
En un entorno donde la violencia parece extenderse y adentrarse en diferentes ámbitos, la promoción de la paz se vuelve un imperativo para aquellos que desean contribuir a la construcción de un mejor porvenir.
Sin embargo, ser un agente de paz representa un reto de enormes proporciones, ya que se requiere de valentía, pero también de voluntad por trabajar en la consolidación de valores y virtudes personales.
Y es que resulta evidente que, para hablar de paz, primero se debe vivir en paz; quien no cuenta con paz interior, difícilmente podrá transmitirla hacia el exterior.
Para ser un ejemplo a seguir, es indispensable conducirnos con ética, así como ser ecuánimes y congruentes en nuestras acciones y nuestras palabras.
Recordemos que la paz no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de lidiar con los conflictos de formas no violentas.
Pues bien, bajo la misma lógica, la paz interior no es la ausencia de inquietudes o emociones negativas, sino la capacidad de gestionar esas emociones y tensiones para canalizarlas hacia cosas positivas.
Cultivar un estado de paz mental es el primer paso que debemos emprender con el propósito de promover efectivamente una cultura de paz en el entorno.
Los seres humanos tendemos a proyectar aquello que experimentamos en el interior.
Empecemos por pacificar nuestras conciencias para crear sociedades no violentas, donde el diálogo y la empatía sean una constante.
