(Artículo publicado el 29 de octubre de 2009)
Lázaro es nombre venerable para los cristianos. Es el mendigo del evangelio de San Lucas que no recibió permiso del Cielo para bajar a reconvenir a los hermanos del plutócrata Epulón. Cuatro Lázaros están en los altares: un monje, un ermitaño, un obispo y, claro, el obispo de Marsella, Lázaro de Betania, fallecido a los 30 años en el año 33, resucitado a los cuatro días por Jesucristo y muerto por segunda ocasión 30 años después. El 25 de octubre es la festividad del obispo catalán San Antonio María Claret, lumbrera del santoral. En la historia y en el seno triunfante de la Iglesia Católica, coincidencias muy notables acompañan la muerte transitoria del obispo yucateco Lázaro Pérez Jiménez el 25 de octubre de 2009.
El hermano de Marta y María muere a los 63 años de edad. El San Antonio hispano, a los 66. Lázaro de Tizimín, también a los 66. Esta relación numérica continúa en el campo intelectual y apostólico.
Lázaro Pérez era un rebelde con causa, bravo, sin pelos en la lengua. O con algunos: los indispensables para conciliar la pasión cívica y el ímpetu democrático de un sacerdote con la jerarquía conservadora a machamartillo. Conciliación que tanto depende de la astucia y la prudencia asociadas en la fórmula evangélica.
Como lector, colaborador, editorialista y amigo, Lázaro estuvo medio siglo con el “Diario de Yucatán”: cuando no dentro, en la vecindad inmediata del teléfono y la computadora. Una amistad que se desdoblaba en una confianza mutua en la que el prelado se dignaba consultar la opinión del periódico o solicitar una sugerencia en algún tema delicado antes de tratarlo en un artículo, una carta pastoral o un dictamen de las comisiones episcopales que presidió.
Por razones afectivas, una noche asistimos a una misa de quinceañera en Nolo. La ofició Lázaro Pérez como párroco adscrito a un pueblo de 500 habitantes en un recodo del municipio de Tixkokob.
—¿Qué hiciste para que te mandaran aquí? ¿Estás castigado?
Su respuesta fue media sonrisa. A nosotros no nos entraba en la cabeza que lo desterraran a un rincón de la diócesis en vez de ponerlo, por ejemplo, en las aulas del seminario, donde serían harto más fructíferas sus luces de catedrático y el bastimento de su equipaje intelectual. ¡Qué desperdicio!
¡Qué equivocados! Por designios de la Divina Providencia, entre techos de lámina y paredes de bajareque, entre charcos, alpargatas y lengua maya, Lázaro cursaba su maestría en puebleo. Su posgrado pastoral. Nolo fue la antesala de sus obispados de Autlán y Celaya. Que se nos permita una alusión irreverente quizá pero elocuente. “A los palacios subí y a las cabañas bajé, y por donde quiera que fui con las honras acabé”, se jacta don Juan Tenorio en la obra de José Zorrilla. Si el poeta vallisoletano compusiera una biografía, también en verso, de Pérez Jiménez, pondría en sus labios: “A los púlpitos subí y hasta las chozas bajé, y por donde quiera que fui a las almas conquisté”. Por eso insistía en que lo llamaran Padre Obispo. Lo cortés no quita lo valiente.
Lázaro llevaba debajo de la sotana su segunda personalidad de comunicador. Bravo, ya lo dijimos; rebelde con causa, lo repetimos, como bravo y rebelde fue Antonio, el obispo que además era escritor, folletista y periodista que aterrizaba la doctrina del cristianismo en las pistas del quehacer humano: sociológico, pedagógico, cultural, político…
Los políticos de su tiempo, celosos de sus prebendas atacadas, se alzaron contra los editoriales de Antonio: el evangelio puede ser subversivo para la canalla que gobierna. La reina Isabel lo alejó como arzobispo de Santiago de Cuba. Los administradores de los privilegios del colonialismo en la isla caribeña pusieron el grito en el cielo: Isabel tuvo que traerlo de nuevo a España, donde se enfrascó en duelos contra las prerrogativas de los defensores del estatus quo. Cuando la reina se fue al exilio, en París, el santo marchó con ella cargando su cruz peligrosa de enemigo jurado del absolutista europeo.
En su libro “Los santos y cómo obtener sus favores”. Rafael Payá Pinelo nos presenta al Padre Claret como patrono de periodistas y escritores. Nos recomienda que escribamos su nombre en la primera página de los libros más queridos. Nos insta a que con palabras de nuestra cosecha le hagamos, al leerlos, o cada mañana, breve oración para pedir su ayuda en los problemas y asuntos de incumbencia nuestra, como tener en México presbíteros y obispos cortados con la misma tijera.
En el solio y el periódico, Lázaro Pérez fue edición actualizada y mexicanizada del fundador de los padres claretianos, canonizado por Pío XII con elogios como éste: “Pequeño de estatura, pero gigante de espíritu; de modesta apariencia pero muy capaz de imponer respeto a los grandes de la tierra”.
El 25 de octubre, día que Lázaro murió, el misal de “Asamblea Eucarística” propone esta “reflexión para nuestro tiempo”: “En la medida en que nos aferramos a nuestros prejuicios o deformamos nuestra percepción de la realidad, nos vamos quedando ciegos. Si nos aferramos tenazmente a una idea o a algún partido político hasta fanatizarnos, nos convertiremos en personas intolerantes, incapaces de convivir y respetar a los diferentes. Viviendo así, nos encerramos en un mundo de ciegos”.
Con palabras nuestras, como aconseja Rafael Payá, pidamos al Altísimo que revoque su fallo evangélico y permita que este nuevo Lázaro regrese a su manera de ahora, con nuevos editoriales y manifiestos, a instruir y orientar a sus hermanos de Yucatán en los apostolados contra los epulones y los fanáticos que se conjuren para cegarnos a esta hora crucial de nuestra democracia incipiente y titubeante. Después de todo, no sería el primer Lázaro que resucite.— Mérida, Yucatán
