(Artículo publicado el 5 de noviembre de 2009)

El abuelo nos dijo una vez: “Si vas un día a la catedral de Milán, anda a la cripta de San Carlos Borromeo, donde yo recé en 1928, y reza por tu abuela y por mí”. Cumplimos el encargo ante la urna de cristal de roca y plata que guarda los restos mortales del arzobispo eximio, con corona de oro atribuida a Benvenuto Cellini y cruz pectoral donada por la emperatriz María Teresa de Austria.

Subimos parte de los 500 escalones que llevan al tejado —otra en elevador— para tocar o ver de cerca las 800 estatuas en un paseo entre encajes pétreos, arcos calados y la miríada de pináculos y agujas que en una foresta imponente de mármoles rosáceos, cruces y penachos coronan este ejemplo etéreo de arquitectura gótica sin rival en el mundo.

Sin rival también es la obra apostólica que ha merecido al Borromeo el título de patrono universal de los catequistas, los seminaristas y, en no pocas diócesis, de los obispos. Obras que compiten en número con los escalones, las estatuas y los pináculos del Duomo, como llaman los milaneses a su catedral.

Para aquilatar su dimensión de reformador, renovador e innovador, en este segundo ar- tículo que le dedicamos —el primero ayer— conviene exhumar un diagnóstico contemporáneo de su diócesis, extensivo a la mayor parte de Europa y síntesis de la devaluación católica que desembocó en el protestantismo y su propagación por el continente como reguero de pólvora: “Se conocía mal la religión y se comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la superstición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden”.

Como lo entiende hoy Benedicto XVI a la vista de la multiplicación de las sectas y los avances corrosivos del relativismo y el secularismo en la sociedad, san Carlos comprendió que punto de partida insoslayable de la Contrarreforma, de la respuesta a la decadencia espiritual del pueblo tenía que ser la instrucción y educación cristiana de la niñez y la juventud.

Como secretario de Estado del Vaticano y arzobispo de Milán fundó en Italia, los Países Bajos, Suiza y Austria la Cofradía de la Doctrina Cristiana: 740 escuelas que en el primer censo arrojaron una población de tres mil catequistas y cincuenta mil alumnos. Impuso a los sacerdotes la obligación de enseñar el catecismo a los niños en domingos y días festivos. La Compañía de Jesús, establecida en 1539 por san Ignacio de Loyola, fue su aliada en Alemania.

A los 22 años de edad, cardenal ya, doctor en leyes, el Papa lo nombró sucesivamente legado de Bolonia, la Romaña y Ancona y protestor de Portugal, de Holanda y Bélgica, de los cantones suizos y de las órdenes franciscana, carmelita y de los Caballeros de Malta, entre otras.

Convocó a 16 sínodos: cinco provinciales y ocho provincianos. Creó y fortaleció más de mil parroquias que visitaría con asiduo celo pastoral. Consagró 300 iglesias en ceremonias que duraban ocho horas cada una. Estableció nueve seminarios: tres mayores y seis menores, y de éstos, tres para ordenar sacerdotes destinados a las ciudades y otros tantos para los destinados a las comunidades rurales. Dividió Milán en doce circunscripciones, decanatos podríamos decir hoy: seis para la ciudad y seis para el campo. Amigo de sus tres primeros padres generales, sobre todo de san Rodrigo de Borja, pidió y obtuvo que 30 jesuitas fueran a Milán, a dirigir la depuración del clero, y para vigilarlo creó la Orden de los Oblatos de San Ambrosio. Tan sabias, oportunas y efectivas fueron sus disposiciones y medidas para meter en cintura a obispos y sacerdotes, abades y priores infectados por una corrupción mayor que la de los laicos, que prelados de todas latitudes las consideran aún como un modelo y las estudian para aplicarlas en parroquias, obispados y monasterios.

En el gobierno civil y el seno de la misma Iglesia lastimó tanto los intereses y privilegios que su campaña renovadora a punto estuvo de costarle la vida y su cargo. Comprado en 30 monedas de oro por los corrompidos frailes de la orden de los Humiliati, suma que se obtuvo con la venta de los ornamentos de una iglesia, el sacerdote Jerónimo Fonati Farina descargó su pistola contra san Carlos cuando oraba una noche en su capilla privada. Sólo atravesaron la ropa del cardenal las balas de este magnicida condenado a muerte por la autoridad civil por el atentado, pero perdonado por intervención magnánima de su víctima.

Durante sus altercados continuos con canónigos irredentos, otro criminal frustrado atravesó de un balazo la cruz que alzaba san Carlos durante el tumulto. El Senado se obstinó en pedir su destitución alegando que se había allegado facultades exclusivas de la autoridad civil. El gobernador Luis de Requesséns lo acusó de traidor a la corona y amenazó con desterrarlo.

No pudieron con su popularidad, consagrada por su heroísmo durante los años terribles de la peste. Escribió al gobernador Antonio de Guzmán, recriminándole su cobardía, pues había huído, y consiguió que regresara. Sólo se veían en las calles las carretas con ataúdes, la policía y al arzobispo descalzo con soga al cuello, con un clavo de la cruz de Cristo, socorriendo enfermos y auxiliando moribundos. Vendió sus bienes para alimentar a 30,000 pobres y, para vestirlos, vendió también los toldos y doseles que se colgaban del palacio episcopal (la reliquia divina está hoy en una cruz de oro que cuelga de la cúpula del Duomo).

Enamorado de las letras y las artes, tocaba el laúd y el violoncelo, fundó la Academia del Vaticano, donde sustentaba conferencias y organizaba conciertos, y encargó al genio musical de Palestrina la composición de la Misa Marcela. Hazaña tras proeza que exaltan la vida de este hombre austero a pesar de su riqueza, humilde no obstante su alcurnia, inflexible ante el poderoso como compasivo con el débil, elocuente sin embargo del defecto congénito en el habla y la constitución física endeble, enfermiza y poco agraciada que no fueron óbice para que sus homilías breves, directas, entraran en el corazón del pueblo a encender de nuevo su fervor.

En su “Historia de los Papas”, volumen IX, página 81 (traducción inglesa de la edición romana de 1925), Ludovico Pastor dice: “Carlos Borromeo surge ante sus contemporáneos y la posteridad como un hombre que sacrificó todo para encontrar todo y, por eso, precisamente por sus renuncias, ejerció una influencia ilimitada en el mundo. Aparte del fundador de la Orden Jesuita, nadie más ha tenido una influencia tan continua y profunda en la regeneración del catolicismo que Carlos Borromeo. Será su gran legislador durante largo tiempo y para siempre un ejemplo”.

Un ejemplo para cardenales, obispos, dignatarios y clérigos de fe flexible, de criterio elástico, que ponen el poder espiritual de que están investidos a las órdenes del poder temporal, en complicidad interesada y sumisa que fomenta en la sociedad el retorno al paganismo de las prácticas viciadas y corruptas que el Borromeo combatió a punta de santidad. El encargo del abuelo sigue vigente: recemos a San Carlos. Oremos por ellos y por todos.— Mérida, Yucatán, 5 de noviembre de 2009

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