CIUDAD DEL VATICANO (EFE).— El papa León XIV presidió ayer su primera misa pública en Castel Gandolfo, una pintoresca localidad cercana a Roma donde pasa unos días de descanso.



Durante la homilía, celebrada en una pequeña iglesia barroca diseñada por Bernini, el pontífice abogó por una “revolución del amor y la compasión” ante un mundo marcado por las guerras, la indiferencia y los sistemas opresores.
“Ver sin pasar de largo, detener nuestras carreras ajetreadas, dejar que la vida del otro (…) me rompa el corazón. Eso nos hace prójimos los unos de los otros”, exhortó.
Inspirado en la parábola del buen samaritano, hizo un llamado a la empatía con los más desfavorecidos: “tantas personas agobiadas por las dificultades”, “quienes se derrumban hasta tocar fondo”, e incluso pueblos enteros “víctimas de sistemas políticos opresivos, de una economía que los obliga a la pobreza, de la guerra que mata sus sueños y vidas”.
El acto se desarrolló en un entorno íntimo, con presencia de autoridades locales y fieles, dadas las limitaciones del templo.
El pontífice, conocido por su afición al deporte, recibió varios obsequios tras la misa, entre ellos una gorra de tenis y un balón.
El Papa incluso prometió un futuro partido de básquetbol a los jóvenes del oratorio local “cuando se calmen las aguas”, según relataron algunos asistentes.
León XIV llegó en un vehículo eléctrico, manteniendo su estilo cercano y ecológico, y antes de la ceremonia rezó ante la Virgen del altar principal.
En su estancia en Castel Gandolfo, el Papa ha sostenido reuniones privadas —incluida una audiencia con el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski— y ha celebrado una misa en los jardines pontificios dedicada al cuidado del medio ambiente. Sin embargo, fue ayer que tuvo su primer encuentro masivo con fieles, quienes lo ovacionaron con gritos de “¡Viva el Papa!” mientras caminaba hacia la iglesia escoltado por su seguridad.
Aprovechó la ocasión para enviar varios mensajes a la comunidad internacional. Celebró la reciente beatificación del marista Lycarion May en Barcelona y saludó a grupos religiosos de España y Perú, entre ellos a la comunidad agustina de su antigua diócesis de Chiclayo.
Antes de despedirse, pidió no olvidar “rezar por la paz y por todos aquellos que, a causa de la guerra y de la violencia se encuentran en un estado de sufrimiento y necesidad”.
