(Primera Columna publicada el 1 de diciembre de 2007)

César Pompeyo rindió ayer un informe sobre las últimas versiones sensacionales que circulan sobre los combates de Chablekal entre el ministerio público por un lado y los inmobiliarios y el resto del mundo por el otro. La columna ofrecerá aquí una síntesis numerada del informe y los comentarios y observaciones del reportero y don Vittorio Zerbbera. Sigue la síntesis.

1. Rodeados de expectación general, los tres inmobiliarios citados por el juez acudieron ayer al tribunal y declararon que no pueden comparar porque están ausentes. Dicho esto se retiraron entre aplausos y silbidos.

—Permítame, don César, una rectificación a su informe —intervino el periodista—. Hubo, hay expectación general, es cierto, pues ha corrido la voz de que en esta guerra los que van a ganar o perder somos nosotros, no los ministeriales ni sus contendientes. Es cierto que hubo ovaciones, cuando se habló del encarcelado, y silbidos, a cada mención de los carceleros y sus empujadores. Es cierto todo eso, pero los tres inmobiliarios brillaron por su ausencia. Eso de que fueron al tribunal no es verdad. El que fue es su abogado, viejo lobo de esta villa, según nos dicen, en estos trances judiciales. Nos dicen también, pero no fue posible confirmarlo, que el jurisperito fue a mostrar al juez sendas copias certificadas de los pasajes, las visas y los itinerarios de los viajeros. Todo en regla.

2. Segundo asunto. Al amparo de las sombras de la noche, en el “Air Force One”, llegó a Mérida el jefe del estado mayor conjunto de las fuerzas armadas del vecino país del norte. Espera un rato. Transcurrido éste, en otra nave llegó Felipe. Los viajeros —no los inmobiliarios— se reunieron en secreto en el hangar del gobierno del estado. No se sabe en qué avión, pero ha trascendido que cruzaron impresiones sobre la designación de Mérida como una de las siete maravillas del narcotráfico, su esperado ascenso encuentra a líder mundial de la distribución de cocaína (publicado ayer por el “Diario”) y la conexión remota de estos honores con los 500 millones que nadie en ninguna parte.

—Que conste que yo no les dije nada —aclaró Zerbbera—. Hace tiempo que sabemos en Sicilia que la central de drogas y estupefacientes de la cosa nuestra había trasladado su cuartel general a Yucatán. Por eso vine a vivir en Mérida. Eso les explicará mis visitas a Tixkokob. Pero les doy mi palabra que no he hablado con Emilio, ni con Mouriño, ni con…

—Un momento —terció el reportero—: con todo respeto debo decirles que ustedes oyeron campanas y no saben dónde. Nadie, don Vittorio, lo ha acusado a usted de hablar con Emilio y Mouriño. Ellos vinieron a platicar con Ivonne. También por la vía aérea. Y como pintan las cosas en Chablekal, van a venir muchos más vuelos nocturnos a discutir y decidir si nos quedamos en el aire o al fin aterrizamos. También me permito, don César, una nueva aclaración a su informe. Es correcto que Los Pinos ya metió las manos. Yo hasta me atrevería a decir que las tiene bien remojadas y que no las piensa sacar. Pero no fue Felipe el que vino. Ni el general el pasajero del otro avión. Verán ustedes:

—En una nave llegó don Francisco —prosiguió—. El secretario de gobernación, Francisco Ramírez Acuña. Como es su costumbre, vino sin previo aviso. Recuerden ustedes el lío que se armó cuando vino a ver lo que hizo el ciclón sin avisar a los damnificados. Después no quiso firmar cuando le pasó la cuenta. Pero ése es otro cuento. Don Francisco tuvo que esperar anteanoche porque la pasajera del otro avión era Ivonne. La señora, ya se sabe, suele retrasarse. ¿De qué hablaron? Espero que no se repita la historia…

—¿De qué historia habla usted? —inquirió el señor Zerbbera, que en aquellos tiempos investigaba en Hong Kong el contrabando de opio hacia Nueva York vía Sisal (saisal en inglés).

—Fue sensacional —prosiguió el reportero—. Los diputados no querían firmar, porque el día anterior declararon que no firmarían jamás. Pues vino un avión de Teotihuacán. De noche, como ya es costumbre. Se metió el avión en el hangar del gobierno del estado, como es de rigor en estos convenios. Y metieron en el avión a todos los diputados. Allí estuvieron metidos hasta que, por las buenas, todos por unanimidad acordaron firmar.

—¿Qué firmaron? —preguntó don Vittorio.

—Las reformas legales que condujeron al miniperíodo de Federico —completó Pompeyo—. Sólo año y medio en vez de seis.

—¿Y qué quería don Francisco que la señora Ivonne firmara? —continuó preguntando el siciliano—. ¿El pacto de Tixkokob? ¿El armisticio en Chablekal? ¿Otro miniperíodo?
—Las bocas están cerradas y los labios sellados —informó el periodista—. Por eso les dije que un clima de expectación general rodea y permea las escaramuzas de Chablekal.

¿Me podrían explicar…? —insistió el italiano.

—No, ni podemos ni debemos ni queremos —advirtió don César a don Vittorio, que, como extranjero al fin y al cabo, no mide las consecuencias de sus preguntas.

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