(Primera Columna publicada el 17 de mayo de 2005)

El agua es perfecta. Si la derramas sobre el piso entra en las grietas, circula en las ranuras, llega a los rincones, cubre lo que encuentra. Así ha sido la mafia en el caso Medina Abraham: perfecto.

En su definición más escueta y al mismo tiempo más próximo a la exactitud, Medina Abraham es el caso de la verdad contra la mafia. Por eso ha llegado a la Suprema Corte de Justicia una acusación que se debió desvanecer en 1995 oa lo sumo en 1996.

Si hubiera sido un caso judicial, no político como lo fue y quizás hasta hoy lo es, la acusación de homicidio se habría disipado en la investigación judicial de la muerte de Flora Ileana Abraham o en el juzgado 4o. de defensa social al salir a la luz el primero de los fraudes en que se basa la sentencia que mañana miércoles se enfrenta a su revisión final en México.

La mafia entra con fuerza de “tsunami” en el litigio y sus vertientes: las Procuradurías, los tribunales, mandos militares, jerarquías religiosas, cúpulas gubernamentales, recintos legislativos, partidos políticos, gestorías de los derechos humanos, instituciones del sector privado, medios de comunicación…

Cuando no penetra con impacto avasallador, la mafia rodea con un efecto aislante. Confina a Yucatán el conocimiento público de las dos caras del conflicto. En la ciudad de México, sede de los poderes federales, motor centrífugo de la información nacional, el silencio o la mentira organizada ocultan los alegatos de la defensa y aseguran un clima de impunidad a los testaferros de la mafia. La oscuridad es alcahueta del delito.

Pero…, al cabo de nueve años de inundaciones, el agua se empieza a estancar, oa retirarse, porque el impulso que la mueve es insuficiente para que suba por cuestas cada vez más empinadas. Sin embargo, es lícito suponer, a la vista de la experiencia, que la mafia haya llegado hasta la Suprema Corte. Vamos a recurrir al sistema de las preguntas para sondear, con hilo de conjetura y profundidad de hipótesis, si el agua ha entrado en la Corte y hasta dónde.

La decisión de atraer el caso, de trasladarlo a la ciudad de México, ¿favorece a la mafia? Los cambios inesperados que terminan en el súbito aplazamiento del veredicto final, ¿tienden a proteger a los mafiosos? La semana extra de estudio que solicitan dos ministros, los que se opusieron sin éxito a la atracción o el estudio, ¿es un recurso de última hora para descarrilar un fallo adverso o desviarlo a un destino de menos impacto?

¿Cuál es la energía centrípeta que determinará la dirección que la Corte tome? ¿La mano negra de la mafia, todopoderosa al fin y al cabo, intocable a pesar de todo? ¿O el desquite de las cúpulas que han encontrado en el tribunal supremo el paño de lágrimas para lavarse la conciencia o la manera viable, la forma menos costosa, de reparar el daño político que les ha ocasionado su sometimiento a las exigencias de la mafia?

Por notorio, por humillante, el sometimiento puede tener, a medida que se acercan las elecciones, un precio considerable para los partidos y los precandidatos. Puede ser incluso el agujero tapado en que se hundan las aspiraciones.

¿Qué otros factores pueden inclinar la balanza en la Corte? ¿La coalición de la justicia y su compañera inseparable, la verdad, que llegan a la instancia suprema en busca de sus fueros perdidos? Fueros extraviados o aislados en nueve años de inundaciones. Fueros perdidos en nueve años de migraciones de tribunal en tribunal, en nueve años visitados de invasores ilegales.

La verdad y la justicia recobran sus fueros en el amparo liso y llano que revoca la sentencia y devuelve su libertad a Armando Medina Millet.

La recuperación será más lenta, estará cruzada de cicatrices, disminuida por debilidades recurrentes si se acude al amparo parcial (para efectos) a fin de proporcionarle a la mafia una salida por la que escape menos magullada.

