(Artículo publicado el 7 de julio de 2006)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
Cuando el presidente Carlos Salinas ordenó por conducción de Víctor Cervera Pacheco, su secretario de Reforma Agraria, que se reconociera en diciembre de 1993 el triunfo del candidato del PAN a la alcaldía meridana, Dulce María Sauri, disgustada, renunció -de palabra, subrayamos- a la gubernatura de Yucatán. Esta rebelión, negada enseguida por su autora, no era para que los yucatecos se entregaran al llanto, entre otras razones porque la señora estaba de salida, a punto de entregar la silla, pero tuvo a nuestro juicio, y así lo dijimos entonces, la trascendencia de un desafío abierto a la regla de oro que fue la columna vertebral de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional: la disciplina ciega, sin excepciones, a la autoridad máxima e inapelable del presidente de la república.
Pensamos que la insurrección de la gobernadora era el primer síntoma de un cáncer terminal, la primera grieta visible que asomaba en carcomido edificio, y que era también el anuncio de que los muros se desmoronaban, de que la casa se venía abajo y, debido a su tamaño, podía aplastar a muchos. Casi nos aplasta poco después con la catástrofe del diciembre negro, pero entre los restos de nuestra economía se fraguó el acuerdo secreto -es opinión nuestra- que pondría fin en el 2000 a la setentona dictadura de partido.
Auxiliado por la democracia que por tantos años impidió, o por los feudos estatales que instituyó y sobrevivieron a la pérdida del Palacio Nacional, el PRI pudo retener seis años más, en el Congreso y en la provincia, una parte considerable de su poder.
Vemos en su desastre electoral de esta semana la grieta final que puede preceder al derrumbe, pero entre las ruinas del coloso vemos también, como sustituta de aquella regla de oro vulnerada por primera vez en Yucatán, una oportunidad también de oro. La derrota puede ser el material de la reconstrucción… si hay mano de obra.
Mientras el PRD se aísla de la mayoría nacional al adentrarse en los caminos de la protesta sentimental, apegada a la ley en cuanto a los recursos judiciales a que puede apelar, pero desligada de la realidad que revelan los números conocidos por todos -por todos, subrayamos- desde la noche del domingo, el PRI ha entrado con el pie derecho en el sendero de la reivindicación.
Con el rápido reconocimiento de la limpieza y validez de las elecciones y sus resultados, el PRI aporta, a la estabilidad del país, una contribución muy estimable que permite esperar que en esa calidad de árbitro que le otorga su posición política de número tres haga otra aportación más significativa: una oposición responsable que aparte al Congreso de la Unión de las arbitrariedades sectaristas, de las decisiones viscerales que hasta hoy lo han trabado.
Si el PRI, que durante 70 años puso a México a su servicio, se pone hoy al servicio de México será el campo de la balanza en el equilibrio que permita a la nación salir de los atascamientos legislativos que la retardan, sin embarcarse en aventuras demagógicas que la desvíen hacia las querencias un partido y los apetitos de sus dirigentes.
No vemos al PRI al borde del abismo sino a la orilla de una encrucijada: la desintegración o la refundación. Sin medias tintas. Sin puntos intermedios o equidistantes. Una u otra. Todo dependerá de la mano de obra. Una mano de obra que no mire al pasado con nostalgia, que lo vea como lección, como escarmiento, y nos lo diga a voces, para que nos animemos a oírla, y lo compruebe con hechos, para que lleguemos a creerla.
Esta meditación debe continuar: en el PRI, ¿a quién debemos oír, a quién hemos de creer? ¿A los mismos de ayer? Los eternos de siempre, ¿son recursos renovables? Los pecadores de la historia, ¿pueden ser los apóstoles de mañana? ¿Han visto al fin la luz, como san Pablo, porque la caída del domingo ha sido su camino de Damasco?- Mérida, Yucatán, 6 de julio de 2006.
