• Una joven baja escaleras alumbrándose con un teléfono, en La Habana
  • Gladys Berriel, una jubilada de 74 años, dice que la intermitencia de los cortes de energía, conocidos como “quita y pon”, son un dolor de cabeza

LA HABANA (EFE).— “¿Hay alguien atrapado en el ascensoooor?”, grita, con la lámpara de su celular en la mano, Heidi Martínez, la administradora de un edificio de 18 plantas en el barrio de Alamar, en las afueras de La Habana.

Heidi, de 53 años, no es técnica ni mecánica. Pero se ha convertido en experta en abrir manualmente el elevador de este bloque de viviendas. Lo hace varias veces a la semana cuando algún vecino se queda atrapado por los cortes diarios de electricidad.

“Ya hemos cogido cultura de apagones”, cuenta a EFE en la entrada del edificio.

Los cortes por déficit de generación de corriente en la isla se han cronificado desde hace años en este barrio periférico, pero en las últimas semanas han arreciado hasta lo difícilmente soportable, con entre 15 y 20 horas diarias por todo el país, debido al asedio petrolero de Washington sobre Cuba.

De hecho, la isla sufrió este martes el apagón más extenso del que se tiene registro, según datos oficiales. En el momento de máxima demanda, en la tarde-noche, más de un 64% del país quedó simultáneamente sin energía eléctrica.

El “quita y pon” diario de Cuba

Aquí, en Alamar, esta pesadilla viene con un extra que se ha convertido en un dolor de cabeza para sus alrededor de 100,000 pobladores. Lo llaman “quita y pon”, explica Heidi Martínez: repetidos cortes de corriente sin patrón alguno que se prolongan por horas, todos los días.

“Pueden ser 20 minutos, puede ser media hora, puede ser una hora… Nadie se adapta a eso. Eso es de: ‘ya, ¿qué remedio?’”, cuenta Erleny, de 49 años, mientras repara la cámara de una llanta en un taller improvisado frente a los garajes del edificio.

Este titileo ya es parte del día a día de los habitantes de Alamar. Según Gladys Berriel, una profesora de Educación Especial jubilada de 74 años, el problema comenzó en 2023 y “se quedó así”.

La frustración es tal, agrega, que no pocos vecinos cambiarían el “quita y pon” por los prolongados apagones de otras regiones de la misma isla.

“Si por lo menos tuviéramos una programación (de los apagones), porque sabemos perfectamente la situación que hay con el tema del combustible, usted se ajusta”, coincide Heidi, la administradora del edificio.

La situación va más allá de las molestias y del susto de quedar atrapado en el elevador. El “quita y pon” estropea sin clemencia electrodomésticos en un país donde, por si fuera poco, la escasez de productos y la fuerte inflación juegan en contra.

Según le cuenta Gladys Berriel a EFE, arreglar su refrigerador le costó por encima de su pensión.

“Tuvimos que pagar 5,000 pesos (11 dólares, al cambio oficial) para el arreglo, y estoy pensionada. A mí lo que me pagan de jubilación son 3,156 pesos (6.8 dólares) y eso que trabajé 37 años en educación”, lamenta.

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