En los puestos de mando de la mafia, el amparo parcial, que devuelve el conflicto a Yucatán con el mandato de reponer el procedimiento, puede ser el menor de los machos.

La reposición, es cierto, se desembocará en la revocación de la sentencia, porque, al final de todas las cuentas, la Procuraduría, congruente consigo misma, tendría que retirar la acusación. La cara de la mafia siempre quedaría rayada, pero no tanto. Sí, ni modo: ya no se puede esconder que el juicio está lleno de cochinadas, como se reconoció al fin en “El Universal” en estos días, pero el acusado no fue absuelto por la Corte: fue puesto en libertad por su amigo el gobernador. Ya tienen una salida los que pretenden engañar a los que están pidiendo a gritos que los engañen. A los que siguen empeñados en que les tomen el pelo porque la aceptación de la verdad nos les acomoda ni les conviene.

En el amparo parcial la Corte dice que no quiere entrar a fondo en el conflicto. Habría que preguntar por qué no quiere conocer las pruebas que la defensa aporta para demostrar que la acusación es falsa. Esta falta de voluntad, por los motivos que sean, es la misma que ha provocado que el caso Medina Millet esté en la Corte: nadie quiere enterarse de lo que Armando dice con el documento en la mano. Nadie tiene ganas de rebatirlo. Todos buscan el modo de mirar por otro lado.

Los jueces radicados en Yucatán se han sentido convidados a hacerse de la vista gorda porque saben que su negativa a conocer el caso por el fondo no tiene gran resonancia nacional. El caso de los ministros de la Corte es muy distinto. Si confirman la sentencia están aprobando las cochinadas que estuvieron ocultas pero trascendieron ya. Las cochinadas adquieren así validez nacional. Habrá que cambiar las reglas del juego. En un juicio, por ejemplo, los abogados podrán exigir que les entreguen sin custodia las evidencias.

En la semana extra de reflexión que se concedieron, los ministros pueden ponderar en qué les beneficia sacrificarse para complacer a la mafia, si vale la pena asociarse a los mafiosos per saecula saeculorom aprobando a la vista de la nación procedimientos absurdos que dejarían a México en ridículo en momentos internacionales particularmente inoportunos. Está fresca aún la tinta con la que publicamos un informe del Banco Mundial transmitido por la agencia noticiosa alemana DPA. El informe de que en los últimos dos años sufrió “grave deterioro” en nuestro país cinco de las seis características de la gobernabilidad: el combate a la corrupción, el estado de derecho, la rendición de cuentas, la efectividad del gobierno y la estabilidad política de la república.

En Mérida, el voto traidor de Antonio Hadad, suficiente para ratificar en el Congreso a los magistrados, hizo innecesario el sacrificio de la diputada Silvia López. Este mecanismo puede de algún modo influir en el ministro que esté a medio camino entre la mafia y la verdad. ¿Qué caso tiene que yo me embarre si la mayoría está a favor del amparo?

La columna pasará ahora de la lógica y el sentido común al enfoque cristiano, que incluye a ambos y los fortalece. La semana de reflexión que concluye mañana ha pasado por la fiesta de Pentecostés. El caso Medina Abraham puede ser la venida del Espíritu Santo sobre los ministros como lo fue hace dos mil años sobre los apóstoles.

“Al cumplirse el día de Pentecostés -leemos en el evangelio de anteayer domingo- estaban todos juntos en el mismo lugar y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en que se hallaban”.

El viento y el fuego son los elementos que acompañan la presencia de Dios en el Antiguo Testamento.

En la Corte puede arder el fuego que transportado por el viento impetuoso del Paráclito purifica las entrañas de los tribunales del país y alumbre sus pasos desatinados hacia la verdad. El agua es perfecta hasta donde llega. El viento penetra en todas partes. Es más perfecto que el agua.

Que el Espíritu Santo descienda sobre los ministros cuando mañana estén todos juntos en el máximo templo de la justicia y les sople, con sus siete dones, la solución cristiana al caso Medina Abraham.

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