(Artículo publicado el 20 de septiembre de 2002)
Para comprender el presente, recordar el pasado es buena idea. La condesa de Pardo Bazán escribió hace un siglo que la historia, cansada de engendrar, se repite a sí misma.
A la carta que Rubén Bolio Pastrana escribió al Colegio de Abogados de Yucatán se le siente un sabor a historia. Su crítica directa, vehemente huele a catilinaria.
Catilinaria -tal vez alguien no lo sepa- viene de Catilina. Este señor, Lucio Sergio Catilina, es uno de los grandes conspiradores de todos los tiempos. Su nombre se suele citar junto con el abogado Marco Tulio Cicerón, uno de los grandes oradores de todas las épocas. Ambos vivieron en la Roma Imperial. Entre 100 y 60 años antes de Cristo.
Casi nadie habla bien de Catilina. Estaba muy bien relacionado con el bajo mundo intelectual y profesional. No había pillo que no estuviera a su servicio. Reunió a legisladores despistados, jueces vendidos, magistrados tramposos y litigantes corruptos para formar un partido y apoderarse de la República. Su estrategia era incendiar a Roma, colgar a los cónsules que ejercían la autoridad suprema y degollar a dos terceras partes de los senadores.
La sedición tenía un lema puesto por Catilina: “Roma es un cuerpo sin cabeza; yo será en adelante la cabeza”.
Roma era la capital de la molicie, la apatía, la conveniencia, el egoísmo.
Cada quien su vida, dijo Luis G. Basurto. El conspirador contaba con la indiferencia. Una juerga a las orillas del Tíber valía más que un mandamiento de la ley o la garganta de un senador. Que arda Roma. Total, tarde o temprano llegará Nerón.
Catilina era el villano. Cicerón, el héroe, el bueno, se enteró de la conjura de una manera muy común: por una mujer. Fluvia, querida de uno de los cabecillas de la subversión, cantó todo. Cicerón convocó una sesión extraordinaria del Senado, en el templo a Júpiter. Catilina, ignorando la delación -todo Roma ya lo sabía, todo Roma menos él- fue uno de los primeros en llegar al Congreso.
Durante la sesión extraordinaria Cicerón pronunció cuatro discursos corrosivos. El principio del primer discurso es célebre. Marco Tulio dejó una mano en la tribuna de mármol, con el índice de la otra señalada al conspirador y le dijo una frase célebre: “Quousque tandem Catilina abuterepatientia nostra”. ¡Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia!Hasta ese día. La palabra se impuso al cuchillo; el verbo a la té. Los senadores se sobaron el cuello y entregaron a Cicerón la jefatura del gobierno.
El complot pasó nonato a la historia. Catilina pasó poco después, al perder la cabeza en el campo de batalla. Desde entonces se conocen como “catilinarias” los discursos al estilo de Cicerón o las cartas como la de Rubén Bolio Pastrana al Colegio de Abogados.
Cuando se recuerda la historia, se piensa en doña Emilia y se lee la carta de don Rubén, que habla de un complot, nos puede parecer que de Roma a Yucatán hay poco trecho, aunque haya mucho tiempo.
Se nos podría ocurrir la idea de otra conspiración con legisladores, magistrados, jueces y litigantes a la Catilina. La condesa decía que la historia se repite a sí misma. Mejor descartamos esa idea.
De todas maneras, como descartar viene de carta, quizás más nos valga preparar la pregunta: ¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia, de nuestra prudencia, de nuestra tranquilidad, de nuestra…?¿Qué diría Lucio Sergio Catilina si leyera la carta de Rubén Bolio? “¿Mérida es un cuerpo sin cabeza; yo será esa cabeza?”.
Mientras nos sobamos el cuello y ponemos nuestras barbas a remojar -después de Catilina vino Nerón, cuando llegó Nerón ya no estaba Cicerón-, nos viene la idea de señalar a los abogados que pertenecen al Colegio que hagan algo, que no se queden como Sergio Salazar con la boca callada cuando Beatriz Zavala le enmienda la plana en los derechos humanos.
El Consejo Directivo del Colegio representa a todos los socios. Si los socios no hablan, los motivos del Colegio para abstenerse de opinar sobre las catilinadas de la jueza Cobá serán también los motivos de los mudos. Entonces la catilinaria de Bolio Pastrana será para todos los abogados.
¿Habrá algún Cicerón que convoque a una sesión extraordinaria del Colegio -como aquella en el templo de Júpiter- para analizar la carta de Bolio Pastrana y decidir si se acepta la renuncia de don Rubén o se le pide al Consejo que tire el arpa y se vaya con su abstención a otra parte? Queda la suave alternativa de no hacer nada y sentarnos -los cristianos en primera fila- a esperar a Nerón.- ERA – Mérida, Yucatán, septiembre de 2002.
