(Primera Columna publicada el 25 de mayo de 2008)
El rojo ha sido y es en la historia la tarjeta de presentación de la violencia. El rojo es la divisa del comunismo: el Ejército Rojo, la Plaza Roja del Kremlin… La Guardia Roja fue el purgante infalible de Mao en las depuraciones fatales de su revolución cultural. Los capos de la Brigada Roja (Brigate Rosse) secuestraron y liquidaron al primer ministro italiano Aldo Moro en el apogeo de los crímenes que cometieron para llevar a la izquierda recalcitrante al poder. La Pandilla de Baaden-Meinhof, o Fracción Alemana del Ejército Rojo, dinamitaba aviones de pasajeros en sus cátedras globales de terrorismo. A Von Richtoffen, as de los pilotos de la Lutwaffe, lo apodaron el Barón Rojo porque derribó a 80 aviones de los aliados en la primera guerra mundial.
Los naturalistas le llaman “piojo rojo” a devastadora plaga del algodón. El rojo enloquece al toro. Dios te libre, lector, de las tendencias predatorias de la araña roja (Tetranychadae Accarina). Es notoria la voracidad vertiginosa del vampiro rojo (Lasiurius borealis) : donde pone el ojo clava el colmillo. Hasta 50 millones de protozoarios pululan en un litro de la marea roja que pudre a peces y plantas en las aguas tórridas de los litorales del trópico.
Perrault inventó a Caperucita Roja (“La petit chaperon rouge”) para meter al lobo en el miedo de los niños. Los aficionados a Sherlock Holmes recuerdan con repugnancia las actividades infames de “La Liga de los pelirrojos”. La sociedad amenazada en sus tradiciones, en los tiempos terribles de la guillotina y otros excesos, llevó al patíbulo en París a Julián Sorel, el héroe malogrado “Rojo y negro”. “Rojo y negro”, la novela celebérrima que su autor, Stendhal (Henry Beyle), subtituló en unas ediciones como “La crónica del siglo XIX” en Francia y en otras como “La crónica de 1830”.
De rojo se viste en el Peón Contreras la bacante pervertida, Flora, que organiza en “La Traviata” el jolgorio que detonó el calvario sentimental de Violeta. Nos acercamos a Yucatán.
Ni el Che. Ni Fidel. Tampoco el sandinista Daniel Ortega. Ni siquiera el suicida chileno Allende y otros capitostes del socialismo americano. El comunista total en América ha sido un motuleño: Felipe Carrillo Puerto. Único hispanoamericano que tiene su nombre inscrito en los muros del Kremlin junto a los santones de la rojería. En el libro “A la luz del relámpago”, su amigo José Castillo Torres escribe que en su época, época de odios y otras pasiones vividas al paroxismo, el gobierno clasista de Felipe dividió a Yucatán en dos mitades irreconciliables, los bolcheviques por un lado y los demás por el otro, en su interrumpida peregrinación hacia la dictadura al proletariado.
Lo que la Guardia Roja fue para Mao en China, eso mismo fue la Liga Central de Resistencia para su creador, Carrillo Puerto. Amigo y correligionario suyo, Edmundo Bolio Ontiveros describe, en su obra “De la cuna al paredón”, la implantación implacable del imperialismo rojo en el solar de los mayas adoctrinados. Un lector reincidente de “Palabras de un rebelde”, la biblia comunista escrita por el teólogo rojo Kropotkine; ese lector, repetimos, que era el periodista centromericano Sealtiel Rosales, calificó a Mérida, en su visita de 1922, de “hogar del comunismo mexicano y base del gobierno del estado”.
Roja era la tinta obligatoria de los documentos del gobierno en Yucatán. Rojas las credenciales o las tarjetas de presentación de los miembros de la Liga de Resistencia y sus multiplicadas hijuelas. Los empleados públicos desfilaban todos con camisas rojas. Mussolini copiaría la idea con las camisas negras del fascismo, seguido en 1933 por las camisas pardas de Hitler y sus nazis. Famosos fueron urbi et orbi los torneos culturales yucatecos, llamados “Lunes Rojos” y concebidos para inocular a las masas con los principios y protocolos virulentos de la filosofía de la hoz y el martillo.
Se instituyeron los bautizos socialistas. Los “Bautizos Rojos”. Se revestía de pétalos rojos al niño desnudo, de la cabeza a los pies. Felipe o uno de sus apóstoles pronunciaba la homilía de estilo: “La religión es el opio de los pueblos”. O “Huye de la religión, especialmente la católica, como de la peor plaga”. Como colofón del bautismo encarnado se entonaba a coro “La Internacional”, himno del comunismo ruso. O “La marsellesa”. Otras veces “La cucaracha”. Y se obsequiaba con flores rojas, una para cada uno, a los padres de la nueva criatura bolchevique. La concurrencia se persignaba: “En el nombre de Marx, y de Lenin, y de Felipe Carrillo”.
No es una novela: es historia. Pura historia. Mérida fue la antesala roja, la maestra encarnada de la Cuba de Castro, de la república bolivariana de Chávez, de los Evos y los Correas que están arrojando a sus pueblos por los acantilados de una redención irreparable a corto plazo. O irreversible después de medio siglo, como en la Habana.
1922, 1923, 1924, 2008. El rojo revive en Yucatán. El rojo resurge en los corazones grabados en espectaculares y tarjetas. El rojo regresa unánime en las camisas de los mítines uniformados. Regurgita en “la ola roja” que toma el hospital de Altabrisa y cierra centros de salud en un bloqueo a la atención médica de los yucatecos. Stendahl escribiría nuevo “Rojo y negro” —lo que que hace el rojo se pone negro—, con el subtítulo de “La crónica de Yucatán en 2008”.
Esperemos que no sea “La crónica de Yucatán en el siglo XXI”. Que el retorno del rojo, 80 años después, al primer plano de la política yucateca no tenga ni las intenciones subversivas ni las acciones violentas de entonces. Que el rojo de hoy, transitorio y reflexivo, no sea el rojo proditorio y agresivo de ayer. Persignémonos: “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.
