(Primera Columna publicada el 9 de abril de 2005)

Tal vez sea exagerado decir que Yucatán se le había metido a Juan Pablo II entre ceja y ceja, pero algo hay de eso.

En mayo de 1990, durante su segunda visita a México, los yucatecos fletaron autobuses para ir a Villahermosa e invitarlo a venir a Mérida. Deseo irrealizable, pues el itinerario de las giras pontificias se determina con anticipación considerable y modificarlo después de las doce es pedirle peras al olmo.

Pero sembramos una semilla que no tardó en florecer: el Vaticano ofreció en 1992 que el Papa celebraría el quinto centenario del descubrimiento de América con un viaje a la República Dominicana y Yucatán.

Floreció, sí, la semilla, mas no dio fruto: quebrantada la salud del Santo Padre por una enfermedad, Yucatán fue suprimido y el viaje conmemorativo se concretó a Santo Domingo.

Juan Pablo II pensó, quizás, que había contraído con nosotros una deuda que tenía que pagar pronto. Yucatán era una espinita en su corazón. Una palabra que no se le iba de la cabeza.

Algún tiempo después, de visita en Roma, una dama meridana fue a la Plaza de San Pedro para asistir a la audiencia de los miércoles. Un seminarista yucateco de la residencia de los Misioneros del Espíritu Santo obtuvo los boletos.

“Sus lugares están en la primera sección, a la derecha del templete donde se sienta el Papa. Procuren ir temprano y ganar la primera fila. Lo van a ver muy bien, porque, al terminar el acto, siempre camina hacia la izquierda, donde están las mesas con los regalos que le llevan y la tarima para el coro de niños que cantan en la audiencia, a conversar con ellos. Pasará frente a ustedes dos veces, cuando vaya a saludar a los niños y cuando regrese”.

No contaban con el aparato vaticano de seguridad. Su jefe, traje negro, corbata igual, se acercó con un aire de dueño de la plaza de San Pedro, la Vía de la Conciliación y castillos adyacentes. Con tono autoritario, inapelable, regañó a la señora: “Madama, este lugar está reservado. Usted no se puede quedar aquí. Retírese”.

Se sabe que il cavalieri no tenía la más remota idea de lo que es prohibirle a una yucateca algo que ya está decidida a hacer. ¡Pobre¡ El regaño, más si es autoritario e inapelable, sobre el mismo efecto que un desafío, una tentación invencible. Sobre todo si a la señora se le ha metido entre ceja y ceja que tiene que hablar con el Papa.

El capo de la seguridad regresó no sé cuantas veces, cada vez más imperioso: “Ya le dije que se vaya”. Cuando se iba él, volvía ella con religiosa puntualidad. Se entabló así un duelo personal. Era una cuestión de amor propio. A ver quién puede más, si el Vaticano o la meridana.

Cuando apareció el Papa, el capo, requerido para otros menesteres, tuvo que abandonar el campo de batalla. En primera fila, pegada como chicle a la baranda, estaba la yucateca al pasar el Papa para ir a saludar a los niños. Cuando regresaba, caminando a dos o tres metros de distancia, la señora gritó:-¡Su Santidad, una bendición para México, para Yucatán!El Papa se detuvo en seco. Tal vez sí era verdad que tenía a Yucatán entre ceja y ceja. O clavado como una espinita. Lo cierto es que, sin pensarlo dos veces, giró hacia su izquierda y se dirigió en línea recta a la baranda.

“Sí, sí, Yucatán” -exclamó el Santo Padre. Le acarició el pelo a la meridana, poniéndole ambas manos sobre la cabeza, y el bendijo antes de reanudar su camino, seguido por el capo, que se había acercado, corriendo, a proteger al Papa.

Poco después el Vaticano anunció que Juan Pablo II vendría a Yucatán en agosto de 1993. Aquella dama estaba otra vez en primera fila, en la misa de Xoclán, como invitada, en el sitio destinado a los enfermos. Muy cerca del Papa. Muy cerca también del mismo capo vestido de negro. Se cruzaron las miradas. ¿Se acordaba él? Si la reconocer habrá pensado: “Si allá no pude, aquí menos”.

Cuando pasó a su lado Juan Pablo II, la meridana, invicta, lo saludó y le tomó una fotografía. Parece que luego, con el índice, le hizo una señal al capo vaticano, como diciéndole “¿Ya lo ves?”.

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