(Primera Columna publicada el 11 de marzo de 2007)
Forasteros del servicio secreto —al hablar todos arrastran la erre— ordenaron al sacristán mayor que no tocar las campanas de la Catedral durante la visita del señor Bush, para que los repiques no les perforen el tímpano a los francotiradores que, apostados en las torres de nuestro máximo templo, apuntaban ayer sus armas largas hacia la banca de costumbre.
En el resto de las bancas, menos en una, y con la boca cerrada, para que no los delatara la erre, parejas de importados clavaban la vista en el reportero, César Pompeyo y la carpeta roja. Muy cerca, un limpiabotas alto y rubio, de ojos azules, con el cepillo en la diestra, no limpiaba nada. En los laureles no había una sola ardilla, Desde el viernes están concentradas en una bodega del Olimpo.
La banca restante estaba ocupada por un aparato de complicadas pantallas donde subían y bajaban los decibeles. Un montón de botones. Un jardinero con audífonos les daba vueltas. A su lado, una podadora.
—Esos aparatos están aquí, en los postes de Montejo, en las azoteas, en los baños de los restaurantes —explicó el jardinero, sin que nadie se lo pidiera—. El señor Calderón aceptó ya la invitación del Pentágono a intervenir todos los teléfonos celulares de Mérida. Todos. Ustedes hablan y nosotros oímos (el jardinero arrastraba la erre).
— ¿Qué es eso que está allá? —preguntó Pompeyo intrigado, mientras señalaba una nave negra, impresionante, estacionada junto la acera norte—. ¿Bajó un Black Hawk? ¿También trajeron tanques? ¿Es el tren bala de Ivonne?
—Es la nueva camioneta de Xavier —aclaró el reportero—. Más larga que la limosina que trajo Bush. Mucho más alto. No puede usted ver al candidato porque todas las ventanas tienen la polarización impenetrable. Son instrucciones del FBI, que ha asumido el control de la campaña. Por lo menos la del partido oficial.
El periodista alzó los ojos y vio al hombre de gorra que, con el cuerno de chivo junto a la campana, los miraba con prismáticos desde una de las torres.
—Don César, ¿le saben algo? ¿Qué ha hecho usted que yo no estoy enterado? ¿Qué trae en esa carpeta roja?
Cuatro hombres y dos mujeres con cara de pocos amigos salieron en esos momentos de Palacio y se acercaron a la banca. El reportero, como quien no quiere la cosa, caminando de espaldas, comenzó a alejarse. Pompeyo no tuvo tiempo.
—No se vayan, no somos de ellos —dijo el que iba delante—, somos de los otros (el reportero empezó a correr). No. no: no nos confundan. Nos mandó don Felipe. Somos agentes investigadores de la Dirección de Infraestructura de la Secretaría de Salud Pública de la Federación y enviados especiales de la Comisión Coordinadora de Institutos Nacionales de Salud y Hospitales de Alta Especialidad (el reportero se detuvo y comenzó a regresar).
—Usted es el señor Pompeyo, no hay duda. No, no somos de la CIA. Lo identificamos por la carpeta roja. Nosotros se la enviamos. No es necesario que la abra. Yo le voy a decir qué contiene: un resumen de las preguntas que le hacemos al ingeniero Enrique Manero, pero no nos recibe. Como ya van a inaugurar ese hospital, nos urge una respuesta. Tal vez usted, en su columna, quiera ayudarnos…
—La columna no es mía —explicó Pompeyo—, es de él, pero nada pierdo con leer el resumen. A ver: “Por este medio… bla bla bla… para poder llevar a cabo y facilitar la entrega del hospital… se requirió… bla bla bla… la siguiente documentación:
“ 1. Todos los contratos entre el gobierno del Estado y los contratistas.— 2. Convenios suscritos para alargar el tiempo de cada contrato.— 3. Convenios firmados para aumentar el costo de las obras.— 4. Justificación moral y física de los convenios para prolongar el tiempo de la obra. y elevar su costo.— 5. Justificación de las decisiones de aplicar incrementos no programados a los precios originales.— 6. Situación actual física y financiera de la construcción del hospital.— 7. Sanciones, retenciones o cancelaciones de contratos por atrasos en la obra u otras irregularidades.— 8. Programa de la entrega y recepción del hospital”.
—Don Felipe quería saber todo eso antes de venir con el señor Bush. Si le hacían mal los papzules —así se dice?— allá pensaba No quería quedar mal, pero se. Quedó sin saber nada. Nos sacaron de Palacio. En nombre de don Patricio Patrón, que se fue a Madrid, su director de construcciones, el señor Manero, nos mandó a decir que don Felipe no tiene por qué meterse en la vigilancia, la inspección y el control de las obras del hospital, por más presidente que sea y aunque él esté dando casi todo el dinero. Según don Enrique es un asunto exclusivo de la contraloría estatal, y tal vez sepa usted, señor Pompeyo, lo que se dice en Los Pinos de esa contraloría: que no controla sino descontrola…
—¡Vaya, este es el cuento de nunca acabar! —observó Pompeyo—. Herejía tras herejía. Cisma tras cisma. Rebelión tras rebelión. Los del PAN no terminarán de pelearse. Ese hospital va a nacer lastimado. ¡Qué lástima!
—Un momento: aquí no hay pleito —intervino el reportero—. Eso dicen ellos, pero hay que tener en cuenta lo que dicen los otros (Pompeyo comenzó a alejarse). No, no se vaya don César: no van a venir: sólo los vamos a oír. Mañana domingo publicaremos interesantes declaraciones del doctor Sosa y, según me informó, el señor Patrón Laviada ha convocado a una entrevista para agarrar hoy por los cuernos al toro del hospital. Si los agarró, también mañana domingo lo diremos en el “Diario”.
—Ojalá —sentencia Pompeyo—. Ya es hora de que dejen de agarrarse.
