Hubo gritos, suspiros, lágrimas y aplausos en el pueblo de Acanceh, donde se revivió este Viernes Santo la pasión y muerte de Jesucristo en una gran representación que cumplió 45 años de realizarse, y que nuevamente atrajo a cientos de personas bajo el ardiente sol del mediodía.
Desde temprano, la plaza principal comenzó a llenarse. Personas de todas las edades, familias completas, visitantes locales, turistas nacionales y extranjeros buscaron lugar para no perderse detalle del viacrucis viviente más tradicional de esta parte del estado. La escena inicial arrancó en la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, donde Jesús —encarnado este año por el joven Juan Carlos Rivero Mucul— fue apresado por soldados romanos en medio de empujones, gritos y jaloneos. La multitud no tardó en meterse de lleno en la escena.
—¡Déjenlo! —gritaban algunas mujeres conmovidas—, ¡no ha hecho nada!
La representación avanzó con fuerza. El pueblo fue testigo, una vez más, de cómo Jesús era llevado ante Poncio Pilato, quien, aunque no hallaba culpa alguna en él, cedió ante la presión de una turba enardecida que lo acusaba de blasfemo. Fue enviado con el rey Herodes, quien disfrutaba de mujeres, comida y bebida. Al recibir a Jesús, también lo interrogó y le exigió milagros como prueba de su divinidad. Pero Jesús, fiel al relato bíblico, guardó silencio.
—¡Haz un milagro si de verdad eres el Hijo de Dios! —le gritaban actores y espectadores por igual, entre la tensión y el asombro.
El viacrucis de Acanceh
Una pequeña niña le preguntaba a su mamá por qué le estaban gritando al señor. La madre le respondió que era una obra de teatro, que nada era real, pero la menor lloró ante los gritos de quienes representaban al pueblo judío.
De regreso con Pilato, la escena del juicio se volvió uno de los momentos más intensos: el gobernador ofreció al pueblo liberar a Jesús o a Barrabás. El grito fue unánime: “¡Liberen a Barrabás!”, y con él, la condena del nazareno quedó sellada.
La emoción subió a tope, y se veían los rostros de niños y adultos por igual, asombrados, sobre todo cuando Jesús fue flagelado públicamente y coronado con espinas. La plaza quedó en silencio. Nadie apartaba la mirada mientras Jesús, semidesnudo y sangrando, comenzaba su calvario cargando la cruz entre caídas, tropiezos y la compasión de quienes rogaban por él, como su madre María.
“Fue imposible no llorar”, dijo doña Alicia Marques con voz entrecortada. “Somos muy devotos y lo vivimos como si realmente estuviera pasando”, compartió.
El viacrucis recorrió las calles, luego de utilizar como marco los edificios del Ayuntamiento y la capilla, para finalizar en la explanada de las Tres Culturas, frente a la pirámide maya, donde se escenificó la crucifixión. Jesús fue clavado entre dos ladrones y, tras su muerte, su cuerpo fue bajado con solemnidad y tomado en brazos por la Virgen María, cerrando con una imagen que dejó a más de uno con un nudo en la garganta.
Durante toda la jornada, no faltaron los puestos de refrescos, botanas, aguas frescas y dulces, además de vendedores de sombreros, sombrillas y abanicos. El calor superó los 37 grados, pero ni el sol ni el cansancio detuvieron a la comunidad ni a los visitantes que abarrotaron la plaza para vivir esta tradición que une pasado y presente, historia y fe.—Darinka Ruiz Morimoto
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