(Primera Columna publicada el 26 de septiembre de 2001)
En la Plaza Grande, desde el uno de agosto, el reportero acudió puntual todos los días a la cita de costumbre, en la banca de siempre, pero no vio a don César Pompeyo. Cuando ayer lo encontró por fin, donde menos lo esperaba, le dio estrecho abrazo y mientras lo abrazaba le dijo al oído: “Reciba usted el testimonio cordial de mi más sentido pésame”.
Una vez dicha esta frase, con la solemnidad ensayada tantas veces desde el domingo 27 de mayo, el periodista sacó una hoja de papel que llevaba en el bolsillo, escrita por ambas caras, y le leyó al señor Pompeyo, en voz un poco más alta, los tristes versos que la columna, implorando el perdón y la paciencia de los lectores, transcribe a continuación: Sé, don César, su aflicción y la causa de su llanto: que les quitaron al santo que fue de su devoción.
Yo comprendo la razón y el motivo de su luto: que ya perdió el fruto que daba la corrupción, pero admire el resplandor del nuevo sol que despunta y sincero a esta pregunta respóndame por favor: ¿No ha notado usted, señor, que en la Península entera desde que se fue Cervera ya todo marcha mejor? ¿No es verdad, gracias a Dios, que el Palacio de allá enfrente ya es propiedad de la gente sin deberle nada a Fox? ¿No es verdad también que al fin con la entrada de Patricio se ha terminado el suplicio de ser esclavos del PRI? ¿Y no es muy cierto que el rostro de Yucatán es más bello desde que se fueron ellos y nos quedamos nosotros? Nadie quiere, ni en motón, lavadoras regaladas, ni bicicletas compradas por Casellas en Hong Kong.
Terminaron su función las “vedets” del desacato, ya es sólo un recuerdo ingrato la corte del Faraón.
Ya hay confianza en derredor en que no metan la pata, aunque nos quede la lata del Tribunal Superior.
Se acabó la salación del decenio cerverista: con la victoria panista comenzó la redención.
¿No es verdad que el corazón meridano de esta plaza ha llevado a nuestra casa la esperanza y la ilusión? ¿No es verdad que Monseñor…
Don César Pompeyo, que no tiene la paciencia que ha tenido el lector, no aguantó un segundo más el pésame, levantó una mano, con la palma hacia adelante, y, sin saber que esto sólo lo hace un repentista, marcó el alto al periodista con estas palabras que por casualidad le salieron rimadas: Un momento, reportero, ni a mí ni a la Jerarquía nos metas en la manía que tienes de armar enredos Yo sólo fui fundador del difunto cerverismo, convertido en cataclismo por un régimen traidor.
Nunca estuve en la Cousey, tampoco fui diputado.
¿Me parezco a un magistrado? ¿Metí el dedo en el ISSTEY? Nada he traído de China: ni cuentos ni bicicletas.
Soy inocente de éstas y de otras culpas cochinas Y una advertencia franca, periodista, yo te externo: ya me he mudado a otra banca, cambió nuestra posición, tú ya estás en el gobierno, yo pasé a la oposición…
Cuando el reportero quiso abrir la boca, don César Pompeyo, cofundador, vocero e historiador del cerverismo, se llevó a los labios el dedo índice, le devolvió el abrazo al periodista y le hizo al oído, en voz baja, una invitación que fue aceptada. Tomados del brazo, caminaron algunos minutos y una vez que llegaron a la ex banca de costumbre, a la antigua banca habitual, colocados uno a derecha y otro a la izquierda, guardaron un minuto de silencio.
-Busca ahora otra banca -propuso don César-, pero que mire a Palacio, para que podamos ver qué hace Patricio. No hay que perderlo de vista, no sea que él también se eche a perder.
