incorporado evangélicos a su gabinete. Estas prácticas han motivado demandas por presuntas violaciones a la laicidad estatal.

Su anunciada “contrarrevolución cultural” tuvo una expresión en el retiro de más de 30 piezas del Museo Nacional, decisión que provocó protestas y denuncias de “censura”.

En política exterior, se alineó con Washington, avanza hacia la salida de la Corte Penal Internacional y trasladó la embajada en Israel a Jerusalén. También ha reconocido la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, una decisión que profundiza su acercamiento a Israel

Aunque anunció deportaciones de migrantes irregulares, el tema parece secundario. Mientras tanto, sostiene un discurso de ruptura: niega ser político y descalifica a la clase dirigente, a la que acusa de corrupción y componendas.

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