(Primera Columna publicada el 1 de marzo de 2007)
Tanto hemos avanzado en la globalización, que sus manifestaciones son cada día más veloces: con un efecto inmediato de dominó, un derrumbe de la Bolsa en China provocó la caída de los mercados de valores en Estados Unidos, México y otros países.
La globalización no sólo es más rápida hoy: su campo de acción es mayor cada vez. Lo constatamos en la medicina, la política, la moda, el entretenimiento, la moral. Con esta óptica nos trasladaremos a la reciente entrega de los Oscares del cine en un teatro de Hollywood.
La maestra de ceremonias fue Ellen DeGeneres, actriz que hace gala de su homosexualidad. En 1997, en una serie de televisión de la cadena ABC, “Estas amigas mías”, el personaje que representa se declara lesbiana y ella anuncia que también, en el amor, prefiere a las mujeres. Para lucrar con el revuelo que se deriva de la doble revelación, al programa le cambian de título, le ponen “Ellen” e impone un récord de audiencia a pesar de que grupos cristianos, catalogados enseguida con el sambenito de “conservadores”, piden a los anunciantes del programa que le retiren el financiamiento.
Hace tiempo que la vida privada de esta señora es pública. Tuvo un idilio de tres años con Ann Heche, rubia que, después de una cinta con Harrison Ford en una isla desierta, parecía destinada al estrellato. Su amante actual es Portia de Rossi, una belleza en vistoso vestido azul que asediada por los fotógrafos se pastoreó por la Alfombra Roja donde las celebridades del celuloide se pavonean, para que el mundo las contemple, cuando llegan a la ceremonia.
DeGeneres ha ganado 15 premios con su programa. Tres veces presentadora de los premios “Grammy”, ha provocado que los personajes bisexuales sean cada vez más frecuentes en la televisión. “Sencillamente es deslumbrante”. El elogio viene de Sid Ganis, presidente de la Academia de Hollywood.
Otra lesbiana convicta y confesa, Melissa Etheridge, fue premiada por la mejor canción. Ocho álbumes y cientos de conciertos con localidades agotadas tiene esta “mujer” que proclamó su lesbianismo en una fiesta a Bill Clinton con motivo de su elección como presidente de los Estados Unidos en 1993.
Es madre adoptiva de dos hijos. Su ex amasia Julie Cypher es la madre biológica. Cuando se anunció en el teatro su triunfo, se levantó de su asiento y le plantó un beso en plena boca a la rubia sentada a su lado. En el escenario, después de recibir la estatuilla dorada, sus primeras palabras de agradecimiento fueron para la besada, la actriz Tammy Lynn Michaels y sus cuatro hijos. La llamó “mi esposa” en su discurso.
No sabemos de ningún comentario alusivo en la televisión, las crónicas de las agencias informativas y las reseñas de los periódicos. Que una mujer llame a otra “mi esposa” en público, y en público también le cubre la boca con un beso al parecer ya es algo normal. Ya no es noticia. Quizás lo fue cuando las cantantes Madonna, Cristina Aguilera y Britney Spears fusionaron sus labios ante las cámaras. Tal vez.
Britney está ahora en la boca de muchos. Se rapó toda la cabeza después de una de las cortas estaciones en clínicas de rehabilitación. Entra un rato y sale al otro sin recuperarse de las crisis de nervios que ha desatado el ritmo de vida que llevó a su esposo a pedir el divorcio: “éxtasis” por la noche, cocaína por la mañana para volver en sí y “valium” cuando quería dormir.
La Spears es uno de los ídolos de la juventud. Quieren que pronto sea un modelo para las niñas. Ya están fabricando la muñeca Britney. Con el pelo rapado y vestida con un chaleco o camisa de fuerza. Por ahora es cara. Cuesta poco más de 50 dólares. Pronto puedes abaratarse en series como la Barbie. Recordemos que la cantante se instaló en el pedestal de la fama cuando posó casi desnuda para la revista “Vogue”.
Otra exhibicionista, la actriz Anna Nicole Smith, acapara titulares en los periódicos y espacios en la televisión. Han desmenuzado su vida. La misma vida que llevaron a otros jóvenes, como Marilyn Monroe, que se dieron a conocer cuando posaron desnudas para las páginas centrales de la revista “Playboy”: droga, disipación, suicidio. Subrayan que el hijo de Nicole se privó de la vida una semana antes. Se regodean en los testimonios de los tres o cuatro hombres que reclaman la paternidad de la hija heredera de esta actriz. Relaciones sexuales con varios hombres en ¿una semana?
Sin reflexiones sobre el bien y el mal, la globalización distribuye al minuto, entre gente de todas las edades, estas maneras de vivir y de morir en busca del éxito, la plata y el placer. Se repudia y condena el daño físico: bombas en Bagdad. El daño espiritual no existe o no cuenta. La frontera que separa y protege a lo moral de lo inmoral se replica. Se encoge el territorio familiar, escolar, social y político donde tienen vigencia los diez mandamientos y otras normas que propugnan la decencia y la dignidad en la vida humana. Estamos más cerca del credo de Oscar Wilde: Mientras no le rompas la cabeza al prójimo, “nada es bueno o malo. Simplemente me gusta o no me gusta”.
Algo parecido al relativismo moral que es una de las preocupaciones del nuevo Papa. Es el tema de una entrevista que el “Diario” publica hoy en la sección Nacional-Internacional. Cuando la moral retrocede no lo hace en un solo frente: la globalización propaga el contagio a todos los campos de la vida humana. No es un enfoque fatalista del momento que vivimos. El derrumbe de la Bolsa china, los besos en la boca, la exaltación de los marimachos y las muñecas rapadas son una advertencia a los formadores de los próximos, inmediatos dirigentes de la sociedad. La tolerancia tiene un límite. El precio de la indiferencia tiende a subir. Quienes predican de palabra o con su ejemplo la coexistencia pacífica de la moralidad y la inmoralidad olvidan, o pretenden olvidar, porque así les conviene, que la cohabitación de la manzana podrida y la sana siempre tienen el mismo final.
