(Artículo publicado el 4 de agosto de 2009)

Agosto demuestra cómo las coincidencias pueden surgir en un entorno de contrastes y paradojas. Estamos celebrando dos efemérides de carga ideológica contraria. Los 150 años de las leyes de la Reforma en México. Los 150 años de la muerte en Francia de Juan María Vianney, patrono mundial de los sacerdotes.

En la página editorial de su primera sección, el “Diario” publica hoy la tercera y última parte de un análisis de las reformas dispuestas por Benito Juárez: leyes que, interpretadas con fanatismo, adolecieron de una vertiente anticatólica: persecución y muerte de obispos y sacerdotes, destrucción de conventos, clausura de comunidades religiosas, disolución de agrupaciones de laicos y monopolio estatal de la educación, entre otros ataques a la libertad de conciencia y de culto que el reformador buscaba en principio.

Juan María Vianney nace el 18 de mayo de 1786 entre las convulsiones de la revolución francesa y se asoma a la vida durante la ola del “Terror” que barrió Francia hasta finales del siglo XVIII. Hijo de campesinos pobres, hizo su primera comunión a escondidas, en misa clandestina, mientras el jacobino Robespierre, “El Incorruptible”, y sus “sansculottes”, con leyes expedidas para descristianizar a Francia, sentaba las bases en las que Juárez pondría siete décadas más tarde los cimientos de su reforma.

Los “sansculottes” (descamisados) son fenómenos humanos que encandilan cada cierto tiempo la historia con nombres diversos: los pretorianos de los césares, las camisas negras de Mussolini, las camisas pardas de Hitler, los milicianos de Fidel Castro, las camisas rojas de Carrillo Puerto, la ola roja de Hugo Chávez que se está poniendo de moda en las democracias americanas con marcadas tendencias o veladas ansias de dictadura.

Regresemos a Juan María. Es un ejemplo de que Dios escribe derecho en renglones torcidos. A los 10 años no sabía leer ni escribir. Lo despidieron del seminario porque, entre otras limitaciones intelectuales, no conseguía leer y hablar el latín. Por deferencia de un obispo vidente logró ordenarse sacerdote a los 29 años, con una condición: se le prohibió confesar.
¿Qué haremos —se preguntó el alto clero— con este campesino duro de entendimiento que por un milagro es sacerdote? Lo despacharon, por quitárselo de encima, a la parroquia pueblerina de Ars, no muy lejos de la ciudad de Lyon. Una aldea de 40 casas y 270 vecinos sumidos en la decadencia moral, el alcoholismo y la indiferencia religiosa sembrada por el Terror. Adosadas al edificio de la iglesia, pared con pared, funcionaban los locales de cuatro tabernas.

El que fue sacerdote de milagro hizo un milagro en Ars. Unos hagiógrafos afirman que en su afán de renovación social predicaba de día, confesaba de noche y dormía tres horas. Otros, que llegaba a sentarse hasta 16 horas diarias en el confesionario. En las ferias del lugar, los vecinos decían: “Ningún cura habla como el nuestro”. El obispo le envió un sacristán al subir a 100,000 el número anual de peregrinos que llegaban de Francia entera a poner sus almas en las manos de aquel cura humilde y despreciado.

Cuando lo designaron canónigo honorario, no aceptó el nombramiento. Como le enviaron sin consultarle la vestimenta morada de la distinción declinada, vendió la capa y dio el dinero a los pobres. El gobierno le concedió la Cruz de la Legión de Honor en grado de caballero. La vendió también con el mismo fin. Comía y dormía en una sola habitación que hasta hoy se conserva, intacta en su humildad absoluta. Cuatro veces huyó de Ars para refugiarse en la vida contemplativa de los conventos. Cuatro veces la gente fue en su busca y lo hizo regresar.

El Papa Pío XI lo canonizó el 21 de marzo de 1925. En 1929, hace 80 años, la Iglesia Católica declaró “santo patrono de los sacerdotes del mundo” al seminarista despedido porque no le entraba el latín, al cura que le prohibieron confesar porque no tenía luces para comprender y convertir al pecador. Benedicto XVI inició en Roma, el 19 de junio de 2009, un año santo sacerdotal junto a una reliquia de Juan María Vianney y bajo su patrocinio. El cardenal Claudio Hummes, prefecto de la Congregación del Clero, presidirá hoy una misa conmemorativa del sesquicentenario de su muerte en la basílica de Ars, construida junto a la vieja iglesia: la que guarda su confesionario, su corazón, en un relicario, y, en un cofre de oro y cristal, sus restos mortales con una mascarilla de su rostro.

En estos días de antihéroes volcados en la persecución obsesiva de la gloria, de los honores subsidiados por el poder y el dinero; a estas horas de ídolos endiosados por los resplandores efímeros de los pedestales de latón, nos hará bien hacer un alto y detenernos en la entrega irrevocable, invencible, del santo cura de Ars al cumplimiento de su noble misión y compararla con los espectáculos decadentes que cercan hoy a la juventud con seducciones pasajeras que la distraen de los valores perdurables de la vida.— Mérida, Yucatán.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán