(Artículo publicado el 7 de noviembre de 2009)
En comentario a mi artículo sobre “El canto de la muerte”, la poesía perdida en Mérida y encontrada en la ciudad extremeña de Cáceres, una de mis hijas, María Lorena, que estaba conmigo en España, me dice que no era aquel poema de Espronceda lo que yo buscaba en la librería de viejo de un cuarto piso de la plaza mayor. Era, insiste, “el libro que le regalaste a una monja”. En realidad buscaba ambos. Sobre todo el segundo, porque…
En nuestros días de estudiante, a la familia nos llegó joven amiga que venía a Mérida a despedirse del mundo. Ya no regresaría a su casa: ingresaría en un convento. La paseamos y festejamos, incluso con noche de baile en el Club 57, esquina norte del Peón Contreras, de moda entonces.
Sin ánimo de disuadirla, sólo como probada a lo que se iba a perder, le mostramos para “Ella y para ellas”: cuarenta poemas amorosos de Pedro Mata en volumen coqueto con portada de terciopelo perlado. Nosotros le recitamos algunos por la tarde y ella nos pidió que le lleváramos el libro a la noche de baile. En un momento de debilidad, accediendo a sus deseos, se lo regalamos. Mea culpa. El arrepentimiento nos acompañaría como sombra, de librería en librería, de ciudad en ciudad, en busca de comprar uno igual. Búsqueda afanosa porque…
Al morir mi padre, nos dejó un sobre antiguo con todas las postales que le escribió a mi madre, cuando era su novia, desde el hospital estadounidense donde estuvo recluido una temporada. Casi una postal por día. Detrás de cada postal, con una dedicatoria, un poema de amor. Hoy Amado Nervo, mañana Luis G. Urbina, pasado mañana… Pedro Mata. Varios de los cuarenta. Escogidos con cuidado, ya que algunos, trasminados de erotismo, podrían, además de sentimientos tiernos, despertar pasiones somnolientas. Un sobre con postales que guardó mi madre como oro en polvo, por orden de fechas y atadas con una cinta azul cruzada con otra rosa.
Pedro Mata, dramaturgo, periodista, autor de “Corazones sin rumbo”, “El misterio de los ojos claros” y “Un grito en la noche” entre otras novelas, prohibidas por la moral victoriana, que se vendían como pan caliente. Novelas seductoras que algunas o muchas de nuestras abuelas y bisabuelas leyeron a escondidas a medianoche, a foco apagado y vela encendida, en rincón de corredor, para oír después el regaño en el confesionario: “Pero, hija, ¿cómo te atreviste…”. Si supiera el buen Padre a lo que se atreven hoy.
De repente tú, lectora amiga, has oído o tal vez, en serenata, te han cantado “Presentimiento” sin que sepas de quién es. Letra de Pedro Mata, uno de sus cuarenta poemas, musicado por Emilio Pacheco Ojeda: “Sin saber que existías te deseaba… Antes de conocerte te adiviné… Llegaste en el momento en que te esperaba… No hubo sorpresa alguna cuando te hallé”…
Una vez oí que una mujer recitara con voz transitada de temblores, como si los sintiera en carne propia, los versos íntimos de “La más dulce hora del día”: …“En la penumbra de la estancia… tiene tu carne más fragancia… es más severa la elegancia… de tu contorno seductor… Son tus ojeras más marcadas,… son más profundas, más moradas,… tienen más brillo tus miradas,… hay en tus manos más calor”… Una vez nada más.
Largos, pero largos años después del obsequio en noche de baile, dedicamos dos mañanas a visitar y revisar una feria del libro en las aceras monumentales del Paseo de Gracia de Barcelona. En expendio tras expendio de las grandes firmas literarias la respuesta increíble fue la misma: “¿Pedro qué?”. En una editorial de postín la dependiente, otoñal, entornó los ojos y recordó con un suspiro: “¡Ah, sí. Pedro Mata. Mi tía me contaba…”.
En nuevo viaje a España, en la librería de viejo de la plaza mayor de Cáceres, encontramos “El canto a la muerte” donde menos me lo esperaba, en una obra dramática de Espronceda, “El Diablo Mundo”. Como pertenecía al diálogo de los protagonistas, no figuraba por eso en ninguna antología o colección completa de los poemas del bardo de Badajoz. El libro, edición centenaria, costaba, creo, unos 300 y pico de euros. Compraríamos luego en ocho euros una edición moderna, en otra librería, situada a un costado de la plaza.
Se me ocurrió de pronto, cosas de la vida, preguntar sin ninguna esperanza, en la misma librería de viejo, por alguna obra de Pedro Mata. “Hija —instruyó el librero—, a ver qué tienes de don Pedro en la bodega”. La chica regresó dos veces, con los brazos llenos de libros, y los fue esparciendo, como quien tira la baraja, sobre una mesa circular. Novela tras novela, las más y las menos prohibidas que las abuelas leyeron con el corazón desbocado, y en el centro, precisamente en el centro, cayó una edición de bolsillo, no con portada de terciopelo, pero de fina pasta blanca, y, en letras doradas, el título añorado: “Para ella y para ellas”. También a nosotros se nos desbocó. Como quien no quiere la cosa, temiendo otros 300 euros, mirando hacia la plaza por la ventana del cuarto piso, dijimos como se dice una queja, como se habla de un imposible:
—Soy mexicano, señor. Quisiera llevármelos todos, pero, ya sabe, el equipaje, el avión, la aduana… pero, como recuerdo de usted, de su gentileza, me podría llevar uno chico, el que pese menos, tal vez ése, el que está allí, en el centro. ¿Cuánto…?
Honrado, profesional, el librero consultó la última hoja para ver la marca: “15 euros”. Lo revisé, sin exagerar el examen. Edición de 1926. Pasé la vista por las páginas donde se habían posado medio siglo de pupilas femeninas encandiladas de emociones, que habían hojeado tantas manos trémulas de tímidas, reprimidas ansiedades… Todos estaban en el libro milagroso: los cuarenta, sin falta. Subrayado con marca discreta algún verso que la prudencia nos aconseja: No lo transcribas. “Para ella y para ellas”. Las traje a Mérida junto a mi pasaporte. Las conservo añadidas, con cinta azul y rosa, a viejas postales que son testigos de un amor que nunca envejeció.
Terminamos con dos de los cuatro sonetos endecasílabos del primer poema, titulado “Versos de amor”:
En una noche para amar creada,
una mujer para el amor nacida
me reveló el secreto de la vida
en el rayo de luz de una mirada
Vivir es renunciar. No existe nada
que merezca un esfuerzo. Aperci- (bida
como un áspid está siempre escon- (dida,
tras el deseo la ilusión frustrada.
Humo es la gloria y humo la grandeza.
Humo la vanidad de la riqueza
y la ciencia difusa de los sabios.
Toda la excelsitud del Universo
no vale el ritmo musical de un (verso
y el perfume exquisito de unos (labios.
De aquéllos, de los suyos. ¡Oh, bendita
boca de mis amores fresca y sana
que tenía el sabor de una man- (zana
tierna, dulce, jugosa y exquisita!
Única que aplacó la sed maldita
de amor y de placer por que se (afana
esta insaciable condición humana
cansada a veces, pero nunca ahita.
Boca de tan espléndida belleza,
boca de tan sutil delicadeza,
tan refinada en todos sus excesos
que antes de profanar su piel de (raso
en un soneto me tallaba un vaso
para beber el vino de sus besos.— Mérida, Yucatán, 7 de noviembre de 2009.
