(Primera Columna publicada el 30 de abril de 2011)

Don Vittorio Zerbbera llega con cierto retraso a su cita habitual con César Pompeyo en el parque de San Juan. Había despertado a las dos de la mañana para ver la boda real en Londres por el canal televisivo de la BBC. La charla, por consiguiente, versa sobre sus impresiones.
A Zerbbera le ha admirado la conducción y el manejo fácil, ordenado, de las multitudes que se apostaron en las calles, en los parques y alrededor de los monumentos y castillos que se incorporan, como guardianes de un patrimonio invaluable, a las nobles perspectivas de la ciudad. Vigilancia hubo, seguro, pero afable. Sin armas largas. Sin armas. Los policías se comportaban como compañeros de fiesta.
Más que admirarla, a don Vittorio le ha asombrado la sencillez puntual, precisa, impecable, con la que los británicos presentan al mundo la majestad añejada en las barricas del protocolo en el curso de los siglos con los que cuenta el estilo imperial. Es el desfile de lo grandioso como si fuera un suceso practicado todos los días.
La sobriedad exquisita en el traje de la desposada. La marcialidad de los uniformes de gala. La marcha musical de los imponentes caballos negros. La moda ingeniosa de los sombreros sorprendentes en los atuendos femeninos. El concierto de pompa y boato que orquestó la concurrencia a la abadía venerable de Westminster como si estuviera leyendo una partitura o desempeñando un papel que se aprendió de memoria en los días escolares. La caravana de Bentleys y Rolls-Royces, de manufactura exclusiva, seguidos por el Landó de 1905, reconstruido para los recién casados.
Fue una expresión magnífica del culto a la tradición, tan lastimada hoy día por las corrientes cada vez más impetuosas de pensamiento y acción que deprecian el pasado y lo arrojan al desván de los trastos inútiles de la vida. Se ha querido así, y eso es evidente, administrarle una inyección de vitaminas a la monarquía, desempolvarla de los escándalos y pulir, con fines turísticos y comerciales, las glorias que dividendos espléndidos han rendido a la causa anglosajona.
Don Vittorio celebra esta inversión caudalosa en tradiciones que se hace con el afán, muy actual por lo que se ve, de asegurar el futuro de la corona con la transfusión de sangre nueva que recibe con Kate Middleton y la apostura galana del príncipe Guillermo, heredero indudable de esa popularidad que hizo de su madre, Diana, la reina de corazones. Ha sido un matrimonio de la historia con la juventud como receta sabia y amable para revitalizar a un país.
No todo le ha agradado al señor Zerbbera. En noticiarios y documentales, la comparación entre la malograda princesa de Gales y el porvenir color de rosa que se augura a la gentil plebeya universitaria que se ha puesto a un tiro del trono, esa comparación, repetimos, ha tenido vertederos disolventes que no se concilian con las aspiraciones de fortalecer a la sociedad.
Entre otras razones y sinrazones, se ha atribuido el primer fracaso nupcial del príncipe Carlos a que Diana era virgen, a que no habían dormido juntos antes de la boda y llegaron al altar sin la experiencia de cama que propiciara una felicidad perdurable.
En cambio, aclaman locutores y muchos demás observadores, Kate ha sido la amante de Guillermo, desde hace uno o un par de años, y esta condición de querida real ha de ser una columna en que se asiente el éxito de su matrimonio.
Siempre se han cocido habas. En el puritanismo de la época victoriana abundaban los lances de alcoba en las trayectorias de las élites. Churchill llegó a proponer en voz baja a Eduardo VIII en 1936 que en vez de abdicar le pusiera una casa chica a la divorciada Wallis Simpson no lejos del palacio de Buckingham. Pero no se exaltaba o alzaba la libertad sexual como ejemplo digno de imitación. Hay ahora un extravío del pudor y el recato tanto más sensible cuanto que se tiende a ver como algo natural, tan común como corriente.
A Vittorio Zerbbera no le parece que el encumbramiento de las tradiciones materiales, al margen de las espirituales, pueda por sí solo infundir la vitalidad que robustece a una sociedad que lucha por la supervivencia, por la vigencia de sus valores.
El revestimiento de oro y el fondo de cobre que se revela en la cumbre real de ayer señalan un contraste que está en la médula de los trastornos sociales y familiares que se propagan hoy en la ciudad y el mundo: el desfase ético. Un déficit más peligroso cuando, además, el culto a las tradiciones es sacrificado en aras de los artificios cómodos que predican a sus servidumbres los teólogos del placer y la llamada modernidad.
El señor Zerbbera menciona al final de la conversación sanjuanista un título del “Diario” del viernes: “Hay 10,000 niñas mamás. En Yucatán la cifra de menores de edad con hijos ya es alarmante”. Detrás, alrededor y en el piso de esta alarma, razona don Vittorio, están la crisis y la confusión moral que se derivan de las maneras de ver la vida presentadas como recomendables en la comparación entre las dos novias inglesas. ¡Qué pena!— Mérida, Yucatán, 29 de abril de 2011.

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