(Artículo publicado el 1 de noviembre de 2009)

De niño, los sábados por la mañana, cuando no iba a clase, por encargo de mi abuelo solía limpiar, quitar polvo a libros y libreros de su biblioteca. A veces me detenía en algún volumen y lo hojeaba. Cada semana regresaba con puntualidad a uno pequeño, de papel cebolla, con el “Canto a la muerte” de José de Espronceda. Lo leía y volvía a leer en voz baja, como se musita una plegaria, pero con algo de curiosidad y cierta inquietud, conmovido por su musicalidad serena y apaciguante, pero intrigado por el misterio que traía su invitación procedente de otro mundo.

Ya mayor, cuando busqué el libro, había desaparecido. Andando el tiempo, larga andadura, en viaje a la española Extremadura en 2008, estuve cerca de Mérida, en el pueblín de Almendralejo, y en el palacio que habitó, y en las librerías que mostraban en sus vidrieras las antologías y colecciones completas de los poemas del bardo, recién impresas con motivo del bicentenario de su muerte.

En todas estaban “La canción del pirata”, una de las poesías celebérrimas de la lengua española, y “Los cosacos ”, y todas las demás de uno de los orfebres hispanos de la versificación. Todas estaban, menos el “Canto a la muerte”.

En el retorno a Madrid visitamos la plaza central de Cáceres, pampa de baldosas limitada por edificios asiglados de varias plantas —auténtico regalo a la vista—, y en una de las casonas, con letrero de “Librería de viejo” en la fachada del cuarto y último piso, en una tienda esparcida de libros antiguos, preguntamos de nuevo, otra vez sin éxito, porque en ninguna de las raras o conocidas ediciones de los versos de Espronceda aparecía el “Canto a la muerte”.

Ya casi de salida se le encendió la memoria al dueño, prendida por su vasta cultura: “Tráeme —dijo a su hija—, aquella edición de “El diablo mundo”. Este poema dramático inconcluso es, con “El estudiante de Salamanca”, también de Espronceda, los ejemplos emblemáticos del romanticismo español. En el Canto I de esta historia de las angustias y los desengaños del anciano Pablo que quiere en metamorfosis sobrenatural regresar a la juventud de Adán, “radiante de ilusiones y sediento de la experiencia y el poder que inevitablemente acabarán por destruirlas”, en ese Canto amarillento de edad y lecturas incontables, el librero puso el índice primero y la voz profunda y sigilosa después:

En lóbrego abismo que sombra eternas

envuelven en densa tiniebla y horror,

do reina un silencio que nunca se altera

y ahuyenta el olvido del mundo el rumor,

con lástima y pena, mirando al anciano,

vaporosa sombra de un lejano bien,

de vagos contornos confusa figura,

cual bello cadáver, se alzó una mujer.

Y oyóse en seguida lánguida armonia,

música suave, y luego una voz

cantó, que el oído no la percibía

sino que tan solo la oyó el corazón:

“Débil mortal no te asuste

mi oscuridad ni mi nombre;

en mi seno encuentra el hombre

un término a su pesar.

Yo compasiva le ofrezco

lejos del mundo un asilo,

donde a su sombra tranquilo

para siempre duerme en paz.

Isla yo soy del reposo,

en medio el mar de la vida,

y el marinero allí olvida

la tormenta que pasó;

allí convidan al sueño

aguas puras sin murmullo,

allí se duerme al arrullo de un abrisa sin rumor.

Soy melancólico sauce

que su ramaje doliente

inclina sobre la frente

que arrugara el padecer.

Y aduerme al hombre y sus sienes

con fresco jugo rocía,

mientras el ala sombría

bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa

de los últimos amores,

y ofrezco un lecho de flores

sin espinas ni dolor.

Y amante doy mi cariño

sin vanidad ni falsia;

no doy placer ni alegria,

pero es eterno mi amor.

En mí la ciencia enmudece,

en mí concluye la duda,

y ávida, clara y desnuda

enseño yo la verdad,

y de la vida y la muerte

al sabio muestro el arcano,

cuando al fin abre mi mano

la puerta a la eternidad.

Ven, y tu ardiente cabeza

entre mis brazos reposa;

tu sueño, madre amorosa,

eterno regalaré:

ven y yace para siempre

en blanda cama mullida,

donde el silencio convida

al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre,

que loco al mundo se lanza,

mentiras de la esperanza,

recuerdo del bien que huyó;

mentiras son sus amores,

mentiras son sus victorias,

y son mentiras sus glorias

y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa

tus ojos al blando sueño,

y empape suave beleño

tus lágrimas de dolor:

yo calmaré tu quebranto

y tus dolientes gemidos,

apagando los latidos

de tu herido corazón”.

Compartimos la opinión de que este canto de la muerte a Pablo es una invitación a la vida, a vivirla despegados de las pasiones y ambiciones de la carne que van amorteciendo en el alma las luces de la claridad espiritual. El joven Adán representa al hombre, pues Espronceda predicaba que “la poesía es la expresión moral de la sociedad” y calibre idóneo para sondear la experiencia y la conciencia de la humanidad.

Hurguemos hoy en la nuestra. Hoy, que es víspera del día de difuntos. Hoy que es ocasión pintada para que, ¿por qué no?, sin más compañía que la noche, sentado a solas con ella en banca de parque plateada de luna, recitemos en voz baja, como en plegaria, esa invitación a vivir muriendo al diablo mundo y sus tentaciones de placer y poder. Hoy cuando la muerte ya no es fantasma lejano en la imaginación de niño sino el pan nuestro de la realidad cotidiana. — Mérida, Yucatán, 1 de noviembre de 2009.

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