(Primera Columna publicada el 26 de abril de 2005)
La doctrina de la Iglesia Católica Apostólica y Romana puede arrojar alguna luz sobre la guerra doméstica que ha estallado en el piso de arriba del PAN yucateco por el “voto de conciencia” de su diputado Antonio Hadad, que ha condenado a la justicia al fuego eterno del Tribunal Superior.
El voto de Hadad decidió en el Congreso la ratificación de dos magistrados pecadores. Pecadores según los yucatecos, pues el PRI y sus conocidos secuaces en el caso Medina Abraham tienen a los ratificados en proceso de beatificación.
El presidente del Consejo Pontificio para la Familia, Cardenal Alfonso López Trujillo, ha pedido desde Roma a los católicos hispanos que ejerzan “la objeción de conciencia” contra la ley del Congreso español que ha aprobado en estos días el “matrimonio” de homosexuales con el voto del partido del gobierno y los demás institutos políticos excepto el Popular.
Aunque en ambos asuntos se tratan de votos, diputados, conciencias y congresos, quede aquí constancia de que no es intención de la columna insinuar que en el “affaire” de la ratificación hay puñales escondidos en el clóset. No, ¡por favor! En el zafarrancho de “penthouse” que estremece al PAN, los protagonistas visibles, los desencapuchados, son hermanitas de la caridad, diablesas, cabezas de playa, torres, agachados, Judas y chivos en cristalerías, según se desprende de las partes que nos llegan del frente de batalla.
Hasta ahora no hemos visto que intervenga en el combate una conciencia como la propuesta por el Cardenal López Trujillo. Pero empecemos por el principio.
Sin buscarlo, la columna prende la mecha de la conflagración al citar, como una de varias explicaciones al voto de Hadad, que la conciencia de este legislador fue convencida -o adquirida- por el bando político de la diputada Silvia López Escoffié y la precandidata a la gubernatura Ana Rosa Payán Cervera, conocidas por las excelentes relaciones que guardan con los Abraham Mafud, “familia que tenía especial interés en la ratificación”.
La diputada no está de acuerdo con esta versión, se lanza al contrato y denuncia un intento de “darle en la torre” a la señorita Payán. Silvia no se da baños de pureza ni se proclama inocente de toda culpa. Reconoce que no siempre son damas de la caridad, pero aclara que no son “diablas” de tiempo completo, y dispara un cañonazo: denuncia que los directores responsables del voto de Hadad son los “agachados”, pone al frente de esta conjura subterránea al capo de una legión panista, Xavier Abreu Sierra, y elimina los antiguos compromisos, simpatías y lazos interesantes y de otra índole que unen a este precandidato con la familia Abraham. Mafud.
Entre los panistas que están en cuclillas, posición bastante incómoda y difícil, la señora Silvia incluye al robusto capitán de los legisladores, Benito Rosel.
Sin mencionar a la señora López, el PAN, por conducta de sus dirigentes municipales, le contesta que el único infiel es Hadad, le cuelga el sambenito de traidor y le pide disculpas al pueblo por haber postulado su candidatura a diputado.
Xavier Abreu reconoce que lleva en el corazón a la familia Abraham, pero niega que este sentimiento fraternal influya en su comportamiento político, y, al protestar su inocencia, y decirnos también que no entiende por qué lo acusa Silvia López, nos informa que algo sí le queda claro: que estamos ante una “lucha intestinal” que “está destruyendo” al PAN.
Xavier Abreu trata de salirse de la guerra, alegando que él no es “chivo de cristalería”, y nos comunica que no piensa disparar un tiro más. “Hechas estas precisiones -sentencia-, para mi persona aquí termina este episodio”.
Hay algo que le falta a don Xavier. Se le olvida una precisión indispensable en estos menesteres: no le exige a Silvia López que compruebe sus acusaciones o en su defecto le pida disculpas en una retractación pública. Tampoco le solicita a su partido que, saliendo en defensa de su buen nombre, demande a la diputada que sustente sus cargos y, si la señora no lo hace, la disciplina con la sanción correspondiente.
Si todo se queda aquí, si “acá” termina el episodio, si no se demuestra quién dice la verdad, lo único que queda claro es que todos son amigos y operadores de la familia Abraham Mafud, empezando, en primera fila, por Hadad, Silvia, Ana Rosa, Xavier y los magistrados.
El Cardenal López Trujillo señala que, en los casos de conciencia, “todos los cristianos deben estar dispuestos a pagar al precio más elevado, incluyendo la pérdida del empleo”. Es el curso de acción que recomiendan.
El PAN debe, aunque no se lo pidan, abrir una averiguación para que no sólo Xavier Abreu sino todos los yucatecos entiendan qué está pasando. Una investigación imparcial, a fondo, que deja en claro, sin lugar a dudas, quiénes son los agachados, los chivos, los Judas, los demonios. Que identifique a sus mecenas y sus empujadores, a los encapuchados, porque entre los protagonistas de esta guerra pueden estar los futuros gobernantes.
Le urge a Acción Nacional salir de este atolladero con una demostración inatacable, demorada ya, de que sigue siendo el partido de antes, valeroso y cívico. El partido que los yucatecos llevaron a la gubernatura porque, por encima de los intereses electorales o personales, sea de precandidatos, diputados o funcionarios de alto coturno, tiene como mayor compromiso servir al pueblo con la verdad. Aunque pierda el empleo, porque no es la chamba el objetivo de sus fundadores, sino la defensa pública de la moral como cimiento de la política y ejemplo que orienta la conducta social. Que los agachados se pongan de pie y se quiten las caretas. Dejar que todos se acusen, sin que nadie pruebe nada, eso sí daría en la torre a los panistas, eso sí haría “destructiva” una lucha por el poder, que, cuando se emprende en la superficie, con las armas a la vista, como suele suceder en las democracias, lejos de ser letal para un partido contribuir a fortalecer la democracia y fomentar el interés y la participación del pueblo en los procesos electorales.